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Juan Miguel Guerra Armada, a la zona roja las veces que haga falta


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Papi, yo quiero ser como tú, le dice la hija menor, mientras modela con su bata de médico y a él el orgullo se le derrama en una sonrisa que ni el nasobuco logra esconder, ahora cuando lo cuenta, pues no se considera ni héroe ni ejemplo para ser imitado.

Sin embargo, Juan Miguel Guerra Armada, al frente del centro de aislamiento acondicionado en la Universidad de Ciego de Ávila (UNICA) para sospechosos de padecer la COVID-19, tiene un poco de las dos cosas, pues acude siempre a donde el deber lo llama y con la disciplina que demanda el momento.

Estar en cinco ocasiones en zonas de riesgo, desde que comenzó la pandemia en el mes de marzo, y no haberse nunca contagiado con el virus Sars CoV-2, habla de su estricto cumplimento de las normas de bioseguridad para protegerse a sí mismo, a sus compañeros y a la familia.

Este médico de 52 años, especialista en Medicina General Integral, tiene bien claro cuál es su misión y se esfuerza para no poner en riesgo los resultados que se esperan.
La presión y el estrés en el enfrentamiento a esta letal enfermedad no pueden llevarnos a cometer errores, dice convencido y agrega:

“No podemos enfermarnos para poder atender a los pacientes. Ese es nuestro encargo y no podemos fallar”.

Con misiones internacionalistas en Guatemala, por dos ocasiones, en Bolivia y Brasil, Juan Miguel no ha dudado en acudir al llamado de su terruño por eso estuvo allí, entre los primeros cuando se habilitó un centro para acoger por 21 días a los viajeros que llegaban del exterior.

Después de un pequeño paréntesis, explica, fue a laborar a la Isla de Turiguanó, donde hubo uno de los eventos de trasmisión más agresivos de la primera etapa de la pandemia, con la cuarentena más larga de las vividas en Cuba hasta ahora.

Pero el deber no tiene límites, por eso después de Turiguanó estuvo durante dos períodos al frente del centro de aislamiento Ceballos ocho, para contactos asintomáticos de casos positivos a la COVID-19 y a partir de septiembre, antes las urgencias ocasionadas por el rebrote, volvió a la UNICA, donde permanece al frente del hospital de campaña.
Allí, subraya, diariamente se precisan en cada cambio de guardia las medidas a tener en cuenta, las que son muy precisas para los médicos y enfermeras que atienden directamente al paciente.

Cuando se le insinúa el mérito que encierra saber exigir y controlar para mantener a salvo de contagios el colectivo que dirige, Juan Miguel desvía la conversación hacia el punto que le proporciona confianza y orgullo para desempeñar su labor.

Su familia, siempre preocupada por él, no deja de trasmitirle apoyo a la vez que ocupa sus puestos en el enfrentamiento al letal virus, pues su hija mayor- estomatóloga- está ahora en el puesto de mando de la Dirección Provincial de Salud y su esposa, Yamilet López, metodóloga de la carrera de Medicina, se mantiene vinculada al policlínico Sur en la ciudad capital.

Entre las anécdotas de los días vividos en las zonas de riesgo, Juan Miguel guarda las muestras de agradecimiento de los pacientes al marcharse , la alegría que siente por ellos cuando resultan negativos al PCR ( prueba en cadena de la polimerasa) y el reconocimiento para sus compañeros, muchos jóvenes profesionales recién graduados, pero ejemplos a seguir por su responsabilidad.

Una convicción lo sostiene y lo hace permanecer en su puesto:

“La certeza de que podemos salir de esta situación por la profesionalidad y capacidad de los trabajadores de la salud cubanos”.

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