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Cuando la historia de Cuba alcanzó al bayamés Alfredo Paneque Álvarez (+Fotos)

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Era julio de 1953 y Cuba, víctima de un golpe militar el año anterior, sucumbía otro mes bajo la dictadura pronorteamericana de Fulgencio Batista.

La indignación alcanzaba al pueblo de toda la Isla. Una parte se rendía al terror y otra defendía su honra a través de manifestaciones, mítines y huelgas.

Apoyado por el ejército, la alta sociedad y el gobierno de los Estados Unidos, el tirano no cedía a las protestas de los habitantes de la nación.

Ante la ineficacia de las reivindicaciones, un grupo de impetuosos jóvenes bajo el liderazgo del abogado Fidel Castro Ruz decidieron, armas en mano, poner fin a la afrenta.

Su plan consistía en tomar el cuartel Moncada, segunda fortaleza militar del país ubicada en la ciudad de Santiago de Cuba, para ahí pertrecharse de armas y derrocar a Batista.

Asimismo, resultaba imprescindible atacar otro bastión, el Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, urbe en la cual el revolucionario Renato Guitart alquiló el hospedaje Gran Casino, bajo el pretexto de fundar una granja de pollos.

Justo ahí, en una particular circunstancia de espacio y tiempo, la historia de Cuba alcanzó al bayamés Alfredo Paneque Álvarez.

Entonces era apenas un adolescente de 13 años, quien junto a algunos de sus amigos visitó de vez en cuando la supuesta granja, teniendo como único propósito jugar con las aves.

Llega el 26 de julio y las acciones previstas por los valerosos jóvenes deben ocurrir de forma simultánea a las cinco y 15 minutos de la madrugada.

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Varias circunstancias impiden ejecutar el plan inicial en Bayamo, falla el factor sorpresa, el amanecer es inminente y superados en número y poder de fuego los revolucionarios son forzados a retirarse, dispersándose por la ciudad.

Entre tanto, esa misma mañana y completamente ajeno a los sucesos, Alfredo se dirige hacia la residencia de Fernando Viña, ubicada en la zona de El Almirante, a buscar leche de vaca que luego venderá para ayudar a su madre.

En el camino encontró a cuatro hombres vestidos de militares y uno de ellos le pide que los lleve hasta la ciudad, pero por algún camino poco transitado, recordó.

Temblando de miedo, pues creía que eran guardias de la tiranía, los condujo por un sendero lleno de hierbas y marabú, evocó Paneque Álvarez, quien actualmente tiene 80 años de edad.

Narró que de vuelta a sus quehaceres domésticos encontró a otros cinco personajes, entre ellos un herido, lo cual incrementó sus temores de adolescente, sin conciencia ninguna de la trascendencia del hecho histórico al cual se asomaba, por pura casualidad.

Ante la solicitud de auxilio los llevó hasta cerca de la casa de Fernando Viña, donde los asaltantes permanecieron varios días al amparo del anfitrión y algunos de sus amigos cercanos.

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Supo que los sujetos no eran soldados batistianos y continuó apoyándolos en secreto, pero la inmadurez propia de su corta edad no le permitió comprender ni el motivo de su estancia en la localidad, ni la significación vital de esa ayuda, refirió.

Siente que ellos le tomaron cariño y de la tarde de la partida recordó el abrazo apretado, sobre todo de uno nombrado Ramiro Sánchez Domínguez.

Precisamente de puño y letra de Ramiro, Alfredo conserva una pequeña nota de contacto que el combatiente le dejara luego del triunfo de la Revolución, en una de sus visitas a Bayamo, cuando se acordó de “aquel muchachito”.

Ninguno de los asaltantes al cuartel Carlos Manuel de Céspedes murió en la acción, pero 10 fueron perseguidos, torturados y asesinados por la tiranía, que posteriormente los declaró ante la prensa como caídos en combate.

El apoyo solidario de las familias bayamesas logró salvar a 15 de los 25 jóvenes.

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