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Maestra física y digital

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–Maestra, ya me sé los productos del dos y del 10; mañana se los repaso por aquí mismo por WhatsApp, muchas gracias por las clases virtuales.

Siempre enseño a mis alumnos a preguntarlo todo, porque la duda de uno puede ser la de varios; esa resultó una de mis grandes preocupaciones cuando suspendieron el curso escolar por el nuevo coronavirus que trastocó lo cotidiano.

No habían concluido la etapa de asimilación del alfabeto; la última consonante estudiada fue la g y sus sonidos ge-gi: ¡¿Cómo aprenderían gue-gui y güe-güi?!

Las letras restantes debían conocerlas mediante el tele-profesor; para mí, no era suficiente: ¿Cuántas preguntas podrían tener?

Entonces, creé el grupo Consulta virus, mediante la red social WhatsApp (WA), para mantener el contacto con mis estudiantes.

La insólita estrategia permitió que los 31 alumnos del primero A de la escuela José Martí, perteneciente al municipio villaclareño de Caibarién, continuaran –ahora de forma digital– el curso escolar, bajo la tutela de su maestra Rosa María González Méndez.

Durante las dos primeras semanas, después de la suspensión de las clases, los profesores fuimos insertados en la pesquisa diaria, pero por diferentes vías supe de mis niños, sus preocupaciones y carencias.

Las anécdotas me preocupaban; unos se negaban a recibir las clases por el televisor, otros esperaban que saliera yo en la pantalla para impartir los contenidos; incluso, alguno cuestionaba la competencia de sus padres: La Revolución puso a Rosa para ser mi maestra, a ti te puso para ser mi mamá.

Luego de los primeros 15 días, a los profes nos orientaron nuevas responsabilidades para trabajar desde casa (llenado de registros y caracterización de alumnos); entonces, comenzó el intercambio por la red.

–Maestra, me siento como en la escuela con las clases que mandas por internet.

Cada miércoles visualizo las tele-clases de Lengua Española y Matemática: planifico 10 lecciones (cinco de cada materia) para la semana y comparto imágenes didácticas en el grupo; a veces termino a la una de la madrugada, pero no descanso hasta tener confirmación de que todos reciben el material.

Las clases tienen enfoque metodológico, porque explico a los padres cómo impartir los contenidos, apoyados en los libros de texto, y tengo en cuenta las posibilidades de cada familia, pues no es una alternativa barata; yo misma asumo el costo semanal de un paquete de 400 MB de internet a cinco pesos convertibles o CUC.

El grupo de WA posee 27 miembros; otros dos estudiantes reciben las materias mediante la red social Todus y a las dos restantes –sin dispositivos móviles– envío las clases impresas con ayuda de una mamá del grupo.

Sin descuidar las tareas domésticas, atiendo a mis pequeños; todo el día recibo mensajes de voz con dudas, preocupaciones, agradecimientos y mucho amor.

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–Maestra, estoy aprendiendo mucho con mi mamá y mi papá.

Para los padres también ha sido difícil, aunque se sienten aliviados y agradecidos con la iniciativa; sus hijos cuentan con una posibilidad más para vencer los objetivos de este grado inicial tan decisivo.

Sin dudas, constituye un reto enorme, porque no es lo mismo saber leer, escribir y calcular que enseñar, más sin herramientas pedagógicas; además, todos los padres no tienen el mismo nivel cultural o la paciencia; estoy, aunque preocupada, muy satisfecha por el interés que ponen a la educación de sus hijos.

Igual, no podría ser de otra manera; saben que soy Yiya Matraquilla.

–Maestra, es que yo te amo mucho porque eres una maestra inteligente y bonita.

Amo trabajar con primer grado, es la etapa más hermosa, fundamental para la formación de los estudiantes, donde el profesor percibe con mayor claridad el resultado de su labor; los niños son muy dependientes, cariñosos y sinceros.

Desde que me gradué en 1981 trabajo como maestra de primer ciclo (de primero a cuarto grado); incluso, hace una década concluí mi Maestría en Ciencias de la Educación Primaria, porque prefiero los más pequeños, posibilidad que disfruto en la escuela José Martí, donde laboro desde su fundación hace cuatro años.

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Esta experiencia del WA me ha permitido apreciar la importancia y necesidad de las nuevas tecnologías que, bien empleadas, devienen aliadas de inestimable valor en el proceso docente-educativo.

Mi esposo tuvo la idea y mis hijos me brindaron el asesoramiento para instalar la aplicación y crear el grupo –con una foto de los niños como identificador–; ha sido maravilloso el apoyo de mi familia, yo ni sabía utilizar bien el celular.

Nunca pensé que –con 58 años de edad, y luego de casi 40 ensañando a leer y escribir– tendría que aprender una materia en la que mis alumnos me superan: la tecnología móvil.

Hoy domino una herramienta que, sin dudas, me ayudará profesionalmente con futuras generaciones de educandos (nativos digitales), seguramente ávidos de que esta tradicional maestra los comprenda; sin embargo, espero con ansias el reencuentro físico, pues supera con creces al digital.

–Maestra, mañana, cuando se quite el coronavirus, voy pa’ la escuela enseguida; estoy haciendo todas las tareas y escuchando todas sus clases, besitos.

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