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Celia Sánchez en la vocación humanista de la Revolución

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A 100 años de su nacimiento -el nueve de mayo de 1920-, Celia Sánchez Manduley renace desde la fidelidad y los sentimientos profundos de un pueblo que aprendió a amarla por su obra libertaria heroica y el humanismo gigante que la caracterizó, inagotable y en estrecha sinergia con las esencias de la Revolución.

De modo que su centenario no puede ser otra cosa que una celebración y un sentido homenaje a la primera mujer combatiente del Ejército Rebelde en las montañas de la Sierra Maestra, cuando se libraba la última guerra emancipadora.

Integró sus filas desde el 23 de abril de 1957, pero antes fue una audaz organizadora de la lucha clandestina en el llano y, a la vez, la sencilla, humilde, sagaz e intrépida mujer que bajo el nombre de Celia Esther de los Desamparados derramó las mieles sanadoras de la solidaridad y del cariño a todo el que lo necesitara, desde muy tierna edad.

Falleció pocos meses antes de cumplir 60 años, el 11 de enero de 1980, una edad que hoy muchos cubanos logran sobrepasar. Se lo impidió a ella el cáncer. Sin embargo, su vida pletórica e intensa la retuvo por siempre en la historia de la Patria. Una vida y una trayectoria a la que se vuelve con gozo y llenos de orgullo.

Nació en el poblado azucarero de Media Luna, uno de los asentamientos más pintorescos del sureste cubano, cerca de las llamadas faldas de la imponente Sierra Maestra. Y en tal entorno creció, oyendo la música de una naturaleza que marcó y ensanchó su alma.

Sus padres fueron el médico rural Manuel Sánchez Silveira y Acacia Manduley, ama de casa, quienes procrearon una familia numerosa y llena de armonía. El doctor Sánchez era un hombre culto, patriota, solidario, valores que inculcó junto a su esposa a toda su progenie.

Ya en su juventud la inquieta Celia era una suerte de ayudante de su padre, en sus recorridos por los campos circundantes. Allí vio y se sensibilizó con la pobreza extrema del campesinado cubano, a quien el médico no cobraba las consultas. Y aprendió con él a fomentar su vocación de contribución al prójimo.

Ella desarrollaba una incesante labor de ayuda y socorro a los más necesitados mediante verbenas y ferias que estimulaba realizar en su entorno. Más tarde comprendió, en la medida en que crecía y maduraba, que la obra caritativa no bastaba, su país reclamaba justicia y cambios radicales.

Vivió los primeros 20 años en Media Luna, más tarde pasó unos 10 en la localidad de Pilón, más agreste todavía, en unión de sus progenitores hasta que pasó a residir con familiares allegados en Manzanillo, de donde procedía su madre.


El golpe de estado de Fulgencio Batista, en 1952, marcó en Celia como en muchos jóvenes patriotas cubanos un momento decisivo de toma de conciencia. En 1953, sube junto a su padre a la cima más alta de la Sierra Maestra, el Pico Turquino, para colocar un busto elaborado por la amiga escultora Gilma Madera, en homenaje al centenario del Apóstol.

Un testimonio escrito por la propia Celia notifica que se incorporó al Movimiento 26 de Julio en 1955, en Manzanillo. Nunca ocupó cargos directivos, sin embargo realizó acciones connotadas.

Las tareas de apoyo al desembarco del Granma tuvieron en Celia Sánchez, al igual que en Frank País, en Santiago de Cuba, los dos pilares fundamentales en el suroriente, por donde se efectuaría el desembarco. Ambos, en coordinación, crearon una red campesina atenta a la llegada de los expedicionarios, para recibirlos y servirles de guía por los intrincados senderos de la Maestra.

Sin embargo, esa red funcionó igualmente eficaz, a pesar de los múltiples avatares del desembarco y los bombardeos del Ejército.

Más adelante, también en coordinación con Frank País, por entonces Jefe Nacional de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio, Celia Sánchez nutrió las filas de combatientes reclutados por el propio Frank desde varios pueblos de Oriente, los recibió cerca de Manzanillo, los escondió en un marabuzal y desde allí los envío por vía segura como refuerzo a la Sierra. Un alijo de armas también iba con ellos.

Con el nombre de Norma –el más usado por ella-, pero también el de Carmen, Liliana, Caridad y Aly trabajó incansablemente en la preparación de importantes envíos y ayuda a los rebeldes. El propio Fidel reconoció en una valoración hecha en los años de lucha que si la causa llegaba a triunfar, los nombres de David (Frank) y Norma estarían escritos de manera connotada por su decisiva contribución a esa etapa.

Ya en la Maestra, su bautizo de fuego ocurrió en la batalla de El Uvero, el 28 de mayo de 1957. Pero fue necesario reforzar el trabajo de apoyo clandestino en la ciudad y pasó de nuevo a la brega, en la base de soporte a la lucha manzanillera.

Perseguida más que nunca tras el vil asesinato de Frank País, en julio de 1957, se ordenó su retorno al Estado Mayor en la serranía.

Allí contribuyó a la creación del pelotón de combatientes Las Marianas, una idea totalmente apoyada por Fidel Castro.

Al triunfo de la Revolución, además de ser una probada combatiente, se había ganado un lugar como persona de total confianza del máximo líder de la Revolución. Y eso habla mucho de sus excepcionales méritos y cualidades humanas.

Entre las múltiples responsabilidades que cumplió figuran las de Secretaria del Consejo de Estado y diputada a la Asamblea Nacional, por Manzanillo. Fue la creadora de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado y miembro del Comité Central del Partido.

Pudo tal vez ser más famosa, más visible y connotada. Pero su naturaleza de auténtica flor silvestre serrana, no se lo permitía. ¿Recuerdan aquello de que “Solo vemos con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”? Parece una máxima hecha para Celia.

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