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Perucho Figueredo y el canto que no cesa

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El 17 de agosto de 1870 cayó bajo las balas de un pelotón de fusilamiento el mayor general del Ejército Libertador Pedro Figueredo Cisneros, conocido sencillamente en la historia con el nombre de Perucho  Figueredo, acompañado por la grandeza de haber legado a los cubanos el canto de batalla que es su Himno Nacional.

Y si esa obra es un tesoro para los hijos de esta tierra, hay que recordar también que Figueredo fue un prócer de vida extraordinaria y meritoria, aunque truncada de manera temprana.  Figura entre los padres fundadores de la nación, pues perteneció a la hornada de patricios que conspiraron y trabajaron por el primer levantamiento libertario iniciado el 10 de octubre de 1868.

En el momento de su ajusticiamiento, en una fortaleza colonial de Santiago de Cuba,  Perucho se encontraba gravemente enfermo como consecuencia de la fiebre tifoidea. El enemigo lo había capturado ya
contagiado y en un estado deplorable, junto a su familia,  en la finca Santa Rosa, en el monte firme cercano a la Sierra Maestra.

Opuso la resistencia posible, pero fue reducido y hecho prisionero.

Sus hijas, también capturadas, estuvieron a su lado inicialmente. Un navío militar español los condujo a  Santiago de Cuba.

El 16 de agosto de 1870  presentaron a Pedro Figueredo a un urgente consejo de guerra.

La declaración del patriota ante los jueces, reza: “Soy abogado y como tal conozco las leyes y sé la pena que me corresponde. La de muerte. Pero no por eso crean ustedes que triunfan, pues la Isla está perdida para España; el derramamiento de sangre que hacen ustedes es inútil y ya es hora de que reconozcan su error.

“Con mi muerte nada se pierde pues estoy seguro de que a esta fecha mi puesto estará ocupado por otra persona de más capacidad. Si siento la muerte es tan solo por no poder gozar con mis hermanos la gloriosa obra de la redención que habían inaugurado y se encuentra ya en el final”.

Al día siguiente fue conducido al paredón. Su estado físico no le permitía caminar ni sostenerse de pie. Fue llevado montado en el lomo de un burro, en un trayecto en el que recibió las burlas y el escarnio de sus verdugos. Cuentan que él les respondió: “Está bien, está bien, no soy el primer redentor que monta un burro”.

Y los cronistas consignan que antes de caer aún tuvo fuerzas para decir: ¡Morir por la Patria es vivir!, el verso más inspirado de su creación.

Perucho Figueredo nació en Bayamo el 18 de febrero de 1818.

Pertenecía a una familia de acaudalados propietarios de bienes agrícolas y establecimientos. Tuvo una educación esmerada, primero en su villa natal. De 1835 al 40 fue enviado por su padre a estudiar a la
Universidad de La Habana, en la cual se graduó de Bachiller en Filosofía y en Derecho, y luego marchó a España, para estudiar Derecho en Barcelona.

Se opina que el joven Figueredo entabló una amistad muy cercana con Carlos Manuel de Céspedes a partir de 1851, cuando ya era un abogado en ejercicio en Bayamo, casado con la lugareña Isabel Vázquez, con la cual fundó una familia que llegó a tener 11 vástagos.

Pero el colonialismo que seguía imponiendo la esclavitud, retrasaba el desarrollo de las fuerzas productivas, traía el hambre y la pobreza, también atenazaba e impedía el avance de los  nativos con
recursos: los criollos.

Carlos Manuel, Perucho, el acaudalado Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Osorio, Donato Mármol y Francisco Javier de Céspedes, y otros hijos de esa villa, nacidos con riqueza y privilegios optaron por los ideales de libertad, justicia e igualdad entre los seres humanos. Formaron la Junta Revolucionaria de la ciudad, muy activa.

Aparte de su notoria cultura general, en  Perucho  sobresalía su afición a la música. Ejecutaba obras con el piano y el violín, y se dedicaba a la composición.

Las reuniones de conspiración patriótica iniciadas a principios de los años 50 del siglo XIX se convertían en  animadas tertulias o saraos, con música culta, bailable y declamaciones de poemas y otros textos literarios. La Sociedad Filarmónica de Bayamo nació y se consolidó dentro de aquel chispeante espíritu de los bisoños revolucionarios.

Las cosas llegaron al punto que llegaron y se dio la famosa orden del levantamiento de Céspedes en 1868. Carlos Manuel vivía en el ingenio Demajagua, cerca de Manzanillo.

Figueredo estaba en Bayamo en el momento de conocer del alzamiento y decidió organizar una partida de patriotas, para  reunirse con el Iniciador.

Tras un revés inicial durante la ruta hacia Bayamo,  el 18 de octubre se inició el asedio a los dominios bayameses y el día 20 la villa cayó en manos de los insurrectos.

Inmediatamente fue proclamada la capital de la República en Armas y el pueblo se volcó a las calles, lleno de fervor y alegría a celebrar el triunfo. Surgió el canto Patrio, una creación llena de historia viva y palpitante, y de leyenda.

Figueredo, aunque muerto en los albores de la guerra, fue un soldado intachable  e inclaudicable. Por esa razón y por su canto, el canto de todos, valen siempre el homenaje y el agradecimiento.

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