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El cielo siempre a nuestro alcance (+Fotos)

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Miren que nos han pasado cosas gordas y que han llovido septiembres desde entonces, pero difícilmente alguien de quienes lo vivimos habrá olvidado aquel, 40 años atrás, en que un cubano viajó al Cosmos y durante ocho días hizo estremecer esta tierra y a su gente.

Y cómo no recordar la travesía que protagonizó nuestro Arnaldo Tamayo Méndez junto a Yuri Romanenko, y convirtió a la Antilla  mayor en el primer país de América Latina y el Caribe, y noveno a nivel mundial, en realizar ese gran sueño humano de salir a explorar el mundo allá “afuera”.

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La del vuelo espacial conjunto soviético-cubano es de esas historias que merecen atesorarse en la memoria y ser contadas, de generación en generación, con lujo de detalles: su génesis y hasta sus antecedentes, los preparativos y, claro está, cuanto ocurrió del 18 al 26 de septiembre de 1980, desde el ¡Vámonos! a bordo de la nave Soyuz-38 hasta el regreso a la Tierra.

Recordar, sí, y no por chovinismo o vanidad ni con nostalgia. Hay verdades de las cuales aquella expedición constituye irrefutable prueba: el valor de la amistad, la cooperación, el internacionalismo; la posibilidad real de que el mundo no sea más jungla o mar donde el grande se traga al pequeño, y que el saber y toda la maravilla del ingenio humano sirvan al bien común.

Símbolos y esencias acompañaron a Tamayo. Llevó consigo la bandera, el escudo, la partitura del Himno de Bayamo, semillas de palma real, arena de Playa Girón, nuestra música, el buen humor criolla. Con él viajó la Patria, fuimos todos al asalto del cielo, un pueblo entero a bordo de esa nave imbatible que es la Revolución.

Porque, ¿quién puede negarlo? Sin la Revolución y el Socialismo tamaña proeza resultaría impensable. Ni la más remota posibilidad de enviar un hombre al Cosmos tendría, incluso hoy, un país pobre como

Cuba en este mundo terriblemente injusto y desigual. Y, por supuesto, únicamente la Revolución podría hacer que ese hombre fuese alguien como Arnaldo Tamayo Méndez.

1609-Arnanldo_2.jpgPobre, huérfano, mulato, limpiabotas, aprendiz de carpintero y con un octavo grado vencido a duras penas: así se fue a la cama el 31 de diciembre de 1958 y valdría la pena preguntarse cuál habría sido el destino de aquel muchacho de 16 años, si para Cuba no hubiese amanecido definitivamente al día siguiente.

Como a millones, con la victoria de enero se le abrieron de par en par todas las puertas. Tuvo la opción y el resto lo puso él: talento, disciplina, audacia, consagración al estudio y al trabajo, voluntad, abnegación, constancia, sentido del deber y afán de superarse para crecer, para ser más útil y servir mejor a su Patria. Su vida no es un cuento de hadas, es la historia de una generación y todo un pueblo.

En el cosmonauta número 97 no paro de pensar. Llevo semanas con el “disco duro” repleto de recuerdos de entonces, imágenes y emociones, todo mezclado: el lanzamiento de la nave, el acople con la Saliut-6, las bromas y el rostro siempre sonriente de Tamayo, los experimentos científicos, la euforia, el éxtasis, la intensidad con que vivimos aquellos ocho gloriosos días e, incluso, la apoteosis del 10 de octubre, cuando volvió a casa el hijo pródigo.

Ya lo dice la palabra, conmemorar, y a eso invita cada septiembre por estas fechas, pero, otra buena razón hay para la remembranza de su gran proeza y es la hazaña presente, la de nuestros médicos y científicos, héroes como él de carne y hueso en estos tiempos de pandemia.

Y está, sobre todo, Soberana, obra colectiva, candidato vacunal ciento por ciento cubano ya en fase de ensayos clínicos para su validación definitiva, y que de júbilo, orgullo, ansiedad y esperanza nos tiene a todos por las nubes y más arriba, desafiando como hace 40 años junto a Tamayo, la Ley de la Gravedad.

Sí, también esta formidable respuesta de Cuba a la COVID-19 es fruto de aquel parto -no sin dolor, pero feliz- del primero de enero de 1959 e hija del hombre que para esta nación insular casi perdida en el mapa pensó y forjó un futuro de hombres y mujeres de ciencia y de pensamiento, y que a no dudar fue quien más soñó y disfrutó el vuelo espacial soviético-cubano: Fidel Castro Ruz.

No ha sido fácil llegar hasta aquí y puede que en lo adelante sea, incluso, más difícil, como advirtió el Comandante, pero si alguna vez el camino llega a parecernos demasiado largo, la fatiga asoma y los obstáculos invitan a desistir, miremos a lo alto, intacta la ilusión de un septiembre que, si somos suficientemente sabios para no olvidar ni traicionar, jamás dejará de recordarnos que sí se puede, que nada es imposible, que el cielo estará siempre a nuestro alcance.

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