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Ricardo Batista: un hombre fuera de serie

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Ricardo Batista ha vivido el mayor encierro de su vida. Si se hubiera imaginado que a los 75 años de edad iba a estar más de dos meses sin tener contacto directo con la gente, quizás se hubiese resistido a permanecer tan prolongado tiempo sin recorrer las calles de su pueblo, e ir a la bodega o al estadio de pelota.

Cientos de personas de la tercera edad están acostumbradas a la soledad hogareña, pero Ricardo es la antítesis. El contacto permanente con la comunidad y los vecinos del edificio multifamiliar cerca del central Majibacoa, en la provincia de Las Tunas, es un motivo exclusivo para vivir.

La mayor parte del tiempo siempre ha estado fuera de su casa, pero no significa que su morada haya estado abandonada. En su interior guarda múltiples documentos que repasa de vez en vez y a cada rato se detiene a contemplar un museo personal en una de sus habitaciones, ya visitado por personalidades políticas, gubernamentales, deportivas y culturales del país.

Fotos de Fidel, Chávez, el Che, Camilo y pasajes sobre hechos históricos trascendentales de la Revolución, conforman el sui géneris museo.

Esa iniciativa le hizo exclamar a Carlos Rafael Miranda, coordinador nacional de los CDR: “Siempre el barrio sorprende a uno”.

Es el hombre con una hoja de servicio ejemplar desde que cumplió el Servicio Militar en Mangos de Baraguá, y luego partió a cumplir misión internacionalista en Siria en el año 1974, cuando la conocida Guerra de Liberación de Octubre, y es el hombre sencillo que utiliza jaranas con los lugareños y habla sobre temas diversos, de esos que permanecen en el ámbito de la comarca.

De esa misión recuerda el famoso Altos de Golán, su labor como artillero y como tanquista. Y su espíritu empedernido en el deporte le salió en esos lares del Oriente Medio, donde ganó el primer lugar en la carrera 4 X 100 metros planos en una competencia organizada por los ejércitos amigos.

Se suma a su trayectoria 128 donaciones de sangre, 23 distinciones y medallas, Vanguardia Nacional de las FAR, y el haber escalado el Pico Turquino en tres ocasiones.

Todo ello ha servido de aval para que Ricardo Batista sea acreedor del Premio del Barrio, un trofeo que conserva en su museo como su más preciada reliquia y donde además de reflejar parte de la vida de la Revolución, conserva objetos donados por sus amistades, entre ellos 27 gorras y 47 pullóveres.

“ Me llevo bien con todo el mundo en la comunidad –explica--, la gente me escucha, pero también me sonsaca para provocarme. Me dicen que hasta los “Leñadores” de Las Tunas juegan mal. Ahí me detengo y comienza la discusión de pelota.

“Pero la vida ha hecho que en estos tiempos de coronavirus , haya buscado la vuelta para soportar tan necesario encierro. Fue entonces cuando comencé a realizar llamadas telefónicas a amistades, a los que estaban próximos a cumplir años, a mis hijas, a mis nietos.

“Pero el 16 de mayo, cuando cumplí los 75 –comenta—fue un día especial, el teléfono no paraba, me llamaban de todas partes. Ese día terminé cansado, aunque a decir verdad estoy acostumbrado a hablar mucho con la gente.

“Y lo del Día de los Padres igual, eso no tuvo nombre, porque me llamaron mucho, pero yo también llamé. Con esta llamada que tú me haces, ya son 189 las que recibí este domingo 21”.

Mediante la propia comunicación telefónica logró que en cada balcón de su edificio se tenga un corazón, de cartón o tela, hecho por las propias familias, gesto patriótico que se complementa con los aplausos que los vecinos les dedican a los valientes a las nueve de la noche.

Ricardo está satisfecho con sus aportes a la patria, pero siente un orgullo especial por haberse licenciado en economía, un título que miles de cubanos lo tienen, pero para él fue algo singular.

“A decir verdad, yo era casi analfabeto, pero en una ocasión oí que alguien decía: ´Qué sangre tiene ese hombre, qué lástima que no tenga nivel cultural¨´. Desde entonces me propuse superarme y no paré hasta ser universitario”.

Esos estímulos mucho lo enorgullecen, pero también ha tenido contratiempos en su vida, sobre todo personal, propios de un hombre que se ha dedicado a luchar en cualquier trinchera. Pero lo que más recuerda es la pérdida de un ojo cuando una piedra saltó y le jugó una mala pasada en los momentos en que liberaba de obstáculos un polígono.

Ningún mal rato ha frenado su ímpetu, siempre tiene encendida la luz verde. Por eso nada más acertado lo que un visitante le dejó grabado en su museo: “ Ricardo Batista es un hombre fuera de serie”.