La Habana, Miércoles 12 de Diciembre de 2018 06:00 pm

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Vencer las derrotas, tradición iniciada hace 150 años

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      El capitán general español de Cuba, Francisco Lersundi, conoció de los planes de alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes por una indiscreción de la esposa de un conspirador y envió  el siete de octubre de 1868 un despacho telegráfico  al jefe militar del poblado de Manzanillo.
       Le ordenaba en el mensaje  la detención de los revolucionarios, y cuando todo parecía indicar  que los tribunales militares ahogarían en sangre el intento insurreccional, España se encontró enfrentada a un generalizado estallido independentista en casi toda la región oriental.
      El futuro Padre de la Patria  conoció el mismo día siete sobre la orden por su primo Ismael de Céspedes, quien era el telegrafista en Manzanillo y decidió  levantarse en armas, junto a los demás conjurados,  el 10 de octubre e iniciar la Guerra de los Diez Años.
      Lo siguieron otros sublevados en gran parte de la región del Río Cauto, en Jiguaní, Santa Rita, Baire, el Dátil y Guayacán del Naranjo, Cerro Pelado,  Holguín, Las Tunas y en otras zonas del Oriente.
       Mientras, Camagüey lo hizo el cuatro de noviembre en Las Clavellinas y los villaclareños  iniciarían los combates el seis de febrero de 1869.
      Carlos Manuel de Céspedes expresó en el manifiesto con el que inició la insurrección: "Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas para salir de un estado tan lleno de oprobio (…)."
      La lucha armada la emprendió el sector más radical de los  hacendados cubanos, quienes decidieron pagar un altísimo precio no solo al destruir sus riquezas y eliminarse como clase en muchos casos por alcanzar la independencia, sino que estuvieron dispuestos a ofrendar sus vidas junto a  sus antiguos esclavos y labriegos para avivar el crisol de nuestra nacionalidad  durante 30 años de enfrentamiento contra el colonialismo peninsular.
      En la  histórica jornada en el ingenio  Demajagua, los patriotas proclamaron su decisión de alcanzar la libertad  y parecía que la victoria de los mal armados e inexpertos soldados de la libertad estaba asegurada en el inminente  encuentro militar con las fuerzas colonialistas, pero esa solo sería la primera prueba del heroico y difícil  camino de 10 años de guerra que se iniciaba en esa jornada.
      La guarnición de la  ciudad de Manzanillo alertada del pronunciamiento, se encontraba sobre las armas por lo que un ataque a esa localidad era muy difícil, de ahí que Céspedes decidió tomar el 11 de octubre  el pueblo de Yara que contaba con una escasa fuerza militar.
      Los insurrectos se dirigieron al poblado en una marcha llena de entusiasmo y, seguros de la victoria, atacaron y trataron de negociar la rendición con el contingente de soldados hispanos, tiempo que fue favorable a la entrada de una columna hispana que se emboscó en los accesos del pueblo y recibió con un cerrado fuego a los cubanos, les hizo  las primeras bajas y los obligó  retirarse.
      Recoge la historia que en la dispersión producida por el ataque colonialista solo quedaron junto a Céspedes 11 combatientes y un soldado desmoralizado por la inesperada derrota exclamó que todo estaba perdido, a lo que respondió el jefe insurrecto alzándose sobre los estribos de la cabalgadura  “aun quedamos 12 hombres, ¡bastan para hacer la independencia de Cuba”!
      Más que una coincidencia histórica la anécdota fue una premonición del difícil y largo camino que iniciaron los cubanos en el que la derrota y los reveses no pocas veces acompañarían el estreno de nuestras gestas liberadoras, sobre todo, en  etapa de liberación nacional contra la dictadura de Fulgencio Batista, cuando el ataque al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, terminó en una horrible carnicería de más de 50 combatientes ultimados por la soldadesca, lo cual  parecía pronosticar el fin de cualquier intento revolucionario en largos años.
      Pero el gesto y hasta las circunstancias de lo ocurrido en Yara en 1868 se replicarían exactamente 88 años después, cuando tras el combate de Alegría de Pío, en el que fueron emboscados y dispersados los expedicionarios del Granma, quedaron solamente dos grupos de sobrevivientes encabezados por el Comandante en Jefe Fidel Castro y otro dirigido por su hermano Raúl.
      Entonces, cuando se encontraron en  Cinco Palmas, en la Sierra Maestra,  eran igual solo 12 hombres y apenas siete armas, y el Máximo Líder proclamó lleno de decisión: !ahora sí ganamos la guerra!

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