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Febrero Miércoles

En la casa de Hilda se hizo historia de la mano de Fidel (+ Fotos)

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Hilda García Salazar vive orgullosa de su estirpe, especialmente de su padre, Juan García Bravo, quien haciendo honor a su apellido y respondiendo a su noble corazón de cubano prestó inestimables servicios, a veces al precio de la vida, a las tropas del Ejército Rebelde cuando combatían contra los soldados de la dictadura batistiana durante la lucha insurreccional.
Una tarja reconoce hoy que su casa, en la finca Arroyo Naranjo, comunidad El Tamarindo, en Palma Soriano, fue escenario de conspiración e historia en los días difíciles de la guerra -como dice ella con sana vanidad-, al servir de cuartel general donde se encontraron los tres frentes orientales para trazar la estrategia de la toma de esa ciudad, hecho decisivo para la entrada a Santiago de Cuba.
Allí se reunieron a finales de 1958 Fidel Castro, Raúl Castro y Juan Almeida, que encabezaban el primer, segundo y tercer frentes guerrilleros, respectivamente, con el objetivo de dar la estocada final al régimen de opresión y barbarie que dominaba en la sufrida Patria, por la que ya ellos habían atacado el cuartel Moncada y desembarcado en el yate Granma.
“No todos los cubanos vivieron el privilegio y la experiencia de que su vivienda sirviera de resguardo a tan noble causa y que, por ejemplo, el día 22 de diciembre de 1958 allí durmieran Fidel, Raúl, Celia Sánchez y Vilma Espín, a quienes mi madre atendió con el esmero que merecían esos buenos hijos de Cuba que proyectaban la definitiva soberanía de la nación”, dice Hilda.

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“Cuando Fidel llegó a mi casa ya las tropas de Almeida estaban allí donde se les brindaba comida y satisfacían otras necesidades; un día pasé tremendo susto, pues cuando preparaba la mesa para el desayuno a un soldado se le fue un tiro que impactó muy cerca de mí, hizo un orificio en la ventana y ya me creía muerta. Almeida enseguida lo desarmó y reprendió por su indisciplina.
“Mi madre dispuso las mejores camas que teníamos, pero Fidel prefirió que durmiera en una Celia, y en otra Vilma con Raúl que ya estaban casados, mientras él usó una camita personal que, al acostarse, se rompió la barra, y ahí mismo se quedó tranquilo para descansar un poco”, cuenta Hilda, a quien le impresionó la presencia del líder rebelde, con tantas hazañas en su haber y tanta sencillez.
“También les hizo un arroz con pollo riquísimo que debe haberles sabido a gloria después de tantas vicisitudes en las montañas; sin embargo, Fidel se negó a comer, solo aceptó cuando mi mamá le pidió que comiera, aunque fuera un poquito y al confirmarle que alcanzaba para toda la tropa”.
En la finca se cosechaba yuca, plátanos y otras viandas y frutas diversas, entre estas las naranjas más dulces y jugosas de la comarca, según confiesa Hilda al rememorar cómo le gustaban
. a Fidel los jugos que Celia le preparaba, y también los tostones que freía su cuñada.
“Éramos siete hermanos, cuatro varones que se incorporaron al Ejército Rebelde y uno de ellos, Alfredo, integró la Caravana de la libertad que fue con el Comandante en Jefe hasta La Habana; yo era la más chiquita, tenía 14 años, y algunos de los combatientes me decían jocosamente que era su secretaria.
“Siento la satisfacción de que mi familia fue muy útil a la causa revolucionaria, en ocasiones con riesgo para la vida, pues desde mi vivienda igualmente se realizaban transmisiones por radio, sobre todo recuerdo las comunicaciones hacia el Escambray con Camilo Cienfuegos”.
Hilda evoca con emoción los momentos vividos en aquellos días, en que iban muy alegres por la importante misión que cumplirían en la toma de Palma Soriano, y ella no los entendía bien porque hasta podían morir; algunos no volvieron, a otros no tuvo la posibilidad de verlos nuevamente, pero los recordaba con cariño como a Manuel Piñeiro y Efigenio Ameijeiras.
“Mi padre merece un capítulo aparte, era un hombre comprometido y osado, en tiempos de la tiranía en que pululaban los asesinos, él se arriesgaba casi todos los días, porque les llevaba alimentos y medicinas a los rebeldes del campamento de Limoncito, en una ocasión por nada lo sorprende el enemigo, para salvarse tuvo que tirar la camioneta a la cuneta”.
Otro episodio que indica la confianza en esa familia se relaciona con la toma de Palma Soriano, tras la cual hubo 19 presos en una desgranadora de maíz en el patio de la casa, entre ellos un oficial de academia. Raúl le pidió a Juan que debía tener un trato diferenciado con él, pues le salvó la vida en San Luis, así le reciprocaba el buen trato que le dio cuando fue su prisionero.
“Pienso que hay pasajes de la historia que no deben olvidarse, porque hacen referencia a Fidel como gran estratega en la lucha armada y un ser humano excepcional, que confió en otros hombres, por ejemplo en Juan García Bravo, un sencillo campesino que aportó sin reparos a la causa.

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“Todavía me conmueve hablar de la desaparición física del Comandante, confiesa la entrevistada, es como un familiar querido, cercano, del que nunca se espera un desenlace así; mi mamá, fidelista por excelencia lo adoraba, él fue muy afectuoso y jovial con ella, igual que Raúl, pero no tuvo la dicha de volverlo a ver después que terminó la guerra”.
Desde 1975 Hilda vive en la ciudad de Santiago de Cuba, tiene dos hijos y dos nietos, feliz de servir a la Revolución trabajó por 47 años en educación, fue maestra voluntaria en el barrio Los Dorados de Palma Soriano, después secretaria del presidente en el Tribunal Popular, atendió asuntos laborales y sociales de la Central de Trabajadores de Cuba en su terruño, y estuvo en la dirección regional de círculos infantiles, además en la empresa provincial de productos industriales donde se jubiló.

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