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Vivencias de una familia cerca de la COVID-19, pero convencida de tiempos mejores

 

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El estrés, la incertidumbre, el temor a que nos diera positivo el PCR realizado tras llegar al Centro de aislamiento de la Cujae -uno de los tantos de La Habana-, la preocupación constante por el estado de salud de mis seres queridos, en particular del hijo varón ingresado con la COVID-19 al adquirirla en su trabajo, y el imperativo de trasmitirle a él serenidad y confianza, han sido en lo personal momentos de mucha angustia en los últimos siete días.

Aquella tarde de intenso calor una simple llamada rompería abruptamente la tranquilidad hogareña, en medio de la cual desde hacía semanas- junto a otros colegas de la ACN- participaba en las versiones de las Mesas Redondas dedicadas al enfrentamiento a la epidemia, y en otras tareas periodísticas.

- Papá, me acaban de informar que la prueba que me hicieron en el “Ameijeiras” dio positiva y, por tanto, ya estoy aislado. De un momento a otro me ingresarán en el Frank País. Cuida bien a mamá, a Manolo (su abuelo, un anciano de 104 años que convive con nosotros y, por suerte, goza de buena salud), a mi hermana y sobrino. ¡Protéjanse bien, coño!

Aunque sus palabras, acompañadas de llanto y desesperación, duraron apenas segundos me parecieron horas. (Emociones tan fuertes como estas pueden tener consecuencias mayores, más cuando padre e hijo padecen de hipertensión arterial).

Entonces intenté controlarlo antes de soltarle la bomba a su madre, quien no podía creer la noticia pues cada tarde, en cuanto Fidelito regresaba del hospital Hermanos Ameijeiras, de cuyo laboratorio clínico es técnico, cumplía todas las medidas posibles de desinfección antes de entrar a la casa, más el lavado de las manos con hipoclorito y de su ropa verde, nasobucos, gorro y demás objetos, dado que laboraba en un escenario de alto riesgo.

El hecho de ser contactos directos suyos, antes que oficialmente nos lo comunicaran, supuso de inmediato comenzar a prepararnos para de un momento a otro los tres (mi esposa, suegro y yo), ser visitados una vez más, ahora por razones bien serias, por la doctora Saraí y Amarilys, la médico y enfermera de la familia, respectivamente, y distanciarnos del barrio.

Sus orientaciones nos dieron mucha tranquilidad en medio de atender a otros funcionarios y de llamadas constantes que hacíamos, o recibíamos, a medida que la desagradable noticia corría como pólvora entre familiares, vecinos, amistades y en espera de que un transporte sanitario nos llevara a algún centro de aislamiento, tal cual está establecido.0405-familia4.jpg

Pero el dolor y la angustia no fueron ápices para que antes de que una gazella nos recogiera, aplaudiéramos -como cada noche a las nueve- a nuestros profesionales de la salud, en cuyas manos depositábamos una vez más total confianza y seguridad.

Mucho amor y dedicación en el Centro de aislamiento de la Cujae

Desafortunadamente no en todas partes las cosas han marchado bien, de ahí el llamado del Presidente cubano Miguel Díaz-Canel de lograr la necesaria organización hospitalaria en las instituciones asistenciales en función del enfrentamiento a la COVID-19, ya sean hospitales, policlínicos, hogares maternos y de ancianos y otras unidades como los centros de aislamientos.
Uno de estos se creó en la Universidad de Ciencias Informáticas, adonde fueron llevados mi hija Yailín, de 35 años, y mi nieto Carlitos, un menor de 13 años.

Ella solicitó a las autoridades sanitarias de su municipio que la internaran con vistas a descartar cualquier sospecha de contagio con su hermano, pero me cuenta que en medio de las atenciones ha faltado organización allí evidenciado, por ejemplo, en que no se les han informado los resultados del PCR a un grupo de pacientes, entre los que se encuentran, aun cuando han transcurrido 72 horas.

Por suerte, desde la desde la misma noche en que mi esposa, suegro y yo llegamos a una desierta Cujae recibimos muestras de cariño y apoyo psicológico de médicos, enfermeras, rehabilitadores, pantristas y demás personal de aseguramiento, atentos a nuestras necesidades o problemas y en particular del estado de salud de Manolo, el paciente de mayor edad en la instalación. Asombrados de verlo sin achaques ni dolor alguno.

Los dormitorios de la Ciudad Universitaria Tecnológica José Antonio Echeverría -supimos después- desde hace semanas acogen a decenas de personas sospechosas por ser contactos directos de contagiados, a quienes cada mañana se les mide la temperatura y presión arterial además de llevárseles a la propia habitación desayuno, almuerzo, comida y tres meriendas en el día, una alimentación variada y bastante aceptable la calidad en su elaboración.

Confortables y ventilados cuartos con camas personales para evitar cualquier propagación del virus, nasobucos, televisor, teléfono fijo, agua casi siempre en el baño y una mesa con sillas, son puestos a disposición de cuantos llegamos allí, y aunque no siempre ha sido posible complacer a todos, se procura que los integrantes de una misma familia estén ubicados juntos, en aras de la privacidad y de que la estancia sea menos tediosa o traumática.

Además de papel sanitario y jabón, se nos entregó un juego de sábanas y de fundas per cápita, cuyo control y cuidado – al igual que el de los restantes medios básicos- forman parte de las tareas cotidianas del personal de apoyo de la instalación, como expresión de que en medio de la batalla por la vida también hay que preservar los recursos que el país pone a disposición de pacientes y trabajadores de la salud.

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Apenas cuatro días estuvimos allí, pues el resultado de la prueba PCR dio negativo a un numeroso grupo de pacientes. En la despedida, cargada de emociones y anécdotas, vimos nuevos rostros, todos contentos por haber vencido una amarga experiencia y entonces fueron varias las ovaciones que dimos a todo el personal que nos atendió, distanciados ellos también de sus familias durante semanas, en su mayoría de los policlínicos de Marianao, y profesores de la propia Cujae y de la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona.

Mas otra preocupación nos invadió hasta hace unas horas: mi hija Yailín, de 35 años y quien por estos días había pasado por nuestra casa, solicitó a las autoridades sanitarias de su municipio que la internaran con su hijo Carlitos -un menor de 13 años- en algún centro de aislamiento, con vistas a descartar cualquier sospecha de contagio con su hermano. Entonces la Universidad de Ciencias Informáticas devino en lo personal otro cercano escenario hasta que este miércoles 29 a ella, al niño y a otras personas ingresadas allí, les informaron que los resultados del PCR dieron negativos y, por tanto, estarían de vuelta a casa.

Mi hijo Fidelito, de 31 años y bajo el cuidado y atenciones del personal del hospital Frank País, hasta ahora solo tiene mareos y dolores de cabeza provocados por los medicamentos (entre estos el interferón).

Tanto él como el resto de la familia estamos muy agradecidos de las numerosas muestras de aliento, apoyo y solidaridad recibidas de seres queridos, amigos, compañeros de trabajo y vecinos en medio del estrés y las lógicas angustias que provocan el mínimo roce -hasta por sospecha- de una epidemia que tiene en velo a toda Cuba, donde por suerte contamos con un Estado que dedica enormes recursos y desvelos en aras de tiempos mejores.

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