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Instruir puede cualquiera, educar solo quien sea un evangelio vivo

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Él, el padre; él, el silencioso fundador; él, que a solas ardía y centelleaba, y se sofocó el corazón con mano heroica, para dar tiempo a que se le criase de él la juventud con quien se habría de ganar la libertad.

Así dijo José Martí de José Cipriano de la Luz y Caballero, pedagogo y filósofo, “formador de almas” como lo calificaron algunos o “maestro de la juventud cubana de su tiempo”, venerado por otros.

Porque el habanero nacido el 11 de julio de 1800 supo desde su vocación de maestro guiar a sus alumnos al pensamiento propio y engrandeció el sentido de la nacionalidad cubana en la primera mitad del siglo XIX.


Influido por el pensamiento y acción de su tío José Agustín Caballero y su profesor Félix Varela, legó un ideario cargado de verdades contundentes e intemporales, como el hecho de que los Estados Unidos son “una colmena que rinde mucha cera, pero ninguna miel”; “Quien no sea maestro de sí mismo, no será maestro de nada”; o su aforismo célebre “Instruir puede cualquiera, educar solo quien sea un evangelio vivo”.


Y eso fue Luz y Caballero, un evangelio vivo que puso su intelecto en función de combatir los esquemas capaces de frustrar el desarrollo de una patria culta y libre.

Consideraba, de acuerdo con fuentes documentales, que el punto de partida del conocimiento eran la ciencia y la observación, toda vez que para fundar la ciencia es imprescindible generalizar y clasificar los resultados de la experiencia, donde radica la principal fuente nutricia del saber humano.

Asimismo, estimó que no consiente el rigor científico que se tomen las conjeturas por hechos reales, pues los quilates de la ciencia “se miden como los del diamante: cuanto más es la solidez, más es el esplendor”.

Con solo 12 años estudiaba latín y filosofía en el convento de San Francisco; y en 1817 se tituló de bachiller en filosofía en la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana; luego se graduó de bachiller en Leyes en el Seminario de San Carlos.


En 1824 asumió la dirección de la Cátedra de Filosofía de esa institución, responsabilidad que anteriormente estuvo en manos de José Antonio Saco, su amigo; y de Varela, de quien siempre fue fiel a su metodología y doctrinas.

Hombre más que instituciones suelen necesitar los pueblos para tener instituciones, y cuando se necesitan los echa al mundo la providencia, aseveraba quien en 1848 fundó el colegio El Salvador.


Algunos de sus discípulos más notorios fueron Ignacio Agramonte, Rafael María de Mendive y Manuel Sanguily. Este último aseveró: “Existió perpetuamente inmaculado, y soñó constantemente con la felicidad y la gloria de su patria. Él la buscó por senderos apacibles. Otros después la buscaron también pero entre abismos y tempestades”.

Porque su lucha incansable estuvo dirigida a la creación de una sociedad nueva desde la base de ideas que sustentaran las vías para conquistar la libertad.

Colaboró con varias publicaciones periódicas como el Faro Industrial de La Habana, la Revista de La Habana, Revista Bimestre Cubana y en las Memorias de la Sociedad Patriótica; además de El Mensajero Semanal, publicado en Nueva York.

Murió el 22 de junio de 1862 y su partida física conmocionó a muchos. El Capitán General en ese entonces, Francisco Serrano y Domínguez, ordenó disposiciones como el cierre durante tres días de los institutos de educación de la Isla en homenaje a su memoria; pero realmente estuvo motivado por una cuestión política, para mejorar la imagen del gobierno colonial.

 

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