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Romance con la tierra y el café en plena Sierra Maestra (+ Fotos)

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Contrario a la historia del popular bolero, una de las canciones cubanas más interpretadas de todos los tiempos, en "Veinte Años" nada ha podido menguar o arrebatarle a Daimarelis de la Paz Vanega su profundo amor por la tierra, y los frutos que de ella brotan en las lomas de la Sierra Maestra.

Aunque el romance se adaptó a distintos escenarios y produjo numerosa descendencia, el hijo predilecto es sin dudas el café, a cuyo acopio y beneficio esta mujer ha dedicado dos décadas de su vida como obrera de la despulpadora ecológica, ubicada en la comunidad de Santana de Nagua, perteneciente al municipio de Bartolomé Masó, en la oriental provincia de Granma.

Hospitalaria, sencilla, de lenguaje franco y alegre –como la mayoría de las personas del campo-, recibe al visitante con un buchito recién “colao” y escoltada por la pizarra donde le echa números a la más reciente cosecha, porque ya a mi edad algunas cosas se olvidan, nos dice.

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Tiene 60 años bien llevados, pero se queja de cuánto pesan, sobre todo porque en la recta final del 2019 la salud le jugó una mala pasada. Durante más de 15 días tuve que desvincularme un poco de mis responsabilidades como administradora, y me sentí mal, confesó en noviembre último.

Entonces, ya reincorporada y en plena contienda cafetalera, aseguró estar preparada para avanzar y hacer las cosas mejor, como sabemos que hay que hacerlas. 

Hija de Vicente y Estrella, humildes campesinos oriundos de la zona de Loma Azul, también en Bartolomé Masó, Daimarelis se siente orgullosa de haber nacido y residir en esa serranía oriental.

Urgida de ayudar a una madre enferma en la atención a la numerosa familia –incluidos 10 hermanos varones-, estudió solo hasta el séptimo grado, cuando tuvo que dejar la escuela con lágrimas brotando de sus ojos, recordó.

En 1978, ya con su primer hijo, comenzó a laborar lo mismo haciendo semilleros que como cocinera o dependienta de comercio, aunque su gusto por la agricultura siempre habló más alto; y seis años después recomenzó los estudios, pues deseaba superarse.

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Por aquel tiempo trabajó únicamente contratada, hasta que en 1989 logró ser obrera fija, y así, chapeando un cafetal por la zona de Arroyón, le propusieron incorporarse al programa de desarrollo del grano, en la actividad de viveros: tarea que la enamoró completamente.

Luego vendría un breve periodo en la cocina de una unidad militar, pero enseguida retornó al cultivo de la tierra, y ahí sobrevino su encuentro inicial con la despulpadora de Santana de Nagua, que entonces era muy distinta a la actual, y donde se estrenó como pesadora y compradora de café.

Electa delegada del Poder Popular, durante casi nueve años fungió como presidenta del Consejo Popular de Frío de Nagua, y tras ser liberada de sus responsabilidades otra vez volvió a los brazos de su singular romance.

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Transcurridos cuatro lustros, continúa en la actividad de acopio y beneficio de café en la misma instalación donde comenzó, pero ahora con una tecnología más cómoda, que humaniza el trabajo y favorece una mejor calidad del grano, el cual sale brilloso y bonito.

Me gusta bastante este trabajo, contactar con los campesinos, observar el proceso de molinado, velar que no se mezclen variedades o incorporen imperfecciones al cerezo, porque eso afecta los resultados finales y la economía del país.

Al frente de nueve obreros, vigila estrictamente el comportamiento de planes, por cientos y reales, al tiempo que cuida su salud, atiende a la familia, y en la época fuera de cosecha conduce al colectivo en el laboreo de una finca donde cultivan, entre otros productos, malanga, mamey zapote, aguacate y plátano.