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Mercedes, defensora de la medicina verde

 

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Mercedes Pérez Ortiz ama al campo tanto como a su propia existencia, no concibe amanecer en otro lugar que no sea en Vila, pequeño asentamiento rural de las afueras de la ciudad de Ciego de Ávila, donde el fresco, la sombra de los árboles y el cantío de los gallos le dan la tranquilidad que necesita.

Guajira de pura cepa, como ella misma se califica, Mercedes cree en el poder restaurador del propio organismo con la ayuda de los elementos de la naturaleza. Con satisfacción comenta que hace unos 33 años no visita al médico de su consultorio, pues cuando se siente un poco alterada por los ajetreos de la vida, la mejor manera para calmarse es tomándose un cocimiento de pasiflora y tilo.

“Las yerbitas curan y me lo han demostrado: si el estómago anda mal me hago un té de menta o ingiero unos cuadritos de sábila para facilitar la digestión, y si me sale una manchita en la piel, por los años y el sol, me froto sábila en el lugar de la lesión y al poco tiempo desaparece”.

Esta mujer, de 63 años de edad y de constitución física delgada, es fundadora de la finca de plantas medicinales Che Guevara, de la Empresa Agroindustrial Ceballos, de la provincia avileña, que por sus resultados clasifica como la más destacada de su tipo en el territorio nacional.

Aunque hace un par de años mi puesto laboral en la finca es de custodio, no me he desvinculado de la siembra y la recogida de las “maticas”, pues le concedo mucha importancia a su uso y para bien están vistas como una herramienta más que cubre tanto la atención primaria de la salud como los hospitales, refiere con seguridad en su expresión.

Pongo el cuño, y no soy médico, que en la medicina verde hay antipiréticos (caña santa y toronjil de menta...) broncodilatadores (orégano, caña santa y orégano y romerillo), anticatarrales (orégano, naranja...) antiséptico (caléndula, llantén...) pediculicida (plátano…) antihipertensivo (ajo, propóleos) y antimicótico (pino macho, mangle rojo), detalla la avileña muy convencida de lo que habla, a pesar de solo tener un noveno grado aprobado.

“Si cuando el clordiazepóxido (y se le enreda la lengua para decir bien el nombre de este medicamento) no estaba en falta, jamás lo utilicé, ahora que escasea en las farmacias mucho menos lo busco”.

En las 36 hectáreas que posee la finca plantamos 28 especies que luego entregamos a salud —dice— y con orgullo muestra todos los sembrados que hay, entre ellos de tilo, manzanilla, caléndula, sábila, orégano, menta japonesa, toronjil de menta, té de riñón, jengibre, flor de Jamaica, stevia, cúrcuma y muralla.

Mi jardín botánico lo tengo aquí —manifiesta Mercedes de una manera sana— y muy segura afirma: “Hay que recetar más la medicina verde, el médico es muy importante en esta cadena porque es el facultado para decirle a la persona enferma lo que debe tomar”.

Mercedes sabe que el uso de la medicina verde gana cada día más adeptos, que hay una voluntad política para estimular su desarrollo en beneficio del mejoramiento de la calidad de vida del cubano y también porque puede incluirse entre los renglones exportables.