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Manuel Ascunce Domenech sembrado en el porvenir

 

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Pareciera que habría poco que decir o recordar de una vida tan breve como la del brigadista Manuel Ascunce Domenech, segada a los 16 años por bandidos a sueldo del imperio a finales de la Campaña de Alfabetización que comenzó a iluminar a Cuba desde 1961, tras el triunfo de la Revolución.

Pero el adolescente extraordinario nació el 25 de enero de 1945 y en estos días los cubanos piensan lo contrario y muchos creen, además, que una existencia fructífera como la de él debe celebrarse, sin jamás olvidar el crimen monstruoso que lo sacrificó, firme en su puesto, junto a su alumno campesino Pedro Lantigua.

Fue un miembro voluntario y entusiasta de las Brigadas Conrado Benítez, formadas en su mayoría por muchachas y muchachos, algunos casi niños y también por avezados maestros, dispuestos a hacer una hermosa cruzada contra la ignorancia en todo el país.

Y ello no era poco esfuerzo para quienes como él un día decidieron abandonar temporalmente el calor y las atenciones del hogar, el mimo materno o la bondad paterna, su escuela y amiguitos de siempre, para cumplir el sueño de hacer algo grande y bueno por la Patria, en beneficio de sus compatriotas más humildes. Muchos dicen que fue una ofrenda inmensa.

Y así emprendieron, desafiando lo desconocido y más. Los reales peligros del terrorismo contrarrevolucionario made in USA, que armaba bandas criminales en algunos puntos de las montañas de Cuba como la Sierra del Escambray y zonas de Matanzas. Tal política despiadada se cobró la vida del invaluable jovencito Conrado

Benítez, cuyo nombre fue tomado por las brigadas que desde el mes de abril de ese año 61 marcharon a los campos de la Isla y sus áreas más intrincadas. También Ascunce pagó el precio más alto.

Manolito era uno más, alegre y con el pecho lleno de orgullo, entre las miles de personas entregadas a la obra con un fervor nunca antes visto. Jamás tuvo miedo, no cedió un ápice ni dudó, ni volvió sus pasos cuando comenzaron a cercarlo los riesgos, según los que lo conocieron.

Y realmente era un amor de joven, pues de él emanaban una serenidad, afabilidad y nobleza tales que inevitablemente causaba muy buena impresión y atraía a todos desde el primer momento.

De carácter serio y disciplinado, Ascunce combinaba la rectitud y la sensibilidad. Compartía con sus amigos o los necesitados cualquier cosa que fuera suya, con un afán increíble de servir y ayudar al prójimo. Admitía su total identificación con los valores de la Revolución, al igual que sus padres, con una madurez poco común a su edad.

Su ciudad de origen fue Sagua la Grande, situada en la antigua provincia de Las Villas, pero desde los dos años fue llevado por sus padres a residir en la barriada de Luyanó, en La Habana. Allí estudió hasta la enseñanza secundaria, antes de dar su aporte como alfabetizador.

Cuando fue capturado por los asesinos en casa del campesino Pedro Lantigua, donde además residía, admitió con convicción y firmeza que él era el maestro, sin arredrarse por la catadura de los sujetos que ya tenían un prontuario criminal en la zona.

Precisamente su discípulo y hospedero era un revolucionario buscado por las bandas operantes en Palmarito, Escambray, paraje del asesinato, ya que era un miliciano activo en el combate frente a la contrarrevolución.

Cuentan que Ascunce solo hacía una semana que residía allí, pues generosa y voluntariamente había cambiado su lugar con una compañera de las brigadas con el fin de aliviarla de la lejanía y el aislamiento del sitio de Pedro.

Por el día el chico, diligente como pocos, ayudaba en las faenas del campo y de noche impartía las clases a la luz del farol.

Los autores del asesinato que enlutó y enardeció a los cubanos e hizo más fuerte la convicción patriótica, fueron más tarde apresados y juzgados.

Al mes siguiente el Líder de la Revolución, Fidel Castro, dio a conocer al país y al orbe el cumplimiento triunfal de los objetivos de la Campaña: más de 700 mil cubanos iletrados habían aprendido a leer y escribir y un mundo nuevo se abrió, gracias a aquel paso y sacrificio de la juventud.

Entre ellos Conrado y Manolito han estado siempre, con brillo inapagable, junto a otros lamentablemente fallecidos en ese empeño.

Así era aquel cubanito patriota y virtuoso que luego se convirtió en uno de los símbolos más puros de la juventud cubana. Su partida injusta causó un dolor inmenso, pero su vida bien merece el orgullo y la alegría, al saber que un día naciera en esta tierra.

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