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Inmortalidad de Guillermón Moncada

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El cinco de abril de 1895 murió víctima de la tuberculosis el Mayor General José Guillermo Moncada Veranes, en un campamento mambí cerca de Alto Songo, en la región oriental de Cuba.

Este día acabó la leyenda terrenal, pero se consolidó la inmortalidad del insurrecto mambí, uno de los combatientes más extraordinarios de nuestra historia, participante en las tres guerras de independencia.

Hijo de un esclavo liberto con una negra, nació el 25 de junio de 1841 y aprendió solo los rudimentos de la educación, y a fuerza de valentía e inteligencia ascendió en la Guerra de los Diez Años de Cabo a General de Brigada en 1878.

Por su prestancia, alta estatura, porte y fuerte complexión física era llamado por sus compañeros de armas Guillermón, quien no tenía rival en la esgrima del machete aprendida en años de duro bregar como campesino y uso como arma en el campo de batalla, donde derrotó a varios reputados oficiales españoles.

En 1871, en la región de Baracoa-Guantánamo se desempeñaba como jefe de guerrilleros al servicio de España el sanguinario Miguel Pérez Céspedes, cubano de ascendencia aborigen, antiguo rancheador y terrible adversario con decenas de muertos, por igual hombres, mujeres o niños que encontrara en la manigua.

Máximo Gómez escogió al entonces comandante Moncada y le ordenó que encontrara a Pérez Céspedes y sus hombres y los liquidara. Según recoge la tradición oral, se cuenta que el mambí contestó una nota del indio de Yateras, en la cual lo retaba a duelo con memorables palabras.

Guillermón le dijo en la respuesta: “Por dicha mía se aproxima la hora en que mediremos nuestras armas. No me jacto de nada; pero le prometo que mi brazo y mi corazón de cubano tienen fe en la victoria.

Y siento que un hermano extraviado me brinde la triste oportunidad de quitarle el filo a mi machete. Mas, porque Cuba sea libre, hasta el mismo mal, es bien.”

Recogen las versiones de la época que el encuentro se realizó en las lomas de Peladero, en la región guantanamera, y culminó como había asegurado Moncada, y desde entonces se recuerda aquel duelo como el más célebre de toda la guerra.

Pero a Guillermón también se le puede aplicar la referencia que hizo José Martí de Antonio Maceo, de quien dijo “tenía tanta fuerza en la mente como en el brazo”.

Porque, a la par de su capacidad militar y valentía sin límites, se mantuvo fiel al ideal independentista, rechazó el Pacto del Zanjón y estuvo junto a Maceo en la histórica Protesta de Baraguá y solo depuso las armas cuando era imposible continuar la lucha.

Durante la Tregua Fecunda participó en todo el plan conspirativo de la época y se alzó en armas en la Guerra Chiquita en 1879, como jefe del centro y el sur de la región oriental designado con el grado de Mayor General por el jefe de la nueva contienda, el General Calixto García y se mantuvo en el campo de batalla hasta junio, cuando capituló.

Después de embarcar hacia Jamaica, los españoles lo apresaron en alta mar y lo enviaron a cárceles colonialistas en Puerto Rico y España, y solo lo amnistiaron en 1886.

A su regreso a Santiago de Cuba ese año se implicó también con los preparativos del plan insurreccional de Gómez y Maceo.

Por su constante actitud rebelde fue detenido en diciembre 1893 y recluido en el Cuartel Reina Mercedes de Santiago de Cuba hasta mediados de 1894, de donde salió enfermo de tuberculosis, resentida ya su salud por años de reclusión en cárceles colonialistas.

Acudió al llamado de José Martí de la Guerra Necesaria de 1895. Fue designado jefe de la provincia oriental y resultó uno de los primeros en alzarse en la región el 24 de febrero, a pesar de encontrarse gravemente enfermo, lo que no le impidió cumplir su deber con la Patria.

Consumió sus últimas fuerzas en dejar organizada su sucesión y reunió a su Estado Mayor para dejar al mando al Mayor General Bartolomé Masó y al coronel Victoriano Garzón.

Falleció poco después en un campamento mambí cerca de Alto Songo, en la región oriental del archipiélago cubano.

Durante la seudorrepública su memoria fue ultrajada por las instituciones castrenses al nombrar Moncada a la segunda fortaleza del país en Santiago de Cuba, centro de represión y asesinatos, que los jóvenes del Centenario atacaron el 26 de julio de 1953, y la Revolución convirtió después en Centro Escolar.

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