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Fifi ya es doctora (+ Fotos)

 

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A Stephany la mueven unas ganas locas de ser útil, influir positivamente en la vida de otros, dejar huellas… Así es desde que la conozco, hace casi 20 años.

Todavía recuerdo el espacio de su maleta de la escuela al campo ocupado por medicinas, algodón, alcohol y otros implementos sanitarios que finalmente empleó para curar a un guajiro herido que acudió a nuestro campamento.

Ya desde esa época soñaba con ser doctora y llegaba a la escuela maravillada por los capítulos de sus series de medicina favoritas o contando el placer que sentía al preparar el pavo para el 24 de diciembre con el único interés de analizar cada uno de sus órganos.

Como también es típico de ella, durante su último año en el pre se sintió indecisa entre Relaciones Internacionales o Medicina, entonces comenzamos a fabular sobre el momento en que se convirtiera en ministra o presidenta, y yo fuera su periodista personal.

Desde entonces yo confiaba: cualquier camino que emprendiera en su vida estaría lleno de logros.

Finalmente, el destino, la (in)justicia humana o la inconformidad de la abuela por separarse de su nieta influyó para que Stephany Milagros Acosta País se convirtiera el pasado julio en uno de los noveles galenos de la graduación 41 de la facultad Raúl Dorticós Torrado, perteneciente a la universidad cienfueguera de Ciencias Médicas; hoy, ya doctora, no pudiera sentirse y hacerme más feliz.

Cuando tienes esa idea tan clara de que estás haciendo algo verdaderamente útil para los demás y de que tu existencia importa de alguna manera porque la has puesto en función de cuidar a otros, eso te alegra el alma, me dice, y reafirma: la medicina es eso, ayudar a las personas.

Un título de oro, el premio al Mérito Científico, el reconocimiento por pertenecer a la brigada de alumnos destacados Mario Muñoz y la distinción como estudiante más integral en investigación, que recibió este 23 de julio durante su acto de graduación, solo constatan lo que yo sabía que era capaz de hacer, incluso me parece insuficiente.

Entonces, le pongo todos estos reconocimientos delante esperando que haga catarsis y me dé la razón, pero su infinita modestia solo le alcanza para justificarlos; ella no los percibe como algo extraordinario, sino como expresión tangible de aquellos caminos que emprendió, no por un mérito u obligación, sino por placer.

Me gusta mucho investigar y tuve la suerte de hacerlo en mis años de estudiante. Cuando se mencionaba en clases algo interesante sentía la necesidad de seguir indagando al respecto hasta llegar al fondo del asunto, siempre me ha gustado ir más allá, buscar, saberlo todo.

Se le dibuja una sonrisa cuando recuerda su participación en eventos científicos provinciales y nacionales, con trabajos asociados, sobre todo, a temas de Neurología (una de sus especialidades preferidas y en la que se desempeñó como alumna ayudante), aunque también se inclinó al estudio de la historia.

Publicaciones en MediSur y la Revista de la Universidad, más de 15 reconocimientos en eventos científicos, mención en las Olimpiadas Nacionales de Farmacología, premio en el Festival Nacional de la Clase, participación como facilitadora durante la Conferencia de Iberoamérica, Italia y el Caribe, relacionada con el estudio de jóvenes y adolescentes, y el premio de la delegación cienfueguera del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) como Estudiante Investigadora…, casi tengo que forzarla a que los mencione, definitivamente, no le gusta presumir.

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Para Stephany es más importante contarme sobre aquellos espacios en que participó con la presentación del caso clínico de uno de sus compañeros de aula fallecido por una Granulomatosis Linfomatoide (extraña tipología de linfoma).

Lo difícil que le resultaba hablar sobre la muerte de Víctor (así se llamaba) y cómo la experiencia le recordó la dureza de la pérdida, lo insignificante de la vida y la importancia de tomar cada momento como si fuera el último, de eso quería hablar.

Tampoco quiso entrar en detalles sobre las, aproximadamente, 20 asignaturas convalidadas durante los seis años de carrera; prefirió enumerar las razones por la que todas las materias le agradan y expresar cómo disfrutaba volver a su casa cada día con el placer martiano de haber aprendido algo nuevo.

El cuerpo humano es maravilloso, repitió al final de cada frase.

Y más que una entrevista parecía una batalla, yo obligándola a hablarme de sus títulos, estímulos y méritos y ella riéndose de mis preguntas, quitándose importancia, dándole toda la gloria a su familia.

Mi abuela, aunque sabe leer y escribir, no cursó estudios porque era de familia humilde y desde muy joven tuvo que trabajar; sin embargo, posee esa sabiduría que otorgan los años y que la llevó a inculcarnos a mi mamá y a mí la necesidad de superarnos.

Mi progenitora, está sola conmigo desde que tengo dos años, yo represento el centro de su vida; a veces creo que no tiene vida propia. Todo lo que la he visto sacrificarse ha representado una presión, me resulta imposible no sentir el deber de devolverle al menos un poco de todo su esfuerzo.

Ella cubrió todas las demás áreas para que yo pudiera dedicarme a estudiar, a ser quien soy, lo menos que puedo hacer es regalarle la dicha de verme triunfar, de llevar cada proyecto con el mayor decoro y en busca de los mejores resultados. Sería muy injusta si no lo hiciera.

En una esquina del Muelle Real cienfueguero, le recuerdo anécdotas y logro rescatar aquellos detalles de su personalidad que conozco al dedillo: su carácter fuerte e intransigente, su capacidad para opinar de todos los temas, su orgullo a la hora de pedir ayuda y su infinita bondad para ofrecerla.

No solo ha sido siempre la maestra de todos sus compañeros de estudio, sino también de los jóvenes de su barrio, que todavía la buscan para estudiar todo tipo de materias, incluso matemáticas, y ella siempre dispuesta los recibe porque así aprendo y mantengo vivos los conocimientos, me dice.

En su barrio todos confían en ella: a Fifi (así la llaman) la consultan desde que estaba en primer año de Medicina para atender los padecimientos más diversos, incluso algunos que no conocía ni había estudiado en la carrera, pero ella se prepara, busca, indaga… por el simple placer de ayudar.

Ahora, aunque nerviosa por la responsabilidad que supone la profesión, espero con ansias el momento de comenzar a trabajar, de enfrentar la adrenalina que trae consigo la Medicina, los obstáculos y carencias que obligan a la superación constante, el placer de salvar y traer vidas, el agradecimiento eterno de aquellos que te hacen sus superhéroes.

Me mira con sus ojos chinos (ahora más de tanto reír) y sus grandes cachetes colorados por mis preguntas insistentes; hasta el final pensó que lo de la entrevista era un juego mío, que ella no merecía tanto.

Yo la miro sin hablarle, quiero seguir preguntando pero ya se hizo de noche y pienso: ¿Cuántas entrevistas más vendrán? ¿Cuántas logros, satisfacción, orgullo…?

Esto es solo el principio, porque ahora Fifi ya es doctora… 

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