Contingente Henry Reeve: un compromiso para toda la vida (+ Fotos)

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Aún no se divisaban las primeras luces del amanecer cuando el IL-96-300 de Cubana de Aviación surcó el espacio aéreo de la República de Panamá la madrugada del 24 de diciembre de 2020.

Millones de personas en el mundo esperaban con ansias la Nochebuena, y en esa nación centroamericana el nuevo coronavirus mostraba su peor rostro, cuando 231 cubanos llegaban dispuestos a hacerle frente. Una vez más el Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastres y Graves Epidemias Henry Reeve estaba ahí, donde es más necesario.

Al frente de los valientes, el doctor Carlos Pérez Díaz, especialista en Medicina Interna, un hombre que ha demostrado que existe respuesta a muchas de las tragedias del planeta, como expresara el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz el 19 de septiembre de 2005 al crear esta fuerza médica.

Para este cubano “desde que uno forma parte del Contingente sabe que es una vez y para siempre. Sabes que vas a ser convocado en muchas ocasiones para ir a cualquier lugar del mundo, eso no es un eslogan, ni un chiché, es algo real que va con el humanismo que uno profesa, y por tanto no importan las veces que sea necesario cumplir con estas tareas”.

Por eso Carlos estuvo en Lombardía, Italia, como jefe de la brigada médica cubana que primero le plantó el pecho a la COVID-19 en Europa.

Allí llegó con el temor que provoca una enfermedad altamente contagiosa, pero “dispuesto a hacer bien el trabajo y cuidar a las personas que van contigo, porque tienes que estar a la altura de esos que fueron capaces de poner su vida en riesgo por salvar la de otros”, afirmó horas antes de partir a Panamá.

Este hombre sencillo, de voz pausada, integró una década atrás el Contingente Henry Reeve -1 de marzo de 2010- cuando una llamada de la Unidad Central de Cooperación Médica cambió el curso de sus planes.

Recién regresaba de Yibuti, pequeño país al este de África, y le preguntaron si estaba dispuesto a asistir a los damnificados del terremoto del 27 de febrero en Chile.
Horas después se encontraba en la nación sudamericana al mando del hospital cubano de campaña en Rancagua, en medio de un campo de futbol, durmiendo en el suelo, con temperaturas frías y réplicas constantes.

La experiencia que en un inicio se previó para dos meses, duraría 11 debido a la aceptación de los pobladores y a la amplia demanda de atención médica que se agravaba con los daños aún por sanar en las infraestructuras de salud.

Al territorio sudamericano volvió en 2015, por los aluviones que sepultaron bajo el lodo a pueblos enteros en la municipalidad de Atacama. La brigada también estuvo en condiciones difíciles, en casas de campañas, emplazados en diferentes comunidades, primero en Copiapó, en El Salvador, Chañarán, hasta llegar a Diego de Almagro, donde permanecieron la mayor cantidad de días y utilizaron una escuela de albergados como centro de base.

Durante los 60 días que los galenos cubanos estuvieron allí el trabajo fue complejo, pues la situación epidemiológica tras las intensas lluvias fue peor que en el terremoto de 2010, producto del riesgo de contaminación del agua con los vectores. De igual forma cumplieron con el mayor encargo de la cooperación médica cubana que es salvar vidas.
“Siempre hay manipulaciones e intentos de tergiversar la colaboración, pero cuando las personas ven nuestra faena todas esas mentiras se disipan en el aire y lo que queda es la esencia, que es precisamente el amor, la solidaridad y el altruismo con que hacemos nuestra labor”, comenta.

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El doctor ha recibido muchas muestras de cariño en cada país visitado: el pueblo de Chile en 2010 despidió a los cubanos durante una semana completa y en 2015 los esperaban ansiosos por atenderse con ellos, aunque no fueran los mismos de la vez anterior.

Lombardía, a pesar del confinamiento, no fue la excepción. “El trabajo de la brigada se transmitió de boca en boca y a través de las redes sociales. Cuando se rompió la cuarentena iban a donde estábamos con carteles, banderas cubanas y mensajes de cariño. Nos enviaban dulces, caramelos y los niños sus dibujos”, recordó.

Panamá es un país muy cercano a Cuba, al que le unen costumbres y fuertes vínculos diplomáticos, por lo que también está convencido del éxito de la misión, donde los profesionales de la Isla y sus colegas del Istmo contribuirán a un solo propósito: salvar vidas, insistió.

Atrás quedó su familia, impresionada por la pronta partida, aunque el doctor Carlos aseguró que estaban tranquilos, “porque cumpliremos con el deber y vamos a estar protegidos”.

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