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Huellas aún frescas de un enfermero cubano en Bérgamo

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Las Tunas, 4 oct (ACN) Mientras el enfermero de 54 años Eduardo Brito Labrada libra una nueva batalla contra la COVID-19 en Venezuela, en Italia mantiene un lazo de amistad que no solamente le conecta con aquellos días de marzo en que llegó hasta Lombardía como integrante de la Brigada Henry Reeve, sino también con su tierra, Las Tunas, y eso es mucho más fuerte que cualquier coincidencia.

El 9 de marzo, Oleidys Pompa regresó de su jornada de trabajo sintiéndose mal, con escalofríos, dolor de cabeza y malestar general, prácticamente por esos días en que el nuevo coronavirus empezaba a hacerse sentir por Italia, y sobre todo en Bérgamo, región de Lombardía donde de inmediato se volvió crítica.

Cuenta vía Messenger esta cubana que reside en esa ciudad europea desde 2002, quien estuvo mal por cinco días pero aún no imaginaba que había contraído el virus hasta que iniciaron los síntomas fuertes que confirmaron la presencia del patógeno en su organismo.

Y entonces si empecé a tener miedo, temor de estar lejos de mi Cuba, donde el médico de familia te sigue paso a paso, donde los estudiantes de medicina realizan pesquisas para evitar males mayores y donde no te abandona nadie, ni siquiera tus vecinos y amigos, comenta emocionada a la Agencia Cubana de Noticias, mientras reserva como con sorpresa los detalles del motivo de haberle contactado para esta entrevista.

“Esto es otro mundo, un mundo frío como su clima, donde el médico de familia te responde al teléfono y te orienta lo que debes hacer, mientras te dice: No la puedo recibir porque podría contagiarme yo también; y por esos días el virus devino una verdadera epidemia y Bérgamo se vistió de muerte”.

Pero también por esos días, expresó Oleidys, llegó una brigada de profesionales de la salud cubana que la hace sentir inmensamente orgullosa de haber nacido en el país caribeño, la Brigada Médica Henry Reeve, en la que venía un hombre pequeño de estatura pero con un corazón gigante, Eduardo Brito, que no dudó un instante en tenderle su mano cuando supo de su situación que por esa fecha, finales de marzo, era mucho más crítica.

Los 40 kilómetros que separaban a Bérgamo del Hospital Militar de Crema, donde estaba Brito, se acortaron gracias a uno de los médicos de la brigada que les sirvió de puente, y asi fue como Eduardo supo que en aquella ciudad había una paciente que necesitaba su ayuda, una cubana, una tunera como él.

Oleidys narra que recuerda que su auxilio no demoró nada, fue casi instantáneo y para ella fue una bendición sentir el timbre del teléfono y del otro lado aquella voz desconocida pero casi hermana que le daba aliento y le explicaba qué debía hacer, cómo debía alimentarse, qué cosas debía evitar.

Me describió mi estado clínico como el mejor de los clarividentes, confirma ahora aliviada.

“Y así empecé a mejorar, yo sabía que estaba a salvo porque del otro lado, solo a 40 kilómetros, estaba la medicina cubana ayudándome a superar aquel virus letal con su apoyo incondicional, su fuerza de voluntad, su amor por el ser humano, y gracias a eso me sané”.

Nació entonces nuestra amistad y las llamadas que en un inicio solo abarcaban mi estado clínico eran en ese momento sobre nuestras familias, aspiraciones, temores, sueños, programas futuros, por eso fue que en cuanto me sentí recuperada y totalmente fuera de peligro corrí hasta Crema para abrazarlo fuerte, un abrazo con codos, pero intenso, recuenta Oleidys.

Ahora el enfermero Brito viste otra vez los trajes de bioseguridad contra la pandemia, aunque es en Venezuela, su propio continente, y tiene los tiempos bien cronometrados, no dudó un instante ante el contacto para contar esta historia que seguramente amerita otro encuentro, ese que como dice Oleidys será en la ciudad querida de ambos, en Las Tunas, para darse un abrazo verdadero, un abrazo como el que merece esa amistad.