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Haydée Santamaría, la mujer leyenda de la Revolución

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Una noticia desolaba a Cuba en la tarde del 28 de julio de 1980:
Haydée Santamaría Cuadrado, la Heroína del Moncada, de la Sierra y el Llano, la sobreviviente y testigo excepcional de cómo fueron despedazados vivos sus seres más queridos, se había quitado la vida.

La heroicidad de esa mujer se volvió parte indisoluble de la épica revolucionaria y del amor del pueblo cubano, que ese día la despedía como la mujer leyenda que en los sótanos del Moncada les respondió a los asesinos que le mostraron el ojo de su hermano Abel para que delatara aspectos de la acción: "Si ustedes le arrancaron un ojo y él no lo dijo, mucho menos lo diré yo."

Tampoco la quebró el anuncio de aquellas bestias uniformadas de que habían asesinado a su novio, Boris Luis Santa Coloma y les replicó:

"Él no está muerto, porque morir por la Patria es vivir", gesto que exaltó Fidel al decir en La Historia me Absolverá: “Nunca fue puesto en un lugar tan alto de heroísmo y dignidad el nombre de la mujer cubana.”

Pero Haydée nunca pensó que haría historia cuando disfrutaba la felicidad de su niñez y adolescencia en el central Constancia, hoy Abel Santamaría, en Encrucijada, el idílico lugar donde nació el 30 de diciembre de 1923.

Yeyé, como le llamaban cariñosamente, era la mayor de cinco hermanos, frutos del matrimonio de los emigrados españoles Benigno Santamaría Pérez y Joaquina Cuadrado Alonso; él maestro carpintero y ella ama de casa, quienes fundaron un hogar en el que inculcaron a los hijos valores de honradez, amor el trabajo y la decencia.

En la escuelita primaria del poblado supo de José Martí, de la historia patria y se aficionó a la lectura, pero también a la vida más allá de los libros, lo cual le permitió conocer del negro comunista y líder de los trabajadores azucareros, Jesús Menéndez, quien creció e inició sus luchas en su terruño y fue asesinado en 1948, hecho que influiría en su formación.

Haydée se trasladó para La Habana a inicios de la década de 1950 para reunirse con Abel, quien en la capital continuó estudios de comercio y trabajó en una agencia de automóviles, lo que le permitió alquilar el pequeño apartamento en las calles 25 y O, que compartió con su hermana.

Pronto aquellos planes de prosperidad individual fueron abandonados por los hermanos ante el panorama nacional de corrupción del gobierno de turno y el posterior cierre de todos los caminos legales de lucha con el de golpe militar de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952.

Abel conoció al joven abogado Fidel Castro y se identificó plenamente con su estrategia insurreccional armada que asumiría la vanguardia de la Generación del Centenario y se convirtió en el segundo jefe del movimiento y uno de los pocos revolucionarios que conocía el plan completo de la acción.

Días antes del 26 de julio, por indicación de Fidel, Haydée se reunió con su hermano en Santiago de Cuba, donde participaron en el alquiler de la Granjita Siboney -lugar desde donde partirían los asaltantes al Cuartel Moncada-, y en la creación de condiciones para recibir a los jóvenes revolucionarios y las armas para el ataque.

En la madrugada del 26 de julio, junto a su compañera Melba Hernández, pidieron ir al combate y Fidel las incluyó en el grupo que, dirigido por Abel e integrado también por el médico del grup, el doctor Mario Muñoz, tomaría el hospital Saturnino Lora.


Al fracasar militarmente la acción, los esbirros tomaron prisioneros a gran parte de esos combatientes, junto a Haydée y Melba, quienes fueron testigos del asesinato de sus compañeros .

Las dos valientes mujeres fueron condenadas a meses de prisión y desde la cárcel le escribió Haydée a la madre: “Abel no nos faltará jamás. Mamá, piensa que Cuba existe y Fidel está vivo para hacer la Cuba que Abel quería”.

Al salir de la cárcel trabajó en la impresión de la Historia Me Absolverá y al ser liberados Fidel y los sobrevivientes al ataque en 1955, se dedicó Yeyé junto a Melba a la organización del Movimiento 26 de julio en todo el país.

Cuando Fidel desde México se aprestaba a regresar en la expedición del yate Granma, participó en los preparativos del levantamiento del 30 de noviembre de 1956, en apoyo a la llegada de los expedicionarios, y en la etapa de consolidación de la guerrilla fue una activa combatiente en la Sierra y el Llano e, inclusive, salió al exterior en cumplimiento de misiones del Comandante en Jefe para la adquisición de armas y otras tareas de gran importancia.

A pocas semanas del triunfo del primero de enero de 1959, Fidel le encomienda la tarea de fundar la Casa de las Américas en abril de ese año, cargo en el que se desempeñaría hasta el final de su vida junto a importantes responsabilidades de dirección en el Estado y el Partido.

En sus más de 20 años al frente de la Casa convirtió esa institución cultural en un sólido vínculo de la Revolución cubana con Latinoamérica, tarea en la que se ganó el respeto y el cariño de los más relevantes intelectuales cubanos, latinoamericanos y de otras latitudes.

De aquellos lazos quedaron como prueba los extraordinarios versos que la poetisa Fina García Marrúz le dedicó en aquellos tristes momentos hace ya 40 años, cuando Haydée decidió culminar su paso por la tierra.

“Pónganle a la suicida una hoja en la sien /Una siempreviva en el hueco del cuello. /Cúbranla con flores, como a Ofelia. /Los que la amaron, se han quedado huérfanos /Cúbranla con la ternura de las lágrimas. /Vuélvanse rocío que refresque su duelo. /Y si la piedad de las flores no bastase /Díganle al oído que todo ha sido un sueño.

/Ríndanle honores como a una valiente /Que perdió solo su última batalla. /No se quede en su hora inconsolable /Sus hechos, no vayan al olvido de la hierba. /Que sean recogidos uno a uno, /Allí donde la luz no olvida a sus guerreros”.

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