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José de la Luz y Caballero, formador de conciencias

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José de la Luz y Caballero, uno de los pilares de la pedagogía y del pensamiento esencialmente nacional, falleció el 22 de junio de 1862 en La Habana,  su ciudad natal, donde desempeñó en lo fundamental su
inmensa obra como maestro, investigador, filósofo y con el bien ganado prestigio entre sus coetáneos, por suerte, de ser un formador de juventudes y conciencias.

Había nacido el 11 de julio de 1800 y fue un discípulo aventajado del revolucionario y extraordinario Félix Varela. También su tío, el destacado pedagogo José Agustín Caballero, igualmente catedrático del Seminario de San Carlos y San Ambrosio donde se graduó de Bachiller en Leyes, se había ocupado de ofrecerle desde temprano una formación docente de altura, tras la muerte de su padre.

Hoy por hoy, José de la Luz y Caballero, a juicio de entendidos, forma parte junto al precursor padre Varela, desde principios del siglo XIX,  y a José Martí más adelante, de una poderosa trilogía intelectual, considerada medular en la formación del proceso ideológico  clave para lo que hoy se conoce como identidad nacional y
conciencia patriótica nacional.

También, por conductos morales  no visibles en su época, pero que José Martí en cambio detectó y enunció certeramente, su obra fue muy influyente en el movimiento político en que cristalizó después con las
luchas libertarias iniciadas en 1868, cuando la necesidad histórica fue perentoria.

Martí señaló oportunamente, a tiempo para hacer sobre él aclaraciones muy necesarias: “Él, el padre; él, el silencioso fundador; él, que a solas ardía y centelleaba, y se sofocó el corazón con mano heroica, para dar tiempo a que se le criase de él la juventud con quien se habría de ganar la libertad”.

Su obra más conocida y valorada es la pedagógica. Desde muy joven quedó deslumbrado con la impronta del padre Varela, del cual tomó para siempre su afán de querer reformar y cambiar el método educativo caduco de la enseñanza colonial, basado en la rígida escolástica, dentro de la cual la memorización a ultranza ofendía la inteligencia de los estudiantes.

Como Varela y su tío, Don Agustín, preconizaban la experimentación y el método científico, dieron gran valor a la enseñanza de la física y la química, en auge tras la difusión del faro que representaba para ellos el Iluminismo francés y el método cartesiano para el conocimiento de materias y el mundo. Absorbieron lo más avanzado del conocimiento universal.

Fue autor de  artículos en varias s publicaciones de su época. También de libros de enseñanza e hizo numerosas traducciones, ya que era versado en varios idiomas entre ellos francés, italiano y  alemán, además del español y el latín, que dominaba desde los 12 años, pues era básico en su formación religiosa inicial, carrera que abandonó años más tarde, sin dejar de impartir clases en el Seminario.

Hoy aún fascina, debido a su sorprendente actualidad,  su obra Aforismos.  Se trata de sentencias breves, conclusiones de un sabio, a las que su privilegiada lucidez y cultura general profunda y deductiva lo llevaban continuamente.

Entre ellos figuran: “Instruir puede cualquiera, educar sólo quien sea un evangelio vivo”. “Quien no sea maestro de sí mismo, no será maestro de nada”; “Todo en mi fue, y en mi patria será”; “Háganse respetables los maestros y serán respetados”; “Los Estados Unidos: una colmena que rinde mucha cera, pero ninguna miel” y “Tengamos la educación y tendremos Cuba”.

Otra obra importante fue Elenco de 1835 o de Carraguao, nombre de uno de los colegios donde se desempeñó.

Se  considera que de La Luz y Caballero "inició el viraje del pensamiento cubano hacia el empirismo, tomando un sesgo materialista".
Esto lo llevó a cabo incluso cuando fue director de la Cátedra de Filosofía del Seminario de San Carlos.

Sin embargo, su audacia tenía que convivir con el poderoso mando y cerrojos de la Iglesia católica, no solo en la enseñanza sino también en la vida espiritual de una nación que, a pesar de todo, disentía y se fraguaba a sí misma desde adentro.

Fue también Director del Colegio de San Cristóbal, en el cual abrió por vez primera la Cátedra de Química, y ofreció un curso de Filosofía, entre 1834 y 1835.

Se le recuerda encarecidamente  por haber fundado el Colegio del Salvador, en enero de 1848, reputado incluso  en aquel tiempo por dar vía abierta a los más modernos métodos de enseñanza. Allí puso a disposición de estudiantes y catedráticos el tesoro de su biblioteca particular.

Siempre entendió que el  deber del maestro estaba en transmitir a los alumnos que pensasen por sí mismos.

Se hizo llamar con los seudónimos Un Habanero, El Justiciero, Un amante de la verdad y El amigo de la juventud.

A pesar de no participar en movimientos políticos de manera ostensible, en la década de 1840 se le quiso implicar en el movimiento nombrado La Conspiración de la Escalera, pero su caso fue sobreseído.

Su amor por Cuba era conocido. Su vida demostró, como afirmó el destacado intelectual Carlos Rafael Rodríguez, que “su cubanismo era firme”. Martí dijo además que dedicó su vida a formar hombres “rebeldes y cordiales”. Para los que quisieron verlo más impetuoso en los rumbos de la política, el Maestro recordó que los pueblos, que son infalibles, siempre saben reconocer dónde está la verdad en lo que no se ve o no se dice.

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