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A 65 años de la fe de vida del Movimiento 26 de Julio

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El ocho de agosto de 1955 vio la luz el manifiesto número uno del Movimiento revolucionario 26 de Julio (M-26-7), redactado por el líder Fidel Castro desde el exilio en México: una ardiente convocatoria a los cubanos a la lucha insurreccional contra la dictadura de Fulgencio Batista, con denuncias irrefutables, el cual recogía, además, una síntesis del Programa del Moncada, guía de justicia social tras el triunfo.

Se continuaba, entonces, dando fe de la existencia y obrar de la organización creada el 12 de junio de ese mismo año, en reunión clandestina en La Habana.

Más que un partido político, el M-26-7 pretendía ser un ente movilizador de los cubanos y cubanas patriotas y de buena voluntad, ya fueran obreros, campesinos, intelectuales, estudiantes, de la más amplia procedencia, dispuestos a combatir o a contribuir decididamente a la lucha armada, que el tirano había dejado como único camino posible para conseguir la libertad y el fin de la ignominia.

Después de salir del Presidio Modelo en la entonces Isla de Pinos –hoy Isla de la Juventud- junto a los intentos de desarrollar una actividad política desde los supuestos cauces cívicos que la propaganda batistiana había anunciado falsamente, Fidel también planeó clandestinamente la creación del Movimiento 26 de Julio de manera oficial y preparaba su primer manifiesto, el cual no pudo publicarse durante su estancia en Cuba.

La persecución desatada por el criminal dictador contra él y todo lo que oliera a actividad revolucionaria, lo obligó a marchar el exilio. Antes, en la prisión había trabajado en el resumen de los puntos del alegato La Historia me Absolverá, que incluiría en 15 puntos en el primer documento oficial de la organización.

A pesar de la distancia, el joven dirigente siguió los pasos de la edición del Manifiesto, sobre el cual había dado instrucciones de que se publicaran unos 50 mil ejemplares.

Especialmente, deseaba que el importante llamado estuviera en las calles para el 16 de agosto, fecha en la que se conmemoraría la muerte del dirigente ortodoxo Eduardo Chibás.

No había perdido el tiempo el líder, empeñado -según sus propias palabras- en hacer ver a los enemigos cómo lograban romper la cortina de silencio y como los revolucionarios se iban abriendo camino hacia una nueva etapa.

Movilizar y unir a todos los cubanos en lo que denominó entonces “un llamado sin ambages a la revolución” y un ataque frontal a la camarilla criminal que desgobernaba el país, dirigidos por la misma juventud de la Generación del Centenario, aquella que el 26 de julio de 1953 asaltó con heroísmo a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

Ni el fracaso táctico de ambas acciones, ni la represión y los asesinatos que se cebaron en los participantes, acabó con el sentido del deber y el espíritu de lucha de los sobrevivientes, muchos de ellos obligados después a guardar prisión junto a su líder. Tampoco influyó en los combatientes sumados después.


Por eso era tan significativo que todos los cubanos conocieran que habían vuelto al camino y los convidaban a incluirse en la batalla definitiva y final. El primer Manifiesto era un eslabón clave en ese recomienzo.


“Cuba es mi Patria y a ella no volveré nunca o volveré dignamente, como me lo tengo prometido. Las naves están quemadas, o conquistamos Patria a cualquier precio, donde pueda vivirse con decoro y con honor, o nos quedamos sin ella”, decía en el texto, dejando leer entre líneas los preparativos que realizaban, la expedición libertaria a la tierra natal que pudo concretarse a fines de noviembre de 1956.

Ratificaba que el Movimiento 26 de Julio se integraba sin odios contra nadie, estaba abierto a todos los cubanos, al tiempo que el texto también daba orientaciones organizativas de cómo iba a funcionar en todo el territorio nacional, para garantizar la disciplina, la ética y la efectividad.

En cuanto al llamado Programa del Moncada, implícito en la denuncia de La Historia me absolverá, recordaba que la revolución triunfante, en su momento proscribiría el latifundio, reivindicaría las luchas y conquistas obreras, se pronunciaría por la nacionalización de empresas de servicios públicos y la rebaja de alquileres.

Y temas tan sensibles al pueblo cubano como el acceso y mejoras en los sistemas de salud pública y la enseñanza general, tendrían cambios dramáticos a favor de las grandes mayorías, para acabar con la afrenta del analfabetismo, las muertes tempranas y la falta de derechos civiles y constitucionales de los más humildes. El espíritu martiano siempre presente en toda la esencia del manifiesto.

También prometía justicia contra las acciones criminales de la dictadura, que por entonces enlutaban al país de forma brutal y despiadada.

Se combatiría la corrupción y el robo en sectores administrativos, contra los cuales se aplicaría todo el peso de la ley. Hoy por hoy, el Programa del Moncada tiene plena vigencia en la sociedad cubana, para honra de los connacionales.

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