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En lucha contra huracanes, Boytel apoyó siempre al hombre



Un científico cubano, autor del libro Hombres y Huracanes, lamentaba que a estos se les mida solamente por el número de víctimas y los daños, sin subestimarlos.


Tanto es así que en el texto apuntó que el Flora, torbellino que azotó a la Isla entre el 4 y el 8 de octubre de 1963, mostró velocidad superior a los 250 kilómetros en ciertos sitios, como en la llanada de Sabanalamar, en la provincia de Guantánamo.

Escrito en la pasada década de los 70, por Fernando Boytel Jambú, el versátil investigador atesora el mérito de haber mantenido informado al país sobre los destrozos del meteoro a su paso y las acciones del Estado Cubano y el pueblo para preservar vidas y bienes económicos.

Sin rebasar aun el prólogo de su interesante obra (que clama por una segunda edición), el autor plantea una interrogante ante la cual seguramente guardarían cómplice silencio los responsables de la catástrofe causada por el huracán Katrine a fines de agosto de 2005 en la ciudad norteamericana de Nueva Orleáns: ¿fueron esas víctimas previamente atendidas y organizadas?

“A los huracanes debe medírsele, como empieza a ocurrir en Cuba (la obra fue escrita casi medio siglo atrás) por las millonadas de metros cúbicos de agua depositadas en las presas, mientras que de antemano se asegura cada vez más a la población, y se garantiza su vida, para que pueda beneficiarse de ese logro”, escribe el ya desaparecido experto.

Boytel llama la atención sobre los daños económicos de las sequías y el significado del agua represada, como consecuencia de los ciclones, almacenamiento que califica de “un buen negocio para los pueblos”.

“El hombre –subraya- no está hoy asentado en el medio para contemplar o para temer a los huracanes, sino para domeñarlos”.
El huracán es un profundo y vigoroso perturbador y modificador del medio ecológico, que se repite casi todos los años en las provincias occidentales, sin embargo, en su descripción de la Huracanología cubana, Boytel menciona como el más temible al ocurrido en 1616 en Oriente.

Precisa que el siniestro provocó una excepcional crecida de los ríos de esa región, particularmente del Cauto, cuyas aguas arrasaron las regiones bajas de su cuenca, descarnaron sus ribazos de tierra y con los árboles, escombros y arenas arrastrados formaron una gran barra en su desembocadura, llenándola de bajos que imposibilitaron la salida de una considerable flota de tráfico, fondeada cerca de Cauto Embarcadero, único puerto fluvial entre Cuba y Ultramar.


Pero el mayor espacio lo dedica “Hombres...” al Flora, “un huracán de moderada intensidad, el cual había recorrido un buen trecho desde su formación en el Atlántico, dañando seriamente a las islas de Tobago y Granada, en las Antillas Menores de Barlovento, internado en el Mar Caribe, y cruzado la parte sur de Haití, donde ocasionó grandes destrozos y muertes”.


Desde la estación observatorio para climatología de montaña, instalada por Boytel en la Gran Piedra, en la Sierra Maestra, él y sus escasos colaboradores previeron y siguieron el meteoro , desde su entrada en el territorio nacional por Baitiquirí (Guantánamo) y alertaron al Gobierno Revolucionario.


En Hombres y Huracanes se describe la trayectoria del Flora, que de ese punto se adentró hasta Nipe, recurvó sobre el Cauto, tendió un lazo en el poblado de Baire, y retorciéndose sobre su curso inició su recorrido paralelo a la Sierra Maestra, hasta salir, bastante desorganizado, por las inmediaciones de Niquero, al golfo de Guacanayabo.

“Allí se reorganizó lentamente y se desplazó algo al oeste, después al norte, haciendo un bucle perfecto que completó al recurvar por el sur de la ciudad de Camagüey”, añade.

El también autor de la Geografía eólica de Oriente (quizás la única escrita en el mundo) describe que el Flora entró nuevamente cuatro días después, el 8 de octubre, en ese territorio por la región de Jobabo, donde sus vientos se reorganizaron, y salió de la Isla por la zona de Lucrecia y Mulas, también en el levante cubano.

Las inundaciones en el Cauto, no eran nuevas, aunque si de menor magnitud, y existen reportes de que fuertes aguaceros, asociados a fenómenos meteorológicos, afectaron la región en 1616, 1776, 1868, 1899 y 1958.

¿Por qué el de octubre de 1963 se considera entonces uno de los más terribles huracanes sufridos por Cuba, si en general sus vientos fueron solo de moderados a huracanados, y de huracán en algunos espacios geográficos limitados?

A esa larga interrogante el texto responde con tres palabras: ”por su pluviosidad”.


Las excepcionales lluvias anegaron las cuencas bajas de los ríos de Guantánamo, Sagua, Mayarí, y en especial del Cauto, y la humedad propició un reblandecimiento de minerales, rocas y suelos, y la plasticidad de estos, circunstancias favorables para que vientos no tan fuertes derribaran a su antojo miles de árboles.

Por otra parte, mostró velocidad de sus vientos superior a los 250 kilómetros en ciertos sitios, como en la guantanamera llanada de Sabanalamar, donde entre otras monstruosidades retorció a un enorme jagüey “hasta desprenderlo y hacerlo bailar una especie de danza de ballet por espacio de un kilómetro”.

Casi seis décadas después, creado un abarcador sistema preventivo y de lucha contra esos fenómenos atmosféricos y otras catástrofes, el combate desigual entre hombres y huracanes sigue suscitando en Cuba una preparación mayor, que data desde el Flora, promotor del desarrollo de obras protectoras contra los ciclones, entre ellas cientos de presas, micropresas y derivadoras y, más recientemente, trasvases.

La victoria ante aquel fenómeno natural, y la acelerada recuperación del país ante otros émulos como Gustav, Ike y Paloma (2008), Sandy (2012) y Matthew, cuatro años después , por mencionar algunos ejemplos, constituyen referencia de elíptico reconocimiento a Fernando Boytel Jambú, que en la lucha del hombre contra los huracanes, estuvo siempre a favor del hombre.

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