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La ruta funeraria de Martí hacia la inmortalidad

 

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El coronel José Ximénez de Sandoval, jefe español en el combate de Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, al percatarse de que tenía en su poder el cadáver de José Martí veló porque el “presidente de los mambises” no fuera rescatado y bajo un fuerte aguacero emprendió la marcha hacia un fortín con telégrafo en el poblado de Remanganaguas para comunicar la noticia al mando superior y ganarse la notoriedad por la hazaña.

De esa forma, más de 600 soldados hispanos acompañaron en su ruta funeraria al Delegado del Partido Revolucionario Cubano, que tendría una parada el 20 de mayo en el cementerio del citado poblado, donde le dieron sepultura en un terreno anegado en agua junto a un sargento español muerto también en la acción.

La noticia de la muerte de Martí se regó como pólvora, no obstante, el capitán general de la Isla indicó que se comprobara fehacientemente la información y desde Santiago de Cuba fue enviado a Remanganaguas el doctor Pablo Aurelio Valencia Forns para que practicara una autopsia a los restos mortales, que para ese fin fueron desenterrados el 23 de mayo.

Según testimonios de la época, el médico describió los rasgos físicos de Martí, su vestimenta y precisó que tenía una escarapela con los colores de la bandera cubana, un libro muy pequeño manuscrito con letras del Padre de la Patria y en el dedo de la mano una sortija, en la que se leía la palabra "Cuba".

De acuerdo con los alegatos de los propios españoles, el Héroe Nacional cubano fue despojado de sus pertenencias y de 500 pesos, que fueron consumidos por la tropa en tabaco y ron como parte de la celebración por su muerte.

Para trasladar el cadáver del Apóstol hasta Santiago de Cuba mandaron a hacer un tosco ataúd de cedro y emprendieron la marcha con un fuerte contingente reforzado para impedir cualquier intento de rescate de los restos del Delegado del Partido Revolucionario Cubano.

Durante las paradas en cuarteles y pueblos el féretro fue exhibido en lugares públicos y en ocasiones vejado por traidores y españoles por igual, pero también esos actos levantaron protestas del pueblo humilde que provocó su posterior custodia dentro de los cuarteles militares, como ocurrió en Palma Soriano.

El 27 de mayo llegó el cortejo a Santiago de Cuba por vía férrea desde el pueblo de San Luís, y Martí tuvo entonces su segunda sepultura, en la cual participaron militares hispanos y unos pocos cubanos, en el nicho 134 de la galería sur del cementerio de Santa Ifigenia.

Después de finalizada la Guerra Necesaria se organizó una comisión de patriotas para erigir una tumba digna al Maestro, integrada entre otros por Emilio Bacardí y el general Rafael Portuondo Tamayo. El 24 de febrero de 1907 quedó inaugurado un sencillo monumento en el que aparecían lápidas con pensamientos.

Cuarenta años después, en 1946, las autoridades de la época convocaron un concurso para la edificación del mausoleo definitivo para el Apóstol y por cuarta vez se trasladaron sus restos, esta vez al Castillo de los generales o el Retablo de los Héroes en 1947, en el propio Cementerio de Santa Efigenia.

Al quedar terminado el actual mausoleo fueron exhumados los restos de Martí y llevados a la sede del Gobierno provincial para iniciar los honores durante el quinto entierro que se efectuaría el 30 de junio, esta vez definitivo.

A esa ceremonia asistieron el presidente de la república, Carlos Prío Socarrás, representantes de los veteranos de las guerras de independencia, del cuerpo diplomático, masones, personalidades de la cultura y el pueblo en general.

De los 18 proyectos presentados para el mausoleo martiano se seleccionó la obra del arquitecto Joaquín Benavent y el escultor Mario Santi, cargado de simbolismos y referencias a la vida y obra del más universal de los cubanos y que se sufragaría con una colecta popular,

El monumento tiene forma hexagonal en correspondencia con las 6 provincias en que entonces estaba dividida la Isla y en el interior se reproducen el emblema patrio y los escudos de las naciones americanas.

Las piedras de Jaimanitas, profusamente utilizadas para la obra, refieren el occidente del país donde nació el Apóstol, los mármoles de la Isla de la Juventud perpetúan su cautiverio y monolitos lo hacen de algunos campamentos martianos desde su desembarco por Playitas de Cajobabo.

Sobre la tumba del más grande de los cubanos, siempre con flores y cobijada con la bandera cubana, se posa un rayo de sol, tal como prefiguró en sus conocidos versos: Yo quiero,/ cuando me muera,/ sin patria, pero sin amo,/ tener en mi tumba un ramo/ de flores y una bandera.

No me pongan en lo oscuro a morir como un traidor: ¡Yo soy bueno,/ y como bueno,/ /moriré de cara al sol!
 

 

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