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Bertillón 166, los fulgores de un clásico

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Sesenta años pasaron desde la sobresaliente aparición de la novela Bertillón 166, del santiaguero José Soler Puig, en el horizonte de la literatura cubana al alzarse con el galardón principal del género en la edición de apertura del concurso literario Casa de las Américas, vigente desde 1960.

Tiempo suficiente para darle un lugar entre los clásicos de las letras nacionales, aunque el propio autor más tarde opinara que “no era gran cosa”, con la modestia intrínseca o tal vez por el culto a la auto exigencia personal, como método de trabajo y de crecimiento, que practicó casi implacablemente desde su juventud.

Bertillón 166, traducida a más de 35 idiomas y con múltiples ediciones en Cuba y el mundo, conectó desde el primer día con el lector de un modo impactante al recrear momentos de la historia más reciente en la heroica ciudad de Santiago de Cuba, durante la lucha urbana insurreccional contra la sangrienta dictadura de Fulgencio Batista, en las faldas de la Sierra Maestra.

Tal vez fuera la primera crónica literaria de los frescos y candentes hechos históricos citados. La realidad, la combativa y rebelde ciudad están siempre ahí, pero el relato de ficción, propio del género, es formidable. No cede su relieve ante el efecto que causa la evidencia del mundo real, que se mueve en círculos, con angustia y violencia, y señorea en toda la novela junto a personajes de distinta índole y origen de clase, de profundo trazo psicológico y viviendo y protagonizando sucesos de intenso clímax.

Con razón algunos críticos la sitúan dentro de los llamados relatos o novelas de atmósferas, raras joyas cuando aparecen en la literatura y cuya efectividad es notoria e incuestionable.

José Soler Puig nació en Santiago de Cuba el 10 de noviembre de 1916 y falleció en 1996. La premiada novela fue su obra inicial dentro del género. Sin embargo, desde la adolescencia escribía cuentos sin cesar, algunos de ellos publicados en revistas como Carteles.

El galardón de Casa marcó el comienzo de una eclosión novelística creadora en firme para este autor reconocido en la edad madura, que lo llevó a incursionar con entusiasmo en otro tipo de escrituras.

Había comenzado con un singular apego por los cuentos, con la modestia y la disciplina que le eran consustanciales desde edad temprana y de forma casi autodidacta. Escribía cuanto podía y se ganaba el pan humildemente, sin poder publicar apenas y al parecer esto no estaba en el centro de interés. Un buen día, hasta llegó a prender fuego a sus manuscritos.

Solo había podido vencer estudios secundarios y medios de Contaduría y Comercio, estos últimos no finalizados, pues debió trabajar duro como jornalero, vendedor ambulante, cortador de caña, tanto en Santiago de Cuba, como en la también oriental Guantánamo, y en la entonces Isla de Pinos.

Distinguió a Soler –Premio Nacional de Literatura en 1986- su acendrado amor por la urbe natal, a la que siempre volvió con reverencia, después de algunas ausencias temporales, como el tiempo en que trabajó en La Habana en la creación de guiones cinematográficos y radiales, labor que llevaba a la par de su incentivada creación literaria después del premio que lo hizo famoso.

El prestigioso narrador, profesor y crítico Francisco López Sacha sitúa a Bertillón 166 dentro de las obras medulares de Soler Puig y las letras nacionales, junto a sus posteriores novelas El derrumbe (1964) y El pan dormido (1975).

Afirma el experto que fue con la segunda obra mentada cuando Soler Puig empieza a mostrarse realmente como él quería ser desde el plano literario.

Apunta, además, López Sacha que sobre “El derrumbe” escribió una versión teatral de gran calidad y esa es otra de las facetas en las cuales el laborioso autor brilló: la dramaturgia, algo que se desconoce en general. El teatro del absurdo y de la crueldad tenía un notable hacedor en Soler Puig y fue un hombre de avanzado pensamiento dramatúrgico.

En su novelística no pueden dejarse de mencionar En el año de Enero, Un mundo de cosas, El nudo, Ánima sola, Año nuevo y Una mujer.

Volviendo a Bertillón 166 y su huella, hay quienes resaltan que sus valores fueron enriquecidos por el notable sentimiento de urgencia, casi visceral, conque fue escrito, partiendo de las emociones y sentimientos del autor, pues el propio Soler había sido miembro del Movimiento Revolucionario 26 de Julio y de la Juventud Socialista, un participante directo en los sucesos que narra en la ficción.

López Sacha opina que Bertillón… proyectó a Santiago de Cuba en el mapa de la literatura nacional.

Fue el comienzo de una evolución creadora que marcó el amor y la fascinación que animó siempre al hijo ilustre de la notable ciudad cubana, quien la retrató en lo adelante del mil y una maneras entrañables.

Y una muestra también de que, para el alma, la realidad puede llegar a ser más importante que la fantasía, aunque el trabajara con todos los recursos, debido a su culturara autodidacta y compleja espiritualidad.

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