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Félix Varela o el gozo por la praxis y la búsqueda de la verdad

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Todavía hoy resulta insustituible la tan mentada frase de José de la Luz y Caballero que define a Félix Varela como el primero que enseñó a pensar a los cubanos, pues en verdad no hay otra mejor, por su síntesis y claridad, para valorar el trascendental aporte del sacerdote y pedagogo al ideario y a la conciencia nacional, en fragua todavía en su época.

Félix Varela, nacido en La Habana en el seno de una familia pudiente el 20 de noviembre de 1788, murió el 25 de febrero de 1853 en la localidad de San Agustín de La Florida, Estados Unidos.

Su deceso ocurrió tras años de un destierro, doloroso pero igualmente fecundo debido a su notabilísima personalidad, al que lo había llevado el colonialismo español por su ingente actividad a favor de libertades para su tierra de origen, inadmisibles para la Corona.

Sacerdote católico, pedagogo, filósofo, escritor, investigador científico y político, su mentalidad de hombre del Renacimiento y del Iluminismo se desarrolló en una Habana aherrojada por el poder colonial y en un país en el cual sus nativos no eran llamados cubanos, sino criollos .

No es menos cierto que a esa urbe portuaria y cosmopolita habían llegado los frescos reflujos de la Revolución francesa y de las corrientes iluministas que encandilaban o generaban efervescencia en los espacios adyacentes a predios estudiantiles y académicos.

Pero en los claustros de enseñanza y en la universidad criolla imperaba el sistema escolástico de la enseñanza, ajeno a los cambios y a la dinámica que ya pujaban por ser admitidos.

Quiso la vida que el profesor del Seminario de San Carlos y San Ambrosio que ya era el inquieto y estudioso Félix desde los 24 años, fuera el agente revolucionario y precursor que agilizó la puesta en marcha y visualización de esa necesidad de la historia.

Muy temprano sintió la vocación religiosa que lo hizo asumir por propia voluntad estudios sacerdotales, luego de declinar la carrera militar elegida por su familia.

En su adolescencia llevó a la par los estudios teológicos junto a los contenidos de una carrera humanística de la que se graduó también en la Universidad cubana.

Fue fundador de la primera Sociedad Filarmónica de La Habana, escribía obras de teatro de contenido filosófico que fueron representadas, artículos de la misma temática y colaboró con la actividad de la Sociedad Económica de Amigos del País.

Hizo aportes para mejorar la epidemiología, un área en pañales en la salud pública colonial.

Tanto en el Seminario de Carlos, donde, además, fundó la primera cátedra de Derecho de América Latina, como en la Universidad de La Habana, sus innovadores métodos pedagógicos le hicieron cobrar gran fama y hasta popularidad entre el estudiantado.

Es leyenda que sus clases se abarrotaban de jóvenes, que incluso miraban desde fuera del recinto, parados ante puertas y ventanas.

No podía trabajar en los claustros por donde pasó, si no se apoyaba en los laboratorios de física y química que él mismo instalaba y su tasa evaluadora de los conocimientos preconizaban el análisis y la razón, y no la memorización en carrilera que imperaba en la época, santificada por la escolástica.

En 1822 Varela fue designado como representante de la nación, junto a otras personalidades, ante las Cortes españolas, para lo cual debió trasladarse a Madrid.

Fue el tiempo en que solicitó a España la concesión de un gobierno económico y político que permitiera el desarrollo de su Provincia de ultramar, manifestó su oposición a la esclavitud en Cuba, teniendo en cuenta los intereses de parte de los habitantes, y pidió el reconocimiento a las repúblicas iberoamericanas ya independientes.

El gobierno absolutista de Fernando VII calificó de infidencia tales ideas librepensadoras y lo condenó a muerte. Pudo escapar, por suerte, de esa terrible decisión, y viajar a Gibraltar, desde donde se dirigió a Estados Unidos, nación en la cual se radicó durante el resto de su existencia.

Durante su estancia en ese país este sabio fuera de serie estableció muy buenos nexos con el arzobispado de Nueva York, enclave en el que también trabajó con gran reconocimiento en los predios académicos. En una de sus temporales estancias en la localidad sureña de San Agustín, la cual visitaba buscando mejoría para sus problemas pulmonares, falleció a los 64 años.

Sus restos pudieron llegar a su isla amada al cabo de muchos años y se veneran en una cripta empotrada en uno de los muros del Aula Magna de la Universidad de La Habana.

Buscando la vida y el aporte creador de Varela se encuentra que no exageran nada los que aseguran que los basamentos de la historia, con los hechos emancipadores y libertarios incluidos, y de la cultura cubana en general, germinaron a partir de las semillas plantadas por el trascedente sabio cubano.

Una mirada más atenta merece el hombre que se entregó con tanto gozo a la experimentación, a las dudas gnoseológicas y científicas y a derribar muros. Al ser de pensamiento justo, libre, emancipador, buscador apasionado de la verdad donde creyó que estaba… ¿En la fe? ¿En la ciencia? ¿En la libertad?. Vaya entelequia que solo él pudo plasmar. 

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