All for Joomla The Word of Web Design

María Cabrales: la virtud y el combate

2607-maria-cabrales.jpg

A 115 años de su fallecimiento, el 28 de julio de 1905, recordar a la patriota entera que respondió al nombre de María Cabrales, más que un deber es un ejercicio de aprendizaje enriquecedor sobre una vida de múltiples aristas de vanguardia, en una época en que la mujer estuvo confinada generalmente a los roles domésticos y familiares.

Dicen que el pueblo de Santiago de Cuba salió en pleno a rendir tributo a la valerosa y extraordinaria cubana en sus honras fúnebres, cuando fue sepultada en el cementerio de Santa Ifigenia, luego de su deceso en su terruño natal, una finca de San Luis, cercana a la ciudad de Santiago. Y fue por la fuerza de su integridad y de su ejemplo.

No se trataba simplemente de que María –nacida como María Josefa Eufemia Magdalena a mediados del siglo XIX- fuera la viuda del Lugarteniente General Antonio Maceo, uno de los héroes más sobresalientes y entrañables de las gestas emancipadoras cubanas.

Aunque la trayectoria de esta mujer jamás podrá separarse de la historia y destino del Titán de Bronce, María se había ganado el homenaje y el respeto por su excepcional obrar, discreto y callado a la luz de algunas crónicas, pero real, tenaz, entregado, sacrificado y heroico. Y no son meros adjetivos a mano de esta pluma.

María Cabrales, hermoso nombre para una hermosa mujer en todas sus dimensiones, pues consta que también fue bella físicamente. Venció los obstáculos de proceder de una cuna venida de la esclavitud, pues nació en hogar de cubanos humildes, llamados entonces “pardos libres”, quienes eran campesinos honrados y muy trabajadores, pero discriminados al fin por su origen y color.

Así, ya casada con Antonio Maceo desde que ambos eran muy jóvenes, y en plena manigua redentora, ejerció la humanitaria labor de enfermera de campaña en los nombrados hospitales de sangre mambises, junto a su suegra, la inmortal Mariana Grajales, hoy reverenciada como Madre de la Patria.

Mariana y María, quienes acompañaron a sus esposos y familiares desde los inicios de la Guerra de los 10 años, en 1868, iban a los campos de batalla, una vez terminados los combates a prestar auxilio a los heridos. No solo curaban o intentaban salvar a los mambises, también a los soldados enemigos abandonados sobre la tierra.


No cabe dudas de que la influencia de Mariana también fue decisiva en la formación moral y el temple de la joven, de la que no se conocen datos sobre su nivel educacional, salvo que sabía leer y escribir correctamente. Los largos años de la campaña fueron su escuela, bajo la égida de los Maceo.

Pero vale citar algo de la niñez de María. La pequeña finca propiedad de sus padres era vecina de la propiedad de los Maceo, en la municipalidad de San Luis. Ambas familias sostuvieron desde siempre estrechas relaciones de amistad, lo cual influyó en el mutuo intercambio de sus valores: la honradez, la sed de justicia, espíritu de trabajo y patriotismo enardecido y sin condiciones…


Después del fin de la Guerra de los 10 años y el vergonzoso Pacto del Zanjón, ripostado enérgicamente por la histórica Protesta de Baraguá, María estuvo junto a su esposo, respaldando sus acciones.

No solo en el acto de dignidad y rebeldía, sino también los otros intentos en que se implicaron aquellos verticales revolucionarios en la organización de otras campañas.

Luego del fracaso de la Guerra Chiquita, partió con su familia al obligado exilio que los llevó a varias naciones caribeñas como Jamaica, Honduras, Panamá y finalmente Costa Rica. Fueron años terribles y duros, pasados con honor y honradez, sin dejar de trabajar y obrar en diversos proyectos por la causa de la independencia cubana.

Primero en Jamaica, en 1893, y Luego en Costa Rica, en 1894, en coordinación con el delegado del Partido Revolucionario Cubano, José Martí, María presidió dos clubes patrióticos organizadores de la guerra necesaria del 95. El primero se llamó José Martí y el segundo Hermanas de María Maceo.


Cuando Maceo partió hacia Cuba, en la expedición del Honor, ella quedó en Costa Rica, esperando por las noticias del esposo amado y coordinando apoyo a la causa. Recibió su última carta fechada el primero de diciembre, y él cayó en combate el día siete, en 1896.


A pesar del golpe demoledor que significó para ella la muerte de Antonio, logró levantarse y continuar. Desde lejos se dedicó a honrar y defender la memoria del héroe que el enemigo y cubanos indignos quisieron mancillar tras su muerte irreparable.

Pudo regresar a Cuba en 1899. Sin aceptar pensión alguna a cuenta de los méritos de su esposo, se radicó en la ciudad de Santiago de Cuba, al frente de un asilo de niños huérfanos por la guerra. Murió en el terruño natal, cerca de los recuerdos y la vida de su niñez y juventud.

Los que la conocieron cuentan que nunca se escuchó una queja de María, ni un lamento. De su matrimonio, no hay evidencias probatorias de que tuviera hijos, aunque existe la leyenda de que les nacieron dos pequeños, niña y niña, muertos bajo los rigores y crueles condiciones de los campamentos de batalla.

La propia María declaró en su testamento que nunca tuvo hijos, aunque la tradición popular a veces le ha otorgado esa gracia a esa mujer que repartió tanto amor maternal, piedad, socorro y miel, además de sus inquebrantables ideales libertarios.

El general mambí Enrique Loynaz del Castillo, quien nunca se cansó de ponderar las virtudes de María, dijo de ella:
“Porque en ella se ve una hermana, un ejemplo, un símbolo. María Cabrales de Maceo nos presenta en toda su alteza moral, el perfil más bello y noble de la mujer cubana”.

Escribir un comentario

No se admiten ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
Nos reservamos el derecho de no publicar los comentario que incumplan con las normas de este sitio


Código de seguridad
Refescar