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Besos postergados: que la piel no alcance cuando todo acabe (+ Fotos)

 

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Hace 35 días siento que me falta el aire y no precisamente por la afectación directa del virus SARS CoV-2, causante de la COVID-19. A mí, como a muchos otros padres separados del mundo, la dichosa pandemia vino a robarme la libertad de abrazar y besar a mi hija sin miramientos.

La visita a la pequeña Frinet en la etapa anterior al nuevo coronavirus era para mí un ejercicio sistemático, una rutina sencilla de la cual no podía prescindir por más de dos o tres días, con chorro de besos y abrazos incluidos, de caricias y cosquillas de las que casi no me acuerdo.

Antes, había una noche a la semana que era toda de papá, con “revolcadas” en la cama y tanda de animados con Frozen, Macha o Elpidio Valdés, el pomo de leche antes de dormir, el beso de buenas noches.

En esa época, que veo tan lejana pero fue hace poco más de un mes, solíamos pasear por algún parque de diversiones, tomar helado en una cremería, o visitar a los animales del microzoológico para reírnos con las sandeces de los monos y echarles pan a los patos.

Momentos aquellos en los cuales no importaba guardar distancia, ni toser con el ángulo del codo, ni usar nasobuco, ni siquiera permanecer a resguardo en casa y la vida era mejor por el simple hecho de que, al final del día, podía contar con una caricia de mi nena.

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Hace unos días escuché a un trabajador de un punto de venta comentar con sus compañeros la misma idea: “Llevo un mes sin abrazar a la niña”, decía, y en sus ojos húmedos se reflejaban los míos más llorosos todavía, porque la cruda realidad nos golpeaba a ambos.

Ahora paso a verla con mucha menos frecuencia y mucho más espacio, a nosotros nos separan básicamente la responsabilidad y el sentido común, más que las reglas, porque el cuidado a las personas que se quieren no hace falta que nadie nos lo recuerde.

Con siete años y 10 meses Frinet está consciente que no debe salir de casa, ella lo sabe y lo sufre, quizás no tanto como lo hacemos sus familiares más allegados, y solo espera el bendito momento en que la COVID-19 desaparezca para ir a la playa con papi.

En su mente de infante no anidan otras preocupaciones; en la de papá, aún luchan las ansias de cariño contra lo correctamente estipulado, supongo que cuando todo acabe podremos celebrar bien pegaditos y la piel no nos alcance para sembrar los besos postergados.

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