Aquella madrugada con Fidel

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Caía la tarde del cinco de enero de 1959 y el parque central Serafín Sánchez, de la ciudad de Sancti Spíritus, ya resultaba pequeño para albergar a la multitud que se aglomeraba allí y en calles aledañas.

Nadie conocía la hora exacta, pero todos estaban atentos al acontecimiento que sí sabían ocurriría esa noche: la llegada del Máximo Líder de la Revolución Cubana, al frente de la columna guerrillera número uno, José Martí, salida el dos de enero desde el oriente cubano. Era la Caravana de la libertad en su marcha triunfal hacia la capital de Cuba.

El reloj de la Iglesia Mayor había anunciado que se estrenaba el seis de enero: Día de los Reyes Magos, más para los niños de padres ricos que para los de progenitores pobres y humildes.

Alguien exclamó: “Son casi las dos de la mañana”, cuando en medio de la algarabía y aplausos subía las escalinatas de la antigua sociedad El Progreso el héroe cubano, vestido de verde olivo y con su estrella de Comandante invicto sobre el rombo rojinegro que prendía de sus hombros.

A escasos minutos la inconfundible voz de Fidel que muchos habían escuchado de manera clandestina por las ondas de Radio Rebelde, se adueñó del lugar a través del equipo amplificador instalado para la ocasión:

“No podía ser para mí esta ciudad de Sancti Spíritus una ciudad más en nuestro recorrido”. Sus palabras se cortaban por la ovación, pero luego continuaban en el torrente de vivas a la naciente Revolución y a sus principales líderes.

“Si las ciudades valen por lo que valen sus hijos, si las ciudades valen por lo que se han sacrificado en bien de la Patria, si las ciudades valen por el espíritu y la moral de sus habitantes, por el fervor de sus hijos, por la fe y el entusiasmo con que defienden una idea, Sancti Spíritus no podía ser una ciudad más”.

Nadie quería abandonar aquel sitio, marcado desde entonces por la historia, a pesar del frío matutino y de la pertinaz llovizna; todos estaban al tanto de los detalles de esos instantes que luego eran narrados con emoción.

Un animado diálogo se estableció entre el pueblo y el querido dirigente. Muchos deseaban abrazarlo en gesto de gratitud y cariño, por eso alguien propuso subir por la escalera de mármol.

Fidel decidió bajar para saludar a los espirituanos y una mujer en representación de su pueblo le pidió que no lo hiciera, pues era mejor que siguiera hablando porque sus emocionantes palabras constituían el más hermoso saludo.

Junto a los reunidos dio vivas a los aguerridos combatientes Pompilio Viciedo y Julio Pérez Castillo, hijos de la tierra del Mayor General Serafín Sánchez, y respondió varias preguntas a quienes con ternura indagaban por héroes de la Patria.

“Raúl está en el cuartel Moncada, contestó; Camilo, en Columbia; Almeida está aquí, con su columna blindada y va a ser designado jefe de la División Blindada que vamos a organizar con los veteranos de la Sierra Maestra. El Comandante Ernesto Guevara está en La Cabaña, y el Comandante Efigenio Ameijeiras ha de estar ya a esta horas en la Jefatura de la Policía Nacional”.

También refirió los esfuerzos que habría a partir de los próximos días, luego del triunfo del Primero de Enero, por lo que convocó a los pobladores a trabajar con ahínco para impulsar la economía del país y llevar a la práctica las promesas hechas por él en el histórico alegato conocido como La Historia me Absolverá.

“Es importante, expresó, que el pueblo sepa desde hoy y comprenda que la Revolución no podrá ser tarea de un día, ni de dos, ni de tres; que nuestros males no encontrarán solución de la noche a la mañana; que será preciso trabajar mucho; que al igual que la guerra no se ganó en un día, que al igual que la guerra fue necesario ganarla poco a poco, paso a paso, pero firmemente con un solo propósito, el que concluyese solo con la victoria o con la muerte como reza nuestro lema”.

Varios minutos dedicó a destacar el papel de las masas populares en la historia, lo cual fue el centro y epílogo de su discurso:

“Hemos triunfado, aseguró, porque creímos en el pueblo. Mientras otros se dedicaban a conquistar militares para dar un golpecito de Estado yo jamás fui a buscar a nadie para conspirar. Fui al buscar al pueblo. Me presenté ante los campesinos con unos cuantos fusiles.

“Fui a buscar al pueblo para con el pueblo conquistar su libertad y gracias a eso podemos decir hoy el grito con el que voy a terminar estas palabras, y ese es el grito que está en el corazón de todos nosotros: ¡Que viva Cuba libre!”

Algunos muy longevos recuerdan en Sancti Spíritus aquellas emocionantes exclamaciones del Comandante en Jefe, que a 61 años de ser pronunciadas hacen latir corazones como en aquella madrugada del seis de enero del 59.

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