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General Federico Incháustegui: El médico y el mambí

 

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El siete de septiembre de 1895 murió en campaña, en un enclave intrincado de Manzanillo, el notable médico y mambí Federico Incháustegui Cabrera, ascendido póstumamente a General de Brigada del Ejército Libertador, en honor a sus sobresalientes aportes en los combates y a los servicios de asistencia y de organización de la sanidad militar en las dos guerras de independencia libradas por los cubanos.

Severos quebrantos de salud acabaron con la vida del doctor Incháustegui, en medio de las vicisitudes de la manigua y del fragor de los enfrentamientos en los que no dejó de participar, aún sintiéndose mal, hasta su fallecimiento.

Apenas pudo cumplir las funciones de Jefe Nacional de Sanidad militar, un cargo con el cual fue investido poco antes de su deceso, aunque sí había dado su apreciable contribución a la organización y estructuración de indispensables servicios, junto a otros colegas también incorporados a la lucha redentora.

Había nacido en La Habana, el tres de mayo de 1838, aquel patriota cubano de 57 años a quien una enfermedad, no precisada en los anales consultados, y no las balas enemigas apresuraron su partida cuando todavía podía seguir aportando su sabiduría, experiencia y valor a la Patria.

Inició estudios de medicina en la Universidad de La Habana, pero pudo ir a terminarlos, para una mayor especialización en los temas higienistas que le interesaban, en Filadelfia, Estados Unidos.

Luego de graduarse, hasta EE.UU., donde residía, llegaron los ecos de la Revolución de Yara de su tierra natal, y lo abandonó todo para venir a incorporarse a la lucha de la manigua redentora. Fue un soldado, pero también siempre un médico enamorado hasta los tuétanos de la profesión.

La vida o su tenacidad a toda prueba le dieron la oportunidad de poder transitar los dos caminos, sin oposiciones ni desgarramientos esenciales.

Terminó con el grado de coronel de Sanidad la contienda inicial (1868-1878) hasta la misma claudicación pactada en el Zanjón. Pero siguió dispuesto a reanudar la lucha por la soberanía en cuanto esto fuera posible. Perteneció a las tropas del general Serafín Sánchez en esa etapa.

Cuentan que en sus últimas horas, cuando sus dolencias llegaron a impedirle movilidad, sus ayudantes debían retirarlo de los combates, aun en contra de sus deseos.

Siempre se sintió, ante todo, un soldado, un combatiente mambí de primera fila, aunque sus aportes en la atención a heridos y en la especialidad sanitaria eran ya inapreciables cuando ocurrió su muerte.

Presumiendo su cercano fin, dispuso que no se hicieran ceremonias en su honor ni las tres descargas de fusilería de rigor. Quería que esos proyectiles se utilizaran para avanzar inmediatamente, disparando contra el enemigo.

Durante el combate del sitio de Dos Bocas de Tana, de la jurisdicción de Manzanillo, se registra su fallecimiento.

Estudios realizados por expertos nacionales coinciden hoy en resaltar la importancia de los servicios de sanidad militar que encabezó el doctor Incháustegui, por pocos días, en la campaña del 95.

Es cierto, fueron continuidad de una tradición civilista y muy humana impuesta desde el primer día por los libertadores cubanos.

Y los mambises siempre se ocuparon de desarrollar la especialidad dentro de los campos de batalla, desde la guerra del 68, con la proclamación de una Ley y de un cuerpo específico encargado del trabajo. Pero fue oneroso y muy difícil aplicar disposiciones en condiciones precarias y hostiles. Se tuvo que aprender penosamente sobre la marcha, cometiendo errores.

En fin, las penurias, la falta de recursos y la inexperiencia hizo que en esa campaña no se obtuvieran los mejores resultados en ese campo. En cambio, se ganaron muchas lecciones, que sirvieron para el futuro. Se plantaron los cimientos, según consideran entendidos.

Tanto en la guerra del 68, como en la llamada por Martí, Necesaria, participaron decenas de médicos, enfermeras, farmacéuticos y dentistas. En la segunda y final contienda se registró la muerte de 13 médicos, seis farmacéuticos y tres dentistas.

A principios de septiembre de 1895, días antes de la muerte de Incháustegui, se reunieron en la manigua varias personalidades médicas, entre las que se encontraban el coronel Joaquín Castillo Duany, luego su sucesor, y Fermín Valdés Domínguez, para fundar el Servicio de Sanidad en el que Incháustegui fue investido.

Aunque lo sabían enfermo, no suponían su fin tan cercano. Y merecía el reconocimiento por su trabajo en el campo en la guerra anterior, sus conocimientos y otros méritos.

Por ello, la medicina militar y el sector de trabajadores de la salud de Cuba sienten orgullo de contar con el general Incháustegui Cabrera entre sus fundadores más valiosos y preclaros. 

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