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Lázaro, otra vez desafiando a la muerte

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Confieso que esa vez se me erizó la piel mientras los veía subir al avión, cuando Cuba respondió al llamado de la Organización Mundial de la Salud y envió una brigada del contingente internacional Henry Reeve para ayudar a combatir la epidemia de ébola en África Occidental.

Era 2014 y entre aquellos valientes -de los cuales 18 procedían de la oriental provincia de Granma- iba él; porque entonces, como ahora, la humanidad necesitaba hombres de buena voluntad, de los que aman y construyen.

En ese grupo estoy yo, aseguró, -y le asiste toda razón- mientras a la pregunta de por qué arriesgarse de nuevo, contestó que es su forma de saldar deudas de gratitud con el género humano.

Nos separan más de ocho mil 400 kilómetros surcando el océano Atlántico y seis horas de diferencia en los relojes, por lo cual me resulta extraño desearle buenas noches, cuando en la ciudad de Bayamo apenas vivo las 15:30 de otra calurosa tarde de abril en Cuba.

Acá hemos desafiado el frío intenso y también el idioma, asegura vía messenger en la red social Facebook, donde casi inmediatamente aceptó mi solicitud de amistad y entabló conversación, haciendo gala de sencillez y amabilidad.

Su nombre es Lázaro Alarcón González, enfermero del costero municipio de Media Luna, en Granma, y hoy vuelve a desafiar la muerte como miembro del primer ejército cubano de batas blancas que asiste al pueblo de Lombardía, la región de Italia más afectada por la actual pandemia de la COVID-19.

Tras combatir al virus del Ébola en Liberia, ha vuelto a la carga contra un enemigo similar, aunque en esta ocasión el SARS-CoV-2 logra expandirse por casi todo el planeta demostrándonos que tragedia, dolor, precariedad de sistemas sanitarios y fragilidad de sociedades no son privativos de la pobreza, la marginalidad o el llamado Tercer Mundo.

Son varias las interrogantes planteadas -como guía para una inusual entrevista- en tanto pido que conteste poco a poco, pues se siente algo de vergüenza al restarle tiempo de su descanso o comunicación con la familia; pero él no parece enterarse: "Y por qué me pones tan viejo, no, no me trates de usted".

Mira, recibimos la preparación de los especialistas del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kouri, en La Habana, y solo resta ponerla en práctica, sobre todas las cosas con mucha disciplina y entrega. Ello nos conducirá a cumplir bien nuestra misión, afirmó.

Personalmente –dijo- llevaré la experiencia de compartir aquí, de tú a tú, con los colegas italianos.

El trabajo es semejante al de allá (Cuba) pero hemos tenido que adecuarlo a las necesidades de los pacientes y según los protocolos de actuación del sistema de salud acá.

Desde su organización nuestra brigada funciona como una familia, entre todos nos cuidamos y cada cual se preocupa por los demás: qué tal te fue hoy, la comunicación con los seres queridos y otros detalles. Así es el andar cotidiano.

Avanza el diálogo llano entre coterráneos, y junto a preguntas y respuestas hay espacio, además, para hablar de un conocido o reparar en la coincidencia de que nuestros hijos cumplen años en el mismo mes.

Imagínate cuánto extraño a la familia, dejé atrás a mis viejitos de 89 y 88 primaveras, esposa, hijos y demás parientes, y especialmente a mi bebé más pequeño, quien este 29 de mayo cumplirá tres añitos. Sólo el deber y la humanidad me separarían de ellos.

- ¿Y tienes confianza en su bienestar en Cuba?

- ¡Sí, claro! Sé que sobrellevarán la ausencia porque son conscientes de la importancia de mi labor. También ya están acostumbrados, porque no es la primera vez, y pienso que tampoco será la última.

- Tu mensaje para los cubanos.

"Un abrazo a mi pueblo de Cuba desde Lombardía. A todos, a los granmenses y de manera especial a los medialuneros, que una vez más este hijo suyo no los defraudará. Me cuidaré y regresaré vivo y sano, con la satisfacción del deber cumplido".

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