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Panchita cosió los primeros uniformes usados por Fidel

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   “Llevo puesto el uniforme que me envió. Espero terminar con él la campaña, pues pienso que la victoria está próxima. Mas, si así no fuese, yo sé que ni en usted ni en nosotros habrá cansancio, porque sean cuales fueran los sacrificios que faltan por hacer, el final de esta lucha solo puede ser uno: el triunfo de la Patria. Cuente usted con nuestro infinito reconocimiento”.
   Confianza y afecto irradiaba el Comandante en jefe Fidel Castro en carta a Francisca Isbert, Panchita, el 18 de marzo de 1958, cuando Cuba se preparaba para la Huelga del 9 de Abril y él, en medio de sus responsabilidades y preocupaciones, le escribía en su block de notas sentado sobre una piedra, muy cerca de la Comandancia General de la Sierra Maestra.
   En otra parte de su carta le decía: “Al marcharse  María, que tantas simpatías siente y nos ha hecho sentir por usted con la evocación constante de su extraordinario corazón, deseo hacerle llegar un filial y devoto saludo. Los grandes sacrificios que usted ha hecho en esta lucha no serán en vano, y los uniformes que usted cose con tanto cariño para estos soldados de su causa, no serán  jamás deshonrados”.
   La historia de esta valiente hija de Cuba, que cosió los primeros uniformes usados por Fidel en la Sierra Maestra, no se forjó durante la lucha insurreccional, sino desde 1895, cuando siendo apenas una niña se alzó junto a su familia en las montañas orientales, donde sufrió numerosas vicisitudes.
   Su fibra patriótica se puso de manifiesto muchas veces. Cuando se fundó la República Mediatizada, en 1902, ayudó a coser las banderas cubanas que adornaban a Santiago de Cuba, también votó en la Constitución de 1940 y trabajó en tareas de divulgación con el Partido Socialista Popular.
   En época de la feroz tiranía de Fulgencio Batista, en que Santiago de Cuba era un hervidero de rebeldía y el avezado jefe clandestino Frank País dirigió la acción del 30 de noviembre de 1956, ya Panchita
andaba en busca de ayuda para la causa revolucionaria por las calles de la legendaria urbe, donde vivió la mayor parte de su vida, aunque nació en el Realengo 18, en Guantánamo.
   Los presos de la Causa 67 por los sucesos del Moncada, el 26 de julio de 1953, que estuvieron en Boniato atesoraban conmovedores recuerdos de aquella osada mujer, quien recorría diariamente varias cuadras recogiendo alimentos y ropas para ellos y luego los llevaba a la casa del  combatiente Léster Rodríguez, en tiempos de gran peligro.
.  “La carta que Fidel me envió es para mí el mayor tesoro del mundo, la recibí de manos de Vilma Espín, en 1958. Me dio mucha alegría saber que Fidel apreciara tanto mi trabajo y que me escribiera con tanto cariño, como un hijo le escribe a una madre”, confesó en entrevista a la periodista Nereida Barceló Fundora, publicada en la revista Mujeres, en 1977.
   El oficio de costurera lo heredó de su padre, un sastre muy pobre que honró al asumir la importante misión de contribuir a vestir la historia, pues días después del desembarco del yate Granma recibió instrucciones  del Movimiento 26 de Julio (M-26-7) de confeccionar tres uniforme de kaki verde olivo de campaña, uno para Fidel, otro para Raúl y otro para Crescencio Pérez.
   “Yo hice los tres. Me trajeron el uniforme que Fidel se puso durante la travesía de los expedicionarios de México a Cuba. Estaba raído y sucio y por ese pude hacer el de la Sierra Maestra, recuerdo que le
puse en el bolsillo un papelito que decía: Fidel, las madres de Oriente te saludan y en el de Raúl: Raúl la juventud cubana te saluda”,  narró en la referida entrevista.
   Y agregó: “Esos fueron los primeros uniformes que cosí completicos; luego los traían cortados y yo los cosía, les ponía los bolsillos, los botones y los terminaba. Llegué a hacer diariamente 38 uniformes, desde las cuatro de la mañana hasta las 12 de la noche, me ayudaba mi hija Margarita”.
   Ella mencionaba con frecuencia a las hermanas Ruiz Velázquez, quienes eran las que traían las telas y llevaban los uniformes, y en una ocasión llevaron a su casa en un automóvil a un periodista americano que la entrevistó y tomó fotos, pues le llamó la atención la historia de Panchita.
   En la ciudad de Santiago de Cuba radicó en San Agustín No. 404, tuvo siete hijos y murió el 31 de enero de 1977, quien nunca sintió temor, aunque los vecinos vivían muy preocupados por ella, pues eran testigos de los enormes paquetes de ropa que entraban y salían continuamente de su hogar.
   Una mañana, relató Panchita, los vecinos me contaron que esa madrugada una micro-onda se detuvo frente a mi casa y todos pensaron que venían a llevarme presa; sin embargo, ellos andaban en otro asunto. Al otro día me enteré que yo estaba durmiendo muy tranquila mientras el barrio se moría de miedo por mí.
   “Yo nunca quise recibir del M-26-7 ayuda económica, a pesar de que era muy pobre y ellos me la ofrecían, porque nunca hice nada para recibir pago. El único pago que quería era que nuestra causa triunfara y, como dijo Fidel en la carta, recibí mi pago, porque nuestra causa triunfó”, confesó.
   En el libro Contra todo obstáculo, de la autoría de Vilma Espín y Asela de los Santos, aparece un testimonio de la combatiente santiaguera Ligia Trujillo Aldana referido a que Panchita era muy destacada en la elaboración de uniformes, siendo ya anciana, y que había dejado su trabajo por el cual recibía remuneración para dedicarse a esa faena de tanto riesgo en aquellos momentos.
   También confeccionó una Bandera cubana cuando Fidel estaba aún en la Sierra Maestra, prometió entregársela al terminar la lucha armada y cumplió su sueño: tuvo la dicha de conocerlo personalmente el día que habló en el Instituto de Segunda Enseñanza, de Santiago de Cuba, en 1959.
   “Fidel vino adonde yo estaba y me dijo: “Panchita, cuántos deseos tenía de conocerla”  y me  abrazó y me dio un beso en la frente. Yo le dije: “Mi Comandante, aquí tiene usted esta bandera, un álbum repujado y una cartera con sus iniciales que le entrego en nombre de las madres de Oriente.
   “Después lo vi en La Habana, en la Plaza de la Revolución, me dio un abrazo muy fuerte que nunca se me olvida y le pedí: “Mi Comandante, cuídese mucho que los pueblos del mundo lo necesitan”.
   Quienes la conocieron recuerdan que su voz vibraba cuando hablaba de las luchas y de la Patria, se tornaba inclemente al referirse a los enemigos de la Revolución, y sumamente suave y tierna al pronunciar el nombre de Fidel, mi Comandante, como ella le decía.

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