La Habana, Martes 21 de Mayo de 2019 10:41 am

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A 70 años de la profanación de la estatua de José Martí

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Durante la noche del 11 de marzo de 1949 un grupo de marines estadounidenses borrachos, procedentes de naves ancladas en la bahía de La Habana, profanaron la estatua de José Martí en el Parque Central de la ciudad.
Esa noche los escándalos y excesos de los tripulantes yanquis parecía ser una jornada más a la que los habaneros y residentes de otros puertos de la Isla parecían haberse acostumbrado ante el arribo de los barcos de guerra para regocijo de los regentes de prostíbulos, traficantes de drogas y de negocios sucios diseñados para satisfacer los más bajos instintos de aquella marinería.
Para entonces gobernaba el país Carlos Prío Socarrás y su coalición política el Partido Auténtico que, traicionando la Revolución anti-machadista de la que el mandatario se auto titulaba seguidor, instauró la corrupción galopante, el pandillerismo y un anticomunismo visceral, que condujo a la muerte de los líderes obreros Jesús Menéndez y Aracelio Iglesias, entre otros.
Así se consolidó el   destino de gigante lupanar para la bella urbe caribeña   desde  que  en diciembre de 1945  los  jefes de la mafia norteamericana, Lucky Luciano  y Meyer Lansky, se reunieron en el Hotel Nacional,  con el beneplácito y participación  del  propio presidente  auténtico  y decidieron que parte de  sus negocios asociados a la droga, la prostitución y el juego ilícito  se asentarían en Cuba.

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Ese era el contexto  social  de la noche del 11 de marzo,  cuando tres integrantes de la flotilla encabezada por el portaviones  Palau intentaron escalar la estatua de José Martí,  en el Parque Central, y uno de ellos llegó a sentarse sobre la cabeza y la usó de urinario; mientras los otros dos lo aclamaban con grotescos gritos desde el suelo.
Solo la intervención de la policía los salvó de una golpiza, al reprimir al pueblo que espontáneamente  quería tomar la justicia por su cuenta contra los profanadores,  los cuales  fueron  llevados bajo la protección de los carros patrulleros a  la Estación de Policía de Dragones y Zulueta.  Allí,  horas después, un oficial de las fuerzas navales norteamericanas los recogió.
El  hecho, sin  precedente en el país, fue recogido por un fotógrafo que brindaba sus servicios en los centros nocturnos de la zona y  quien vendió las imágenes a la prensa nacional que reflejó el hecho, principalmente denunciado por el diario Hoy, del Partido Socialista Popular (comunista),  lo que provocó una conmoción de rechazo nacional a tal afrenta.
 En las primeras horas del 12 de marzo,  el Parque Central acogió un acto público de desagravio al Héroe Nacional,  en el que participaron oradores de la Federación Estudiantil Universitaria, del movimiento obrero y organizaciones de izquierda,  en tanto decenas de coronas de flores eran depositadas en la base al monumento.
Mientras tanto el ministro de relaciones exteriores del régimen trataba inútilmente de aplacar la situación y llegó al extremo de sufragar la corona de flores que envió el embajador norteamericano al monumento  del Apóstol y que duraría poco tiempo antes de ser destruida por el pueblo.
 Luego de que usaron de la palabra los oradores del acto popular alguien lanzó la consigna de “a la embajada norteamericana” y cientos de manifestantes emprendieron el camino por la calle Obispo hasta la sede norteña que en esa época estaba situada en el edificio de J.Z. Horter, en la Plaza de Armas, donde se encuentra ahora la Biblioteca Rubén Martínez Villena.
La Plaza de Armas  se colmó con  una enardecida multitud bajo el lema de Abajo el imperialismo y de rechazo  a los profanadores de la memoria de Martí.  Al principio el  embajador norteamericano, Robert Butler, rodeado de guardaespaldas, trató  infructuosamente de disuadir a los manifestantes.
La zona fue acordonada por fuerzas de la policía que golpearon  a los participantes y se ensañaron en los  dirigentes y miembros de la FEU, entre los que se destacaba un joven nombrado Fidel Castro,  quien plantó cara a los esbirros, junto a sus compañeros de  luchas estudiantiles,   Braudilio Castellano y Alfredo Guevara.
 Ante la gravedad de la situación  las autoridades cubanas, que por supuesto no procesarían a los marineros, acordaron con  el mando de la flotilla  de la marina estadounidense que los tres infractores volvieran a su barco y  regresaran a su país  rápidamente junto con el resto de las tripulaciones, lo cual estimuló  aún más la repulsa popular.
Este acontecimiento,  aunque concluyó sin que se aplicara la justicia contra los profanadores, sirvió para integrar las fuerzas patrióticas y antiimperialistas  de la época y fue una de las primeras acciones de la Generación del Centenario, que haría posible el triunfo del Primero de Enero de 1959.
A 70 años de esta profanación, el imperio estadounidense en su presente  campaña de restauración de regímenes sometidos a sus designios en la región, sin excluir la intervención directa  de sus marines,  intenta  infructuosamente que  se olviden este y todos sus capítulos de agresiones.

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