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Realengo 18, primera victoria del campesinado armado

 

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Realengo 18 es un paraje en las serranías guantanameras en el triángulo de tierra establecida entre grandes propiedades circulares de la época de la conquista y que sirvieron de asentamientos a campesinos pobres, ex esclavos y en el siglo XIX a mambises y sus familiares.

Este recóndito lugar sería solo recordado por esa singularidad histórica, si en 1934 no hubiera sido escenario de la primera gran conquista del movimiento campesino armado contra los intentos de desalojo de las compañías latifundistas, apoyados por el ejército dirigido por el entonces Coronel Fulgencio Batista.

En 1934 el ejército era el poder real que ostentaba Fulgencio Batista por medio de un títere, el presidente Carlos Mendieta, después de frustrar la Revolución del 1933 contra la dictadura machadista, gracias a su capacidad para el engaño y la traición que le permitió emerger en la convulsa situación de sargento cabecilla de un movimiento castrense a jefe del ejército, con la bendición de los intereses norteamericanos.

El asentamiento de Realengo 18 estaba conformado por pequeñas fincas de campesinos en alrededor de 500 caballerías que incluían tupidos montes de árboles de madera preciosa sobre los cuales latifundistas nacionales asociados a compañías norteñas pusieron sus ojos para explotar la riqueza forestal y sembrar grandes extensiones de caña que serían molidas en los centrales en manos de los estadounidenses en la región.

Para cumplir con esos planes era necesario desalojar a centenares de familias del Realengo 18 y parecía que en noviembre del 34 estaban dadas las condiciones para que el capital foráneo lograra esos propósitos con el apoyo de los tribunales de la época, el gobierno y la Guardia Rural que había cercado la región.

Pero ante la arremetida se levantaron los campesinos de la zona, liderados por un líder natural, Lino Álvarez, teniente del Ejército Libertador de las tropas de José Maceo, quien llevó la protesta al ámbito nacional cuando al frente de 400 jinetes se presentó en la ciudad de Guantánamo para divulgar su causa que recibió el apoyo material y político del Partido Comunista.

El periodista Pablo de la Torriente Brau visitó el Realengo 18 y describió al líder campesino como “un negro de pequeña estatura, pero bien musculoso, fuerte, ojos silenciosos y profundamente oscuros.

Habla con lentitud, como el hombre que no le gusta rectificar. Y nunca ha estudiado. Una compañía yanqui le ofreció quince mil pesos y 15 caballerí­as de tierra para que abandonara la lucha. Pero él siguió combatiéndola. Tres tiros le han dado ya y no lo han matado”.

En varias ocasiones los campesinos armados con viejas escopetas y machetes evitaron la entrada al lugar de los enviados de los terratenientes para instalarse en una trocha en la zona a la que llegaron siempre acompañados de la Guardia Rural, mientras los tribunales negaban su derecho de propiedad.

Durante los momentos más tensos, Batista desde La Habana declaró: “La trocha se hará, cueste lo que cueste” y Lino replicó: “Tierra o sangre” y centenares de serranos se aprestaron a cumplir con esa consigna de su líder con el propósito de que “mientras haya un montuno no sigue la trocha”.

El Partido Comunista realizó una operación de abastecimiento a los sublevados, poco conocida en todos sus detalles, y les remitieron desde La Habana en cajones de supuestas piezas para maquinarias 50 fusiles Springfield, e igual cantidad de armas cortas, una ametralladora antiaérea y municiones, obtenidas gracias a la contribución de los obreros de San Antonio de los Baños, Regla, Guanabacoa y otros municipios habaneros.

También viajaron a ese lugar instructores y cuadros políticos, enviados por el Partido para organizar la resistencia, entre ellos Ramón Nicolau González, Alfredo Martínez, Lelis Nordet y Arturo Villarreal.

El 11 de noviembre de 1934, hace 86 años, ante la decisión de los campesinos de Realengo 18 de no abandonar su tierra, y para evitar verse enfrentados a una guerra de guerrillas, Batista y la Guardia Rural cedieron y acordaron una tregua, retiraron las tropas y pospusieron los desalojos y los planes de apropiación.

No obstante, en los años posteriores sobre los montunos y sus descendientes se aplicaron diversos métodos para engañarlos y usar la violencia de forma selectiva, además de aplicar medidas para corromperlos y resquebrajar la unidad que los hizo fuertes y les permitió propinar una de las primeras derrotas políticas y morales al régimen entreguista de Batista- Mendieta.

Pero más de 20 años después aquel legado de insurrección vivía en las serranías guantanameras que nuevamente fueron escenario de luchas, pero esta vez definitivas, cuando algunos de esos viejos fusiles celosamente guardados por veteranos defensores de Relengo 18 fueron empuñados por los combatientes del Ejército Rebelde que lograron la definitiva liberación nacional contra la dictadura batistiana. 

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