Resulta ser que… es mentira

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Resulta ser que yo tenía un gato muy lindo y gordo, lo tenía muy ñoño, le buscaba muchas cosas y estaba hermoso que aquello era impresionante, pero se enamoró de la gata de un vecino y allí había un perro que era muy malo, comenta con seriedad Sergio Cabrera, cuentero popular en la comunidad rural de Paso del Medio, en la periferia de la ciudad de Matanzas.


Aquel perro le cayó detrás a mi gato abajo de un aguacero torrencial, venía que si lo agarraba, que si no, cerquita ahí, ahí, y como el aguacero era tremendo el chorro de agua de la canal de la casa también era inmenso, precisa el artista aficionado merecedor del Premio Memoria Viva, que otorga el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello.


El gato corre y corre, y cuando el perro estaba cerquita el felino a toda velocidad subió por el chorro de agua para arriba y el perro no pudo cogerlo si no, me quedo sin gato aquel día, concluye Cabrera y tras segundos de silencio que parecen más largos, no aguanta la seriedad y suelta la carcajada.


Sergio, de 88 años de edad, mira a quien escucha como en una evaluación, la prueba es darse cuenta de dónde insertó la mentira, una mentira dócil, inofensiva, que más bien ayuda porque te saca la sonrisa.


No me acuerdo muy bien cuando empecé con eso de los cuentos, de muchacho yo era muy alegre, conversador, y cuando llegaba a las fiestas por ahí, a los altares, era una procesión lo que iba detrás de mí para el patio, y empezaba a hacer las historias, a improvisarlas.


Yo era muy hablantín e innovador de los cuentos, los ponía grandísimos, increíbles, comenta.


El 9 de septiembre de 1932, en la Finca Juguetillo en Arcos de Canasí, actual provincia de Mayabeque, nació Sergio Cabrera Barrios, creció en un ambiente de trabajo rural, por eso el acento guajiro domina su expresión con el más puro afecto a lo campesino, y su amor a las tradiciones lo convierten en baluarte de la décima improvisada y los cuentos mentirosos.


Que nadie crea que el arte de contar mentiras es simple, hay que buscar la base, el objetivo del problema, una cosa que tenga lógica porque tampoco muy desbaratados se pueden hacer los cuentos, porque si no, no tiene gracia, hay que buscar la forma de que quede lo mejor posible, que la gente quede dudosa, eso es principal, narra Cabrera sobre su estrategia.


Yo me acuerdo que una vez cuando trabajaba en la base de guaguas había un problema: el jefe de taller no salía de vacaciones hacía como un año, y me pidieron que asumiera para que el hombre pudiera descansar y dije que sí, yo estaba preparado, daba clases y era Mecánico A, comenta Sergio.


Entonces dominaba yo aquello y llegó Orlando, al que le decíamos ciguaraya, con una goma ponchada, y orienté cambiarla por una del carro número dos que estaba parqueado, roto, y tenía de esas gomas que traían un aro de refuerzo, explica.


El encargado de cambiar los neumáticos echó aire sin medir, dejó la goma al sol, y cuando almorzábamos sentimos una explosión que estremeció la tierra y se cayeron hasta platos de arriba de la mesa, pensábamos que era una bomba, aquello, fue tremendo, pero no aparecía nada fuera de lo normal hasta que vimos la goma reventada, vacía, y buscamos el aro pero no aparecía, no aparecía, y no apareció entonces, cuenta Sergio.

Allí en la base de guaguas había una pila de arena porque estaba en construcción todavía el taller, y hacía como tres o cuatro meses de la explosión cuando cayó algo sobre ese montón, mira tú el tiempo, era el aro, todo se llenó de polvo, aquello fue increíble, por suerte no cayó sobre ninguna persona, concluye.


Ante los ojos totalmente abiertos de los que escuchan Sergio se ríe y su alegría arrastra como un río crecido pero de buena energía, de picardía cubana, de tradiciones; como sus historias no hacen daño la pregunta lo complace: ¿Y te quedan Cabrera muchas mentiras por contar?


Claro, responde rápido, y vuelve y se ríe solo, alto, y largo rato.

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