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El violento tránsito del joven Martí a la adultez

0-02-jose-marti.jpgEl mazo del teniente coronel español Francisco Ramírez y Martín sonó fuerte y el golpe fue multiplicado por el eco de la sala donde se iniciaba el juicio contra seis adolescentes cubanos, aquel cuatro de marzo de 1870.

José Martí y Pérez y su amigo Fermín Valdés Domínguez, con sólo 17 años ambos, eran dos de los comparecientes ante el tribunal militar constituido en La Habana.

Ambos jóvenes enfrentaban cargos de infidencia y amenazas por la carta condenatoria remitida a un condiscípulo nombrado Carlos de Castro y de Castro, que se había alistado en el Cuerpo de Voluntarios capitalino.

En la misiva, Martí y su amigo Fermín le calificaban de apóstata y le recordaban que en la antigüedad, tal falta se condenaba con la muerte.

Durante el singular proceso, lejos de amedrentarse ante la presencia del juez y la solemnidad de la sala, fuertemente custodiada por soldados españoles, los acusados mostraron una firmeza merecedora del asombro de los presentes. Particularmente Martí defendió con calor sus ideas y sostuvo firmemente que era el único autor de la misiva.

El 22 de marzo Ramírez Martín, repuesto del asombro, dictó sentencia de seis años de trabajos forzados contra Martí, que debía cumplir en la Cárcel Nacional citadina; seis meses de arresto mayor para Valdés Domínguez, quien sería recluido en La Cabaña; y destierro para Eusebio Valdés Domínguez, un hermano de Fermín, y también para Atanasio Fortier, un amigo de éste, en tanto otros dos jóvenes juzgados: Santiago Balbín y Manuel Sellén, quedaron en libertad.
Tras el fallo del tribunal, el adolescente Martí enfrentaría una ominosa cadena de acciones carcelarias preparatorias.

El cuatro de abril sería trasladado al Presidio Departamental y al día siguiente le raparon la cabeza, le impusieron un caluroso y tosco traje de presidiario y le ciñeron a la cintura una gruesa cadena que bajaba hasta su pie derecho y allí se unía, con gruesos remaches, a unos grilletes que a la postre dejarían en su piel una huella luego perdurable por toda su vida. Asimismo le asignaron el número 113, con lo cual le despojaron de su identidad, toda vez que en lo adelante, esa cifra sería su único apelativo.

Muchos de los habaneros en ese año de 1870, podían observar la larga fila de presos que diariamente salía desde la instalación carcelaria y entre el escalofriante ruido de los grilletes, se dirigían hasta el tortuoso camino de la costa habanera. No sospechaban que entre tales reclusos marchaba quien poco más de 25 años más tarde, se convertiría en el Apóstol de la independencia de Cuba.

Como integrante de la Primera Brigada de Blancos, a la cual fue asignado, el indoblegable joven marchaba más de dos kilómetros desde el centro de la urbe de entonces, hasta las Canteras de San Lázaro, ubicadas en un agreste paraje.

Del sitio se conservan hoy unos reducidos restos en la Fragua Martiana, situada en la barriada de Cayo Hueso, de la actual capital cubana.

El pesado laboreo de la piqueta sobre la roca, a pleno sol o a veces bajo intensa lluvia, el acarreo de grandes cargas de rocas en subida o en bajada por empinados caminos y el roce de los grilletes sobre su joven piel, muy pronto comenzaron a resentir la salud de Pepe.

Sus ojos de adolescente fueron testigos de los abusos injustificados de los carceleros españoles sobre la población penal sin tener en cuenta edades, como ocurría con Lino Figueredo- 12 años-, recluido en prisión por el único delito de su parentesco con Perucho Figueredo, autor de la letra y la melodía del Himno Nacional cubano. A éste, los malos tratos le tenían al borde de la muerte.

Los suicidios de hombres que no resistieron los crueles castigos y condiciones de vida, los lamentos de los enfermos obligados a trabajar pese a ello y otras atrocidades, fueron templando la mente y madurando al joven Martí a la vez que reforzando su vocación independentista.

Bajo el indecible malestar de su sensibilidad humana y principios lacerados ante tantos horrores, escribió “El Presidio Político en Cuba”, obra que devino testimonio desgarrador y una contundente acusación al colonialismo ibérico, como ninguna otra conocida.

Pero no se percibió desmayo o duda alguna en el inclaudicable adolescente durante los siete largos meses de cautiverio bajo los rigores carcelarios, que tuvieron su fin gracias a las gestiones familiares con influyentes personajes de la sociedad habanera, como el hacendado José María Sardá, amigo de su familia, quien logró su traslado primero a la Fortaleza de La Cabaña y posteriormente a la hacienda El Abra, en Isla de Pinos, de su propiedad.

En enero de 1871 Martí fue finalmente deportado a España. El joven que entonces salió de Cuba era ya muy distinto al adolescente que entró a la prisión sólo unos meses antes. La semilla del independentismo, basado en el profundo amor a su patria, le había transformado en poderoso árbol, en un adulto más convencido y decidido que nunca, pronto a transformarse en el prócer independentista que luego conoció el mundo.

Como parte de los trámites carcelarios iniciales, Martí fue fotografiado para conformar su expediente de recluso.

El se las ingenió para obtener dos copias de la instantánea, una de las cuales remitió a su madre con hermosísima y muy conocida dedicatoria, y la otra a su entrañable amigo Fermín Valdés Domínguez y se la dedicó con esta estrofa ilustrativa de su indestructible determinación de rebeldía:

Hermano de dolor, —no mires nunca
En mí al esclavo que cobarde llora; —
Ve la imagen robusta de mi alma
Y la página bella de mi historia.

Se cumplen 150 años del momento en que la tozudez colonialista española comenzó el proceso judicial contra José Martí adolescente y así, sin proponérselo, inició el milagro de forzar el tránsito de la niñez a la adultez, de tan excepcional patriota.

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