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El Maine: la hecatombe y las mentiras

 

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A las nueve y 40 pm del 15 de febrero de 1898, en una noche clara y apacible, dos violentas explosiones hundieron vertiginosamente al acorazado de la Armada de Estados Unidos Maine, frente a una atónita ciudad, en La bahía de La Habana.

Fue un siniestro que segó la vida de 266 marinos y algunos oficiales norteños, y determinó el inicio de la guerra hispano-cubana-americana y la intervención y ocupación militar de la potencia imperial en un pequeño archipiélago a punto de ser libre, tras combates de sus mejores hijos por la soberanía.

Cuba padeció por cuatro años el vejamen directo de la bota invasora, que al retirarse impuso mecanismos de dominación eficientes e inexorables como la Enmienda Platt, apéndice de su Constitución y, además, el obsequio de la base “carbonera” de Guantánamo.

Es una realidad histórica que, sin esperar a los resultados de las investigaciones periciales y técnicas de uno y otro lado, el gobierno estadounidense se apresuró a calificar de agresora a España y le declaró la guerra.

La metrópoli europea negó la autoría y tras el dictamen de sus peritos afirmó que la fuente de las explosiones eran internas, e incluso sugirió los pañoles donde se almacenaba el carbón. Pero fue inútil, los gobernantes de la potencia naciente ya tenían un plan, concebido cuidadosamente mucho antes y el horror de esa noche, providencia o no, iba a rendirles dividendos.

Todavía hoy no hay quien oculte esos planes aviesos dirigidos a apoderarse de Cuba, y también de Filipinas y Puerto Rico, las últimas colonias hispanas.

¡Ahora o nunca!, pues España estaba casi derrotada por el Ejército Libertador cubano, con sus arcas y patrimonio colonial menguado y ellos –los “americanos”- tenían un floreciente desarrollo económico y un capital financiero que reclamaba de manera feroz probar fuerzas en el mundo y convertirse en potencia militar. Algo que le faltaba e iría por ello.

¿Por qué, si no, la estadía del Maine –un barco de guerra-, con firme ancla en la bahía de La Habana? Estaba allí desde el 25 de enero bajo el disfraz inicial de visita de cortesía, para velar por los intereses de los naturales norteamericanos inversores en Cuba, pero una lectura de documentos oficiales de la época atestigua que fue una presencia forzada.

¿Y por qué , repetimos, no se esperaron los resultados de las experticias, incluso de las suyas propias?

Casi 100 años más tarde (1974), empezó a ganar fuerza la tesis, basada en nuevos estudios científicos y técnicos, de que las explosiones fueron meramente accidentales. Sin embargo, esto hace más imperiosa la necesidad de no ignorar la felonía y la doblez del macabro plan ejecutado, que llevó entonces a la frustración de los anhelos de independencia y soberanía de los cubanos y a un nuevo vasallaje de la nación.

Vladímir Ilich Lenin expresó certeramente al marxista cubano Pablo Lafargue que la contienda hispano-cubano-americana –cuyo nombre también ha sido manipulado- fue la primera guerra imperialista del mundo.

Algo que, con otras palabras, confirmara el secretario de Estado John Hay al decir que fue una espléndida guerrita que transformó a Estados Unidos en una potencia militar mundial.

En efecto, después del nuevo reparto colonial realizado alrededor de 1870 por naciones como Gran Bretaña, a la cabeza, Francia y Alemania, realmente Estados Unidos sufría una lesiva exclusión que su orgullo y energía no toleraban.

Puntualmente, Estados Unidos, como sabía y alertó finalmente el Apóstol en su carta testamento, tenía proyectos específicos con los pueblos del sur del río Bravo.

Hubo más manipulaciones y mentiras alrededor de la hecatombe naval. En el Newseum –Museo de la prensa radicado en Washington D.C- existen evidencias concretas de cómo la gran prensa de ese país se implicó activamente en la circulación de la matriz de que España había saboteado monstruosamente a su nación y la inestabilidad de Cuba, en plena guerra libertaria, lo que era un peligro. ¿Le suena algo parecido, verdad?

El visitante de ese museo de noticias puede acceder a portadas y ediciones digitales de los diarios New York Journal que muestran los sucesos del 15, 16 y 17 de febrero de 1898 en la rada habanera. Y verá el despliegue artístico y técnico de profesionales de la prensa en apoyo la manipulación, basados en datos imaginarios y falsos, que encendieron la opinión pública y llevaron a la quirúrgica guerra, a costa de los cubanos.

Algo repetido y perfeccionado hasta hoy. Pero no deja de ser aleccionador ver cómo los resortes de la llamada prensa amarilla, los posteriores reality shows, y las al parecer acabadas de salir del horno fake news, ya estaban ahí, en la esencia podrida de su gran prensa.

Por algo la historia de William Randolph Hearst, dueño de aquellos medios e inspirador del clásico cinematográfico El ciudadano Kane, de Orson Welles, sigue teniendo vigencia y es abecé para iniciados en los trajines y estudios del periodismo, pues permite ver el lado siniestro que los mercaderes y poderosos pueden dar y siguen dando al mejor oficio del mundo.

Casi nadie olvida aquel “Envíe usted las fotografías. Yo le facilitaré la guerra” dicho por Hearst-Kane, sobre los mentados acontecimientos. Muy en el espíritu actual de las canalladas imperiales, usted ya sabe de eso.

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