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Este primero de junio, un S.O.S. por las niñas y los niños

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 El SARS-CoV-2 ha añadido otra cuenta al rosario de calamidades que sufren millones y millones de niños en el mundo, y no solo por la posibilidad de enfermar, real y más que probada, aunque al inicio creyésemos la COVID-19 reservada a los adultos mayores.

Hoy sabemos que el nuevo coronavirus no hace salvedades ni distingos. Dispara a ciegas. Acá mismo -para no salir de casa-, entre los casos confirmados suman 224 hasta el 28 de mayo, incluidos bebés. E, igual que en Cuba, pasa en todas partes. Lejos de “librar”, los niños están, de muchas maneras, en el vórtice de la pandemia.

Henrietta Fore, directora ejecutiva del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), ha sido muy clara en su llamado a la comunidad internacional a garantizar durante la actual crisis sanitaria la salvaguarda de este grupo especialmente vulnerable.

Del dicho al hecho va mucho trecho, y resulta difícil de creer que en medio de tamaña contingencia pueda hacerse realidad lo que desde quién sabe cuándo ha sido para la mayoría de los gobiernos “asignatura” pendiente, meta siempre postergada, por falta de voluntad política o porque los apremios del ahora impiden ocuparse del después e invertir en esa promesa de futuro que es todo niño.

La señora Fore menciona prioridades: buena alimentación, agua, higiene, educación, un entorno adecuado, apoyo a la familia, servicios de salud que los protejan de esta y de enfermedades bien conocidas y perfectamente prevenibles y curables…

¡Qué bueno sería! Eso y más quisiéramos para cada niña y niño del planeta, pero el curso de los acontecimientos y el desastre económico en marcha hacen prever justo lo contrario, de modo que con más de lo mismo, igual o quizá peor, amanecerá el mundo este primero de junio, cuando muchos países -Cuba incluida- celebran el Día Internacional de la Infancia.

Cientos de menores palestinos continuarán presos en cárceles del régimen sionista; enjaulados, hacinados, separados de sus padres y expuestos a enfermedades y todo tipo de abusos seguirán los niños inmigrantes detenidos en Estados Unidos. Y continuarán la pobreza extrema, los desplazamientos forzados, la explotación infantil; y seguirán matando las bombas, los bloqueos, el hambre, la insalubridad, el trabajo esclavo, las drogas, el desamparo y tantas otras iniquidades.

Mil veces peor que la pandemia es el drama de una infancia arrebatada, cercenada o negada sin piedad a cientos de millones de seres humanos víctimas de la maldad, el egoísmo, la insensatez, la codicia, la barbarie y otros “virus” infinitamente más letales que el que ahora invade al mundo.

A salvo de ese infierno nos sentimos en Cuba. El largo aplauso que recorrió el archipiélago al saberse la noticia de la recuperación de Dilan, primer niño cubano positivo a la COVID, fue una ofrenda de gratitud a cuantos contribuyeron a sanar al pequeñín granmense de 18 meses de nacido, a los trabajadores todos de la Salud y a la obra de infinito amor, justicia y respeto, conquistada y defendida por la Revolución para quienes son la esperanza.

Sí, vivimos orgullosos de lo que hemos construido para nuestros niños y niñas y de lo hecho para salvaguardar esa edad de oro que es la infancia. Legítimo es el orgullo, sobre todo si atendemos a lo que sucede en este mundo de locos, terriblemente cruel, desigual, injusto.

Pero, cuidado, que la satisfacción no nos lleve a la complacencia fatua, porque sabemos que no todo está bien y que, incluso, mucho hay que puede y precisa hacerse todavía mejor.

Los protagonistas de Havanastation y Conducta no son pura ficción, simples personajes de película. Como ellos, niños hay en la Cuba de hoy que nacen y crecen en franca desventaja y para los cuales estos meses deben haber resultado extremadamente duros.

¿Y cómo se las estarán arreglando esos padres que hasta hace poco enviaban al niño después de clases a una “escuelita”, no porque necesitara del repaso, sino para que otro lo cuidara, entretuviera y ayudara con las tareas, mientras ellos adelantaban las faenas en el hogar o se relajaban luego de un día estresante?

Ojalá el ¡Quédate en casa! haya servido a unos cuantos para poner en orden sus prioridades y olvidarse un poco de las urgencias de la cotidianidad, que dejan cada vez menos tiempo real para la familia y la educación y comunicación afectiva padres-hijos, que en definitiva es lo verdaderamente importante.

Ojalá, también, esto sea para muchos un punto de inflexión, que los haga modificar pautas de crianza totalmente desatinadas, como la autoridad o tolerancia excesivas, el mal manejo de situaciones, la negligencia y la desatención, cuando no el abandono.

Qué no daría porque, como el rabo de nube de la canción, la COVID se llevara lo feo, pero ahí están las familias disfuncionales, fenómenos como el alcoholismo, la prostitución, la delincuencia o como la violencia doméstica -con sus disímiles formas de expresión, daños y secuelas-, que repercuten en los niños o de los cuales son sus principales víctimas.

Celebremos, sí, aunque sea virtualmente, este primero de junio, que razones tiene para la alegría un pueblo capaz hasta de mover montañas por ellos, pero reflexionemos también y esforcémonos más, para proporcionarles la mayor suma de felicidad posible a todos, absolutamente a todos, este lunes y cada día de su infancia. 

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