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Los frutos de una idea

 

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La Revolución cubana continuaba con el desarrollo de sus programas sociales -con bloqueo, amenazas, calumnias y sin miedo, como siempre ha sido- cuando Fidel planteó "hacer de Cuba una potencia médica mundial”.

Recuerdo que en aquel momento algunos pensaron "ahora sí que el Comandante la puso dura", mientras otros explicaban que era una meta alta, que funcionaría como acicate para el perfeccionamiento del sistema de salud, pero todos los implicados se pusieron a tono con aquella tarea.

Y pasaron los años. El destacamento de estudiantes de medicina Carlos J. Finlay, los Médicos de la Familia y las informaciones sobre el Contingente Henry Reeve, o más exactamente, el Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastres y Graves Epidemias “Henry Reeve”, se hicieron cotidianos en el entorno social del cubano.

Así, los habitantes del archipiélago nos habituamos a tener siempre un médico alrededor, que se hace más responsable de la salud de sus pacientes que nosotros mismos. Hoy no es concebible en la Mayor de las Antillas una embarazada sin atención médica especializada, un bebé sin consultas de puericultura o un anciano desconocido para los especialistas en geriatría de su policlínico.

Y lo más normal es que el personal de salud cubano colabore para elevar la calidad de vida de otros pueblos, a veces distantes geográfica y culturalmente, aunque muy cercanos en la dimensión del humanismo de este proyecto social.

Los cubanos nos hemos acostumbrado a tener al alcance de nuestras necesidades a especialistas altamente calificados, como el hoy muy popular y querido Dr. Francisco Durán, y también a los indicadores de salud comparables con los que se disfrutan en los países más desarrollados.

Esta situación se ha hecho tan cotidiana como para que muchos no apreciemos su real significado y lo asumamos como lo más natural del universo.

Y entonces llegó la pandemia más agresiva que la modernidad haya conocido, la COVID-19. Y esta pequeña isla, pobre en recursos naturales, puso en tensión su riqueza humana y las posibilidades de un proyecto social único.

Sorpresivamente, para todos los que dudaron, el resultado ha estado entre los de mayor eficacia en el orbe.

Desde aquí se hizo llegar ayuda altamente especializada a varias naciones del mundo, incluso desarrolladas. Hacia adentro se diseñaron acciones antiepidémicas que han permitido minimizar la letalidad de la COVID-19 a solo 85 fallecidos. También es baja la incidencia al registrarse cotas inferiores a los dos mil 500 casos confirmados durante el primer embate de la pandemia.

Cuba no ha tenido que lamentar muertes en niños, embarazadas, personal de salud directamente relacionado con la pandemía, o reclusos.

La solidaridad, expresada en el voluntariado en hospitales, el apoyo a las personas vulnerables y la atención a los más necesitados ha florecido a lo largo y ancho del país, como el más natural resultado de un proyecto social de los humildes, por los humildes y para los humildes, como lo definiera el líder histórico de la Revolución.

El mismo Fidel visionario que nos habló, hace años, de la potencia médica mundial, y hoy Cuba ha demostrado serlo, resultado de la voluntad política de nuestros gobernantes y de la sistematicidad en busca de ese mundo mejor, que es posible. 

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