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No sabían a qué lugar ir, pero sí en el que están (+Fotos)

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La palabra deambulante se utiliza con menosprecio en algunas latitudes, y es denigrada en otras donde los sinónimos que se emplean no son tan generosos: mendigo y pordiosero, por citar ejemplos.

El sustantivo de referencia no aparece en el Diccionario de la Real Academia Española, en el cual ocupa su sitio el infinitivo “deambular”, con el significado de “ir de un lugar a otro sin un fin determinado”.

La Revolución, desde sus albores, cuando una pandemia de la magnitud de la COVID-19 no se avizoraba, fue precursora en llamarlos deambulantes, en considerarlos en igualdad con el resto de los ciudadanos, y en incluirlos en su sistema de prevención y asistencia, como una categoría social digna de amparo estatal, para compensar su carencia del filial.

En lo que puede considerarse un Plan de Estado contra la pandemia, inclusivo, donde no quedó fuera ningún cubano, fueron incorporadas esas personas, beneficiadas de vivir en un país que, por suerte para ellas y todos los estratos de la población, sí sabe adónde va, y no deja atrás a los menos favorecidos por la naturaleza y la sociedad.

Ratificándose como el pariente más cercano de gran parte de los que no tienen techos, o teniéndoles se sienten atraídos por prescindir de él, las máximas autoridades del país los priorizaron en esta difícil etapa que afrontamos.

En la escuela especial Batalla del Jobito, de la ciudad de Guantánamo, donde fueron albergados y se atienden -con todo género de cuidados, alimentación y ropa incluidos-, permanecen varias de las personas aludidas en estos párrafos, con algunos de los cuales conversó Idaliena Díaz Casamayor, vicepresidenta de la Asamblea Municipal del Poder Popular en la capital de la provincia más oriental de Cuba.

Félix Sosa Verdecia y Rosendo Pérez Sánchez, de 77 y 54 años, respectivamente, fueron algunos de sus interlocutores, entre los 14 huéspedes transitorios del centro educacional que coincidieron en calificar de excelentes sus estados de ánimo, mientras el primero, más locuaz que el resto, arriesgó la siguiente expresión: “Nos tratan y se ocupan en nosotros, como si fuéramos niños”.

Añade que les entregaron artículos de aseo, la limpieza es exquisita y describe una alimentación que envidiarían muchos de los que se encuentran fuera de este local: almuerzo y comida (postre incluido), tres meriendas, también apetecibles, y un buen desayuno, para recibir el día.

La presencia de este campesino, radicado en el norte de esta ciudad, en la “Batalla del Jobito” aparentemente desentona, pero obedece a un litigio en marcha sobre vivienda, y que momentáneamente lo ha dejado carente de ese bien y obligado a vagar por calles y rincones de la sexta urbe más poblada del país.

Esa adversidad no impide que oficie como ayuda de cámara de Rosendo, su compañero de habitación, que a sus dificultades psicológicas suma la pérdida del sentido de la vista y la carencia de familia cercana.

Velan por ellos, diariamente y a casi todas las horas, Odalys Rosgard Navarro (enfermera), la epidemióloga Yazmina Rodríguez Márquez, y Yaneidi Jiménez Torres, especialista en Medicina General Integral, integrantes de un grupo mucho mayor de especialistas asignados por el Consejo de Defensa y la Dirección Municipal de Salud, encargado de garantizar el pesquisaje de quienes se adentren en este sitio de aislamiento y de otros deberes que Jiménez Torres enumera a continuación.

Aclara la jefa de ese colectivo que a todos se les proporciona atención médica general, psicológica o psiquiátrica, de acuerdo con las características individuales, porque el gradiente oscila entre la normalidad, como el casi octogenario y los que no son totalmente responsables de su conducta, y resulta difícil lograr que mantengan el nasobuco puesto durante muchas horas.

Rosendo, según explica la doctora, estuvo ingresado en el hospital general provincial para tratar su retinopatía, puesto que hace menos de un año que perdió la visión. Pero todos se someten a una valoración clínica y sus signos vitales se comprueban dos veces al día, además de aplicárseles el PCR o exudado nasofaríngeo, para detectar un posible contagio.

Un facultativo del policlínico centro permanece desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, participa en la entrega de guardia del equipo saliente al entrante,”con todo el rigor que es posible imaginar”.

Tal vez ese ejercicio de solidaridad reafirme que no están descaminados quienes sustentan el criterio de que la familia, célula principal de la sociedad, no siempre desempeña el papel que le corresponde en el cuidado y manutención de los ancianos y ancianas, quienes para 2050 constituirán más de la tercera parte de la población de la nación.

Para entonces a los deambulantes se les garantizará también hogares de ancianos, casas de abuelos, pensiones y otros privilegios que constituyen una quimera en países más ricos, donde aún sufren los sinsabores de una vejez insegura estos seres humanos, en los cuales, antes que su cuerpo, es la mente la primera en vagabundear.

Ojalá que el resultado ocurra con la intervención estatal mínima, lo que sería prueba de que después de los 60, en la mitad del siglo XXI, los que dieron todo por sus seres allegados, desde los hijos hasta los nietos, fueron reciprocados y disfrutan el roce, el olor y hasta las desavenencias naturales en la familia, ese bien preciado e insustituible y cuya pérdida no pocas veces es causa directa de "deambulancia".

Del resto se encargaría, en segunda instancia y de ser necesario, el Estado.

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