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Legado de los moncadistas más presente que nunca

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Era la madrugada del 26 de julio de 1953, último día del carnaval santiaguero, en la Granjita Siboney, cerca de Santiago de Cuba, los asaltantes al cuartel Moncada se aprestaban cumplir con su cita con la historia mientras el jefe de la acción, el joven abogado de 26 años Fidel Castro, dirigía la siguiente exhortación:

"Compañeros: Podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos; pero de todas maneras, ¡óiganlo bien, compañeros!, de todas maneras el movimiento triunfará.(…) El pueblo nos respaldará en Oriente y en toda la isla. ¡Jóvenes del Centenario del Apóstol! Como en el 68 y en el 95, aquí en Oriente damos el primer grito de ¡Libertado o muerte! (…)


Poco más de un año antes, el 10 de marzo de 1952, el general Fulgencio Batista se hizo del poder con un golpe militar y cortó así el curso institucional del país que se aprestaba a realizar elecciones presidenciales, en las cuales no tendría posibilidades de acceder al poder debido al apoyo mayoritario al representante del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo).

Para justificar su acción, Batista utilizó demagógicamente la corrupción administrativa generalizada del depuesto presidente Carlos Prío Socarrás y contó con el apoyo de las autoridades estadounidenses.

Por el repliegue de la oposición burguesa ante la violación de la Constitución de 1940 por Batista, Fidel aglutinó y seleccionó para emprender el camino insurreccional a un grupo de jóvenes representantes de lo mejor de la Generación del Centenario, llamada así por coincidir en 1953 la nueva etapa de lucha con los 100 años del nacimiento del apóstol José Martí.

De inmediato el máximo líder bajo un fuerte régimen de compartimentación y disciplina inició la preparación y búsqueda de medios y armas para los ataques a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, este último en Bayamo, que servirían como señal para iniciar la insurrección general en la misma región donde comenzaron las gestas independentistas cubanas en siglo XIX.

A pesar de que los principales preparativos y la organización de alrededor de 135 combatientes se realizaron en la región occidental del país, en las propias narices de las más importantes fuerzas de los aparatos represivos de la dictadura, no fue descubierta ninguna actividad clandestina y el traslado de los asaltantes, armas y medios hacia Santiago y Bayamo se realizaron en perfecto orden.

Como es conocido, el ataque al Cuartel Moncada no alcanzó los objetivos militares inmediatos al tener que enfrentarse el grupo de Fidel -encargado de tomar la posta principal- a una patrulla de recorrido y no poder irrumpir sorpresivamente al interior de la fortaleza donde sonó la alarma.

Los cerca de mil soldados de la guarnición tomaron sus posiciones y por su mayor número y volumen de fuego eliminaron cualquier oportunidad de avanzar a los 131 asaltantes.

Tampoco el ataque al cuartel de Bayamo tuvo éxito al fallar el plan inicial y generalizarse el tiroteo de la guarnición desde sus posiciones, lo que obligó a los revolucionarios a retirarse.

Lo que siguió en los días sucesivos fue una orgía de sangre de la soldadesca, que recibió la orden de Batista de asesinar a 10 revolucionarios por cada soldado muerto en combate. Solo habían caído seis asaltantes, pero 55 fueron asesinados en las horas posteriores y dados como bajas en las acciones.

Fidel Castro denunciaría los crímenes ante el tribunal que lo juzgaría por los hechos del 26 de Julio:

"No se mató durante un minuto, una hora o un día entero, sino que en una semana completa, los golpes, las torturas, los lanzamientos de azotea y los disparos no cesaron un instante como instrumento de exterminio manejados por artesanos perfectos del crimen. El cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y muerte, y unos hombres indignos convirtieron el uniforme militar en delantales de carniceros".

La historia cubana ya no sería igual después de la gesta del Moncada. Se vino abajo el mito de la imposibilidad de luchar contra un ejército represor que podía ser derrotado, como dijo Fidel en su alocución en la Granjita Siboney y aunque ellos perdieron un primer combate, la Revolución no se debilitó y a eso contribuyó el pueblo como también profetizó el jefe de las acciones en esa histórica madrugada del 26 de julio de 1953.

Vendría la prisión fecunda de los moncadistas y el exilio en México donde empezó otra nueva epopeya, el arribo del yate Granma que tuvo más de naufragio que desembarco, al decir de Ernesto Che Guevara, y la dispersión de Alegría de Pío, así como el recomienzo con solo 12 hombres al mando de Fidel y posteriormente los primeros combates exitosos y la organización de la insurrección en toda la isla, la ofensiva final y el triunfo del primero de enero de 1959.

El ejemplo que nos dejaron los moncadistas de imponerse a dificultades y reveses que parecían insuperables hoy está muy presente en las generaciones de revolucionarios cubanos que enfrentan un bloqueo económico, comercial y financiero total, promovido por la política agresiva de la actual administración estadounidense, aplicada en medio de una crisis de pandemia que los estrategas del imperio hicieron su aliada en sus intentos por destruir a la nación cubana.

 

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