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Excarcelación de los Moncadistas: victoria del pueblo

 

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El 15 de mayo de 1955, el joven abogado Fidel Castro y sus más cercanos compañeros de lucha fueron liberados del Presidio Modelo de Isla de Pinos, tras una intensa batalla popular que arrancó esa victoria al tirano Fulgencio Batista, por entonces en planes de perpetuarse en el poder mediante elecciones amañadas.

Aun desde la prisión, donde había permanecido aislado por mucho tiempo, el líder revolucionario emitió orientaciones para lograr el despliegue a favor de la Ley de Amnistía, un movimiento que había nacido por iniciativa del Comité de Familiares Pro Amnistía de los Presos Políticos.

Para ello las progenitoras de varios combatientes de los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, el 26 de julio de 1953, habían firmado antes la Carta de las Madres de toda Cuba, en momentos en que el dictador, mediante medidas cosméticas, más publicitarias que otra cosa, intentaba cambiar su imagen y allanarse el camino a la reelección.

La lucha por la liberación tuvo acciones y movilizaciones decisivas, hasta la azarosa liberación de Fidel y los demás Moncadistas, en la ciudad de Nueva Gerona, capital de la antigua Isla de Pinos ( hoy Isla de la Juventud), desde el hogar de la familia del prisionero Jesús Montané Oropesa y en La Habana, en la barriada de Poey, en la casa del asaltante Juan Almeida Bosque. Sus madres habían sido firmantes de la connotada misiva y seguían luchando.

Pero Fidel Castro se dio cuenta de que la iniciativa de las progenitoras podía y debía extenderse a las demás organizaciones revolucionarias del país y no se equivocó. Batista no calculó nunca que su “maquillaje” con fines eleccionarios lo conduciría una situación difícil, un callejón sin salida, que el pueblo convertiría en un revés para él.

No obstante, hizo de todo por, una vez que no pudo echar atrás la ley de Amnistía, tratar de excluir a los Moncadistas y a su líder, del gesto de cacareada bondad que realizaría para lograr en la nación un falso clima de armonía.

Ni las heroicas madres, ni el pueblo, ni el naciente movimiento revolucionario 26 de Julio que ya saldría forjado desde la prisión, por voluntad de los combatientes, transigieron con la manipulación, la falacia y los proyectos criminales que se pusieron en práctica para impedir que la liberación de Fidel y sus compañeros tuviera efecto.

La Amnistía, prevista para principios de mayo, fue demorada ostensiblemente por el dictador y sus acólitos. Y cuando la anunciaron, la confusa redacción del enunciado lógicamente se prestaba a los más sombríos pronósticos sobre la exclusión de los Moncadistas, algo que Batista quería imponer.

No solo los más señalados sectores revolucionarios y la abierta oposición al Gobierno clamaban sin transigir por una Amnistía incondicional. También representantes de sectores tradicionales de la prensa cubana se pusieron de lado del decoro y la justicia. Fue una batalla que estremeció al país.

Poco antes de la demorada liberación, la revista Bohemia publicó la valiente denuncia de que Batista tenía planes concretos de asesinar a Fidel Castro. Se daban datos contundentes y al parecer irrefutables.

Fueron instantes en que una muchedumbre permanente rodeaba el Presidio Modelo, exigiendo se cumpliera la Ley en toda su extensión. El tirano no tuvo otro remedio.

El 15 de mayo, tras la liberación a partir del mediodía, Fidel Castro realizó una conferencia de prensa en un hotel de Nueva Gerona, donde confirmó la decisión de continuar en la lucha por la emancipación de la Patria y anunció la fundación del M-26-7.

Tanto la lucha en favor de la amnistía, como la victoria, habían reverdecido en los cubanos los sucesos del 26 de julio, mediante el cual un puñado de jóvenes valientes, decididos a seguir los pasos y homenajear al Maestro en el año de su centenario, hicieron una carga y una ofrenda por la libertad de Cuba.

La talla política y moral, la ética del bisoño abogado que dirigía a los jóvenes intrépidos, decididos a no claudicar hasta ver libre a su Patria, dio nuevas esperanzas al pueblo humilde cubano.

Los 20 meses que guardaron cautiverio, en duras condiciones, no los había cansado, como dijera el dirigente. Tenían más fuerzas que nunca. Inicialmente, él pensaba quedarse en Cuba, para librar esa batalla.

Pero como ninguna de las promesas de democracia de Batista fueron ciertas, pronto, casi sin mediar nada de tiempo, el tirano echó a sus secuaces y destacamentos armados contra las acciones políticas convocadas por los revolucionarios.

Invitado por José Antonio Echeverría, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, Fidel debía hacer las conclusiones de un acto masivo en la escalinata de la Universidad de La Habana, señalado para el 20 de mayo. Las fuerzas del ejército impidieron desde la tarde el acceso al recinto, al cual le cortaron la corriente eléctrica.

Cuentan que José Antonio, desde la oscuridad impuesta habló por altavoces, denunciado el brutal operativo contra la celebración estudiantil. Los sicarios respondieron con rafagazos de ametralladora, dirigidos al lugar donde estaba la tribuna. Por suerte no murió ninguna persona.

Pero al otro día encontraron el cuerpo de una paloma muerta por la metralla, y por supuesto, abundantes muestras de los disparos en las edificaciones colaterales. Muchos entendieron esto como una señal.

Aquella noche aciaga Batista había cerrado las posibilidades, si es que las hubo, a la paz. Se puso en evidencia entonces que más que nunca el sendero debía ser el de la lucha armada, y así fue. 

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