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Para contentar nuestros estómagos y bolsillos, y aliviarle una carga al Estado (+Fotos)


Por estos días en que, paralelamente al llamado de actuar con responsabilidad y disciplina para enfrentar con éxito la COVID-19, la dirección del país ha insistido en continuar desatando esos nudos que impiden producir más alimentos a toda costa (y no a cualquier costo, por supuesto), desde los hogares mucho puede aportar la población a este estratégico propósito.

En los últimos años el fomento de organopónicos, huertos intensivos, y de la agricultura urbana, suburbana y familiar, ha tenido extraordinarios avances en unos territorios más que en otros, pero aún no se han explotado todas las potencialidades de este movimiento popular, surgido hace tres décadas en aras de extraerle a la tierra la mayor cantidad de los frutos, contribuir al autoabastecimiento municipal y alcanzar la ansiada meta de la soberanía alimentaria.

Aunque el aporte principal de la comida que se produce en Cuba está en manos de las Cooperativas de Crédito y Servicios, las de Producción Agropecuaria, las Unidades Básicas de Producción Cooperada, los productores individuales y de las granjas estatales, sería un alivio para una economía y agricultura seriamente afectadas por el bloqueo y el impacto de la pandemia, sumar un mayor número de hogares al cultivo de uno o más renglones, a la crianza de ganado menor o de especies acuáticas, donde existan condiciones, claro está.

Sobran los ejemplos de compatriotas que en el patio u otro lugar de la casa han sembrado hortalizas, condimentos y frutales, y hasta alevines en modestos o sencillos estanques; también los que se dedican a la cría de animales de corral y a la producción de alimentos en conserva, de plantas medicinales, sin olvidar otro logro significativo: la generación de biogás.

Y al calor de ese imperioso ejercicio de pensar como país, quizás este sea el mejor momento para crear mayor conciencia –y trasmitir más conocimientos y preparación – a partir de los beneficios que en sus 32 años de vida ha mostrado el mencionado programa, tarea que involucraría a las organizaciones de masas en el barrio, los delegados del Poder Popular, la ANAP, las delegaciones municipales de la agricultura y sus asociaciones de técnicos, a los centros de investigaciones científicas interesados en concretar o validar proyectos, entre otros.


Es el mejor momento por múltiples razones: la escasez de alimentos se ha hecho sentir en medio de una pandemia que nos obliga a sustituir importaciones, a producir aquí renglones hasta ahora adquiridos en el exterior pues no hay ni dinero, ni mercados de aprovisionamiento como consecuencia de la crisis global, ni tampoco combustible, y como parte del necesario distanciamiento social, de quedarnos en casa para evitar la propagación del virus, podemos aprovechar el tiempo en también cultivar la tierra y criar animales de corral.


Ahora que las lluvias empiezan a alegrar nuestros campos, al ganado, a los embalses y a las ciudades y poblados con el renacer de áreas verdes y parques, y el crecimiento de organopónicos y huertos intensivos, es la ocasión, por ejemplo, de sembrar variedades propias de la etapa de primavera como col china, habichuela, quimbombó y pepino.

Recuerdo años atrás cuando se habló del imperativo de rescatar frutas tradicionales, que por estar tan desaparecidas -y ser desconocidas por niños y adolescentes- su precio en el mercado estaba por las nubes. Este es el momento de “bajarlo” a la tierra, de también fomentar su cultivo en patios familiares y solares yermos.


Por supuesto que el esfuerzo y el costo de esta “inversión” no están al doblar de la esquina. Además de conocimiento, preparación y conciencia hace falta una infraestructura, sin mucha burocracia ni equipos, dedicada exclusivamente a impulsar y estimular su desarrollo, sin olvidar ante todo el cumplimiento de las medidas higiénico-sanitarias, en fin, epidemiológicas que exigen estos tiempos de coronavirus, pero a su vez de respeto a las leyes de urbanidad y de convivencia social.

Las tiendas agropecuarias que las delegaciones de la agricultura tienen en los barrios pueden ayudar mucho no solo con la venta de semillas, plantas, utensilios de labranza, abonos y de ejemplares para la proteína animal, sino también con la orientación técnica y oportuna a quienes se decidan producir alimentos desde el hogar, en aras de evitar cualquier fracaso y por consiguiente, el desencanto o la renuncia al empeño.

La experiencia de la pesquisa activa aplicada ahora durante el enfrentamiento y prevención a la COVID-19 serviría para que promotores o activistas agropecuarios le lleguen con la orientación y motivación necesarias al mayor número de familias, valorar sus posibilidades y condiciones, y a partir del referido “censo” trazar una estrategia a nivel de barrio que tenga en cuenta qué apoyo puede brindárseles a quienes estén dispuestos a asumir tan noble empeño en sus viviendas.

“Mantener producciones para la casa es beneficioso porque mejora la calidad de la alimentación y se depende menos de los desprovistos e inestables mercados locales, se evita comprar fuera y se ahorran tiempo y dinero. A veces no hay quién venda ni un pimiento en el pueblo”, decía con mucha razón un productor pinareño que junto a sus hijos ha logrado sembrar cafetos, mango, aguacate, limón, mamey, mandarina y naranja. ¡Pero como él son miles los compatriotas en el país!


Muchas naciones hablan de una economía más solidaria, más autónoma y ecológica tanto en salud como en alimentación para después de la pandemia, lo cual se aplica particularmente bien a Cuba, donde hay voluntad de crear una agricultura sostenible, ecológica y por supuesto suficiente, con vistas a satisfacer toda la población.


Pero si muchas familias desde la casa, lo mismo en el patio, en el balcón, en la azotea, en fin, donde sea factible, cosechamos nuestros condimentos, sembramos tal o más cual plantica, producimos alguna conserva, criamos aves de corral, en fin, tomamos conciencia del momento que vive el país, cuando disfrutemos de los frutos de ese esfuerzo personal: ¡qué contentos se pondrán nuestros estómagos y bolsillos y qué alivio sentirá el Estado¡

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