La Habana, Sábado 21 de Septiembre de 2019 01:07 pm

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La Guerra Chiquita, continuidad y fuente de experiencia

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El Pacto del Zanjón, con que culminó la guerra del 68 sin lograr la independencia, fue rechazado por el Lugarteniente General Antonio Maceo e importantes jefes mambises en la Protesta de Baraguá en 1878, que tuvo su continuidad en la decisión inquebrantable de continuar la lucha que se renovó a partir del 24 de agosto de 1879, con el inicio de la llamada Guerra Chiquita.

Con la culminación de la Guerra de los Diez Años en Cuba en 1878, el general Arsenio Martínez Campos se ganó el término de “pacificador” por ser el abanderado del mencionado pacto y en las celebraciones en su honor entre los entorchados militares, nada se habló de Antonio Maceo y la Protesta de Baraguá, que consideraron solo como un inútil intento de continuar la lucha por los cubanos.

Pero contra todos los pronósticos esa certeza del colonialismo se vino abajo cuando nuevamente los patriotas, para asombro del mundo, se alzaron en armas el 24 de agosto en la Isla prácticamente destruida en la recién terminada contienda en la que murieron muchos de sus mejores hijos.

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La nueva insurrección armada estaba organizada por el general Calixto García, quien desde el exilio en EE.UU. y mediante el Comité Revolucionario dirigía la conspiración.

A los planes se integraron Antonio Maceo desde Jamaica, así como otros insurrectos en la emigración y en la Patria como José Martí, Juan Gualberto Gómez, José Antonio Aguilera en la región occidental de Cuba; y Guillermón Moncada, José Maceo y Quintín Banderas en la zona oriental, entre otros destacados patriotas.

Fueron detenidos por las autoridades colonialistas los complotados Flor Crombet, Pedro Martínez Freire, Mayía Rodríguez, Pablo Beola y Silverio del Prado, delatados por un espía hispano que penetró el movimiento.

Igual destino sufrieron José Martí y Juan Gualberto Gómez, apresados en septiembre de 1879 y deportados a España, por lo que se frustró el levantamiento en la región occidental.

El 24 de agosto de 1879 se levantaron en armas los revolucionarios holguineros dirigidos por el brigadier Belisario Grave de Peralta y dos días después lo siguieron los santiagueros, con Guillermón Moncada y los coroneles José y Rafael Maceo y Quintín Banderas; y en la región de Baracoa también otros revolucionarios tomaron las armas.

Ocurrieron asimismo otros brotes insurreccionales en la región de Las Villas, dirigidos por el coronel Francisco Carrillo y el brigadier Ángel Maestre.

En la manigua se esperaba la llegada de los generales Antonio Maceo, Calixto García, Carlos Roloff y otras figuras destacadas para consolidar la guerra, pero el Titán de Bronce no pudo arribar al país por los prejuicios de algunos jefes mambises que consideraron que su presencia favorecería a las campañas de guerras de razas que hacía España contra los sublevados.

Además, el Partido Autonomista, surgido tras el Pacto de Zanjón, realizó una activa campaña propagandista en contra de la contienda esgrimiendo, además del racismo, la imposibilidad del país de ir a otra contienda por el estado de destrucción de la riqueza nacional en la recién culminada Guerra de los Diez años, lo cual dividió y confundió a muchos patriotas.

El jefe máximo del movimiento, Calixto García, llegó a Cuba en mayo de 1880 pero poco pudo hacer por mantener la lucha ante la desorganización en el campo insurrecto, divisiones internas, regionalismo, racismo, falta de recursos y sobre todo la acción pacifista del régimen español, circunstancias que dos años antes llevaron al Pacto del Zanjón.

Ante esta situación depuso las armas en agosto de 1880 y posteriormente lo harían los restantes jefes rebeldes, dando por concluido este intento independentista.

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José Martí con apenas 27 años, se desempeñó con gran entrega y de su deportación en España escapó a los EE.UU. para asumir como segundo de Calixto García en el Comité Revolucionario, lo cual le valió una experiencia fundamental para conocer los problemas de desunión y tendencias reformistas que estaban latentes desde la Guerra de 1868 y que fueron determinantes en el fracaso de los primeros intentos independentistas.

Esta etapa de lucha fue para el Apóstol una fuente de madurez, conocimiento práctico y ensayo general para su plan de Revolución en la que unió a los veteranos y a las nuevas generaciones de “los pinos nuevos", representados en el Partido Revolucionario Cubano que hizo posible erradicar los errores de los proyectos anteriores y llevar a vías de hecho la Guerra Necesaria.

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