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Cuando pase la pandemia

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Cuando pase la pandemia del nuevo coronavirus y la humanidad se recupere, conoceremos con exactitud las bajas que causó entre artistas, músicos, cineastas, diseñadores, deportistas, exitosos empresarios y personalidades de la política o las ciencias, pues nadie es inmune.

Ni los millones acumulados, ni la fama conseguida han bastado para proteger a algunos, tampoco la edad, pues la mortal enfermedad ha sumado a su lista a niños y jóvenes, aunque los mayores estragos se registren entre los ancianos.

Ya se divulgan lamentables ausencias por esa causa como las de Lorenzo Sanz, expresidente del Real Madrid; la actriz italiana Lucía Bosé, Carlos Falcó, Marqués de Griñón, Manu Dibango, patriarca del jazz africano; y Vittorio Gregotti, arquitecto del Estadio Olímpico Lluis Companys, por sólo mencionar a algunos.

Mientras, otros muchos dan a conocer en las redes y los medios cómo se mantienen en aislamiento después de resultar positivos a la prueba de la COVID-19, entre ellos Primeras Damas, artistas relevantes y futbolistas famosos.

Ni siquiera el personal de la salud, con sus héroes anónimos consagrados a luchar a tiempo completo por arrebatarle vidas a la muerte, ha escapado del contagio y son varios los médicos y enfermeras de casi todos los países que han perdido la batalla.

Sin embargo, nunca podremos conocer la totalidad de las víctimas, esas que hoy se cuentan por miles y representan sólo un número en las estadísticas de cada día, sin que nadie se detenga en su nombre, en su historia, en la ausencia que deja en su familia la falta de un abuelo, un hijo, un hermano o un amigo.

Suben tan exponencialmente los fallecidos en el mundo en cada jornada que casi nos acostumbramos a la información, pensando que eso ocurre lejos y no nos alcanzará, pero no puede haber pensamiento más errado, pues a estas alturas ya nadie está seguro en ningún lugar del planeta.

La pandemia del coronavirus nos está dejando importantes enseñanzas que no deberían caer en saco roto.

Algunas son muy evidentes, como la importancia del Estado y su superioridad frente al mercado para garantizar derechos básicos como la salud, la confirmación de que ni el egoísmo ni el culpar a otros pueden salvarnos, por el contrario, solo la solidaridad mundial y la responsabilidad compartida lograrán frenar su desenfrenado avance.

Hoy luchamos por la supervivencia, obligados a aislarnos, a detener la carrera diaria y el contacto con los seres que amamos, cambiando los “te quiero” por “quédate en casa” o “lávate las manos” .

Por eso, cuando la pandemia pase, ojalá hayamos aprendido la lección y todo tenga más sentido: las caricias sean más valoradas y el sólo hecho de encontrarnos y sabernos sobrevivientes sea la mejor de las fiestas, el más grande de los regalos.

Ojalá cuando ese día llegue entendamos que lo verdaderamente importante no tiene precio, que el amor no debe dejarse para mañana y que cada amanecer es un milagro.

Ojalá, cuando pase la pandemia, seamos mejores personas.

 

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