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Indigna que estemos en el banquillo de los acusados

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La noticia de que Estados Unidos incluyó a Cuba entre los países negados a colaborar en la lucha contra el terrorismo no asombra a quienes viven en la Isla, pero sí indigna porque desde enero de 1959 la Revolución extiende su mano amiga por la paz y la solidaridad entre los pueblos.

Vergüenza debiera darle a la administración de Donald Trump decir que Cuba no coopera en la lucha contra esas acciones criminales cuando el Departamento de Estado y el Gobierno de los Estados Unidos, lamentablemente, han optado por silenciar el ataque con arma de fuego contra la embajada de los cubanos en ese país el pasado día 30 de abril a las dos y cinco de la madrugada.

No se han pronunciado públicamente para condenar este hecho, que es clara evidencia de una política oficial de instigación al odio y a la violencia contra una nación decidida a construir su propio camino.

El ejemplo de los médicos cubanos que laboran en varias partes del planeta llevando vida y no muerte, es lo que verdaderamente molesta a quienes volvieron a poner el nombre de la Mayor de las Antillas en ese listado, que debieran encabezar ellos por ser los verdaderos terroristas y patrocinadores de asesinos.

Ciego de Ávila, provincia del centro del territorio nacional, ha sido blanco de acciones criminales pagadas desde Estados Unidos, entre ellas un incendio el 11 de abril de 1961 en los cañaverales del central Stewart, en el municipio de Venezuela, para propiciar al enemigo la entrada por Playa Girón.

De ese vandálico acontecimiento, ejecutado por la contrarrevolución, resultaron muertos los obreros agrícolas Eduardo Hargla y José María Clomá, de procedencia haitiana, y Santiago González Linares y Rogelio Pena Simón, cubanos, que intentaban sofocar la quema de un campo de caña producida con fósforo vivo.

En ese primer sabotaje, dos días antes del incendio a la tienda El Encanto en la capital cubana, el enemigo quemó cinco millones 554 mil arrobas de caña, que no se pudieron aprovechar al máximo.

Otro momento de terror vivido por los avileños fue el ocurrido en la madrugada del 15 de agosto de 1963, cuando una avioneta entró con las luces apagadas procedente del Norte y pasó sobre el poblado del actual municipio de Bolivia, a unos 300-400 metros del ingenio, para soltar dos bombas.

La primera fue lanzada sobre el barrio conocido como Vallina, pero por suerte explotó en un platanal; y la segunda, que no estalló, se dejó caer en el asentamiento poblacional Sao de Palmas donde, según testimonios, se sintió algo que venía silbando, y luego un fuerte impacto con el cual se estremeció la tierra a unos tres metros de la pared de una de las casas.

El odio declarado de las sucesivas administraciones de EE.UU. hacia todo lo que el Estado cubano haga en favor de su desarrollo llegó también en 1994 hasta el naciente polo turístico Jardines del Rey, en el norte avileño.

Allí el 11 de marzo de ese año una lancha procedente de ese país, tripulada por terroristas de la organización contrarrevolucionaria cubano-estadounidense Alpha 66, efectuó disparos con una ametralladora calibre 50, contra el hotel Guitart-Cayo Coco, instalación que volvió a recibir otro ataque pirata siete meses después -el 10 de octubre- y el 20 de mayo de 1995.

Y no fue casualidad ametrallar ese hospedaje, hoy con el nombre de Iberostar Colonial, pues era la primera construida en esa área e inaugurada cuatro meses antes por el Comandante en Jefe Fidel Castro.

Hoy Jardines del Rey, formado por los cayos Coco, Guillermo, Paredón Grande y Antón Chico, cuenta con más de ocho mil 640 habitaciones en explotación, distribuidas en 22 establecimientos de alojamiento, de ellas 18 hoteles. Cuba crece y se desarrolla a pesar de la mano asesina movida por el imperio.

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