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La fe de vida y combate del Ejército Rebelde

 

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El 20 de febrero de 1957, Fidel Castro, líder del naciente Ejército Rebelde, desde la Sierra Maestra dio a conocer a todo el pueblo de Cuba el Manifiesto que, a nombre del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, daba irrefutable fe de su vida propia y la de la lucha inquebrantable reiniciada, que habría de liberar finalmente a la Patria.

“La tiranía -decía Fidel-, incapaz de vencer a la revolución por las armas, acudió a las mentiras más cobardes anunciando el exterminio del destacamento expedicionario y de mi propia persona. Y hoy, después de casi tres meses de inenarrables sacrificios y esfuerzos, podemos anunciar al país que el destacamento “exterminado” rompió el cerco de más de mil soldados entre Niquero y Pilón (…) “

Informaba, además, que los rebeldes atacaron el cuartel batistiano situado en la intrincada zona de La Plata, lo cual provocó la rendición de su dotación a los 45 minutos de combate.

Mencionaba el incremento de las filas combativas con la incorporación de campesinos serranos, y citaba la valerosa resistencia frente a reiterados ataques de la aviación y la artillería de montaña.

“…lo cierto es que el destacamento “exterminado” sigue en pie, y que ya no es un destacamento sino varios, los que están operando en la Sierra Maestra. Más de la mitad de las armas y el noventa por ciento de las balas con que combatimos, se las hemos arrebatado al adversario en lucha abierta”, apostillaba de forma contundente.

Días antes se había producido la primera reunión de la Dirección Nacional del MR-26-7, en la finca del campesino colaborador Epifanio Díaz, situada en las inmediaciones de la lucha armada, en el corazón de la cadena montañosa.

En la importante reunión, dirigida a robustecer el apoyo nacional que en lo adelante seguiría dando el 26 de Julio a la lucha insurreccional en las montañas de Oriente, participaron dirigentes heroicos y connotados de la lucha clandestina en las ciudades como Frank País, Haydée Santamaría, Vilma Espín, Faustino Pérez, Pedro Miret,

Armando Hart y fue presentada al máximo líder Celia Sánchez Manduley, una fogueada luchadora manzanillera cuyas potencialidades estaban aún por revelar.
Y coincidentemente, Fidel Castro, mostrando nuevamente su genio de estratega y visor de futuro, había hecho coincidir el encuentro organizativo y de apoyo con una cita relevante.

Se trataba de la entrevista pactada jornadas antes por Faustino Pérez en La Habana con el connotado periodista estadounidense Herbert Matthews, editor del New York Times, a fin de que el mismo Fidel Castro revelara de cuerpo presente qué era lo que estaba sucediendo en verdad en la Sierra Maestra.

La dictadura, herida de muerte, no podría ocultar más al mundo la verdad.
Por casi tres horas se extendió el diálogo que fue publicado el 24 de febrero. El artículo afirmaba: “Fidel Castro, el líder rebelde de la juventud cubana, está vivo y peleando con éxito en la intrincada Sierra Maestra, en el extremo sur de la Isla”.
En la reunión de la Dirección nacional se había acordado la elaboración de la proclama nacional, a lo que se dedicó Fidel, destinada a ser divulgada el 20 de febrero con el nombre de Manifiesto al Pueblo de Cuba.
En lo adelante, pueblos y ciudades intensificarían la resistencia cívica, las acciones de combate revolucionario y la coordinación más perfilada de la campaña económica en respaldo a los gastos del Movimiento, y por último era anunciaba la Huelga General como punto culminante y final para la victoria.
Visto en profundidad y al cabo del tiempo: ¿Qué significaron el Manifiesto y la difusión de la renombrada entrevista?
Pues, entre otras cuestiones de táctica y estrategia, Fidel Castro logró convertir el desafío y las condiciones realmente difíciles que atravesaba la recién comenzada lucha armada en factores políticos a su favor para fortalecer la causa emancipadora.
Si bien era cierto que habían logrado reagruparse en Cinco Palmas tras el duro revés de Alegría de Pío, que habían triunfado en el cuartel de La Plata y en una emboscada en la zona llamada Llanos del Infierno, era todavía una fuerza de moral creciente, llamada a ser poderosa, pero muy exigua en número y recursos de combate. Pero un patriota convencido y un estratega genial iban a obrar el milagro en un tiempo relativamente rápido.
La lucha armada de la Revolución Cubana, en su fase final, había empezado con buen pie a comienzos de 1957, a pesar del doloroso saldo de pérdidas de vidas humanas que todavía costaría. La fe de vida y de combate esperanzaba ya y animaba a luchar a todo un país.

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