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Sonia y otros jóvenes dieron celebridad a la Sierra Chiquita (+ Fotos)

 

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Sonia Romanidy Madruga era una de las intrépidas muchachas que, a riesgo de su vida, guardaba armas y mensajes bajo las faldas en el Santiago de Cuba rebelde de 1957, época de peligros y también de proezas, inspiradas en el anhelo sublime de liberar a la Patria.

Su coterráneo Alcibiades Salazar Lora se exponía igualmente al sacar armas del Palacio de Justicia, donde trabajaba, para entregarlas a los revolucionarios; las mismas que la dictadura batistiana quitaba a los combatientes en la Audiencia y que después, por la osadía de ese joven, servían al Movimiento 26 de Julio (M-26-7).

Historias similares se vivieron en la heroica ciudad y, especialmente, en Chicharrones, que dieron notoriedad a la bien llamada Sierra Chiquita durante la última etapa de la guerra de liberación nacional, sobrenombre nacido en el fragor de la lucha clandestina por el patriotismo de muchos de los moradores de la popular barriada santiaguera.

La zona donde se fundó esa comunidad es de topografía abrupta, camino hacia la laguna que fue siempre refugio para los luchadores por la independencia de la nación y donde habitaban obreros de bajos ingresos y de obras públicas, desocupados, maestros y técnicos de distintas ramas desplazados de sus puestos.

Tras el ataque al cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, la población muy humilde, pero unida y combativa, protegió a dos asaltantes, los llevó hasta una finca cercana; con tal sentimiento solidario empezó a cimentarse la leyenda de la Sierra Chiquita, donde los sicarios del tirano temían llegar porque era muy difícil que salieran ilesos.

El cuartel general era la fábrica de ladrillos donde se guardaban las armas y preparaban las cadenas y todo lo necesario para provocar apagones, y además se organizaban otras acciones conspirativas de mayor envergadura. “Desde allí, por ejemplo, salieron en una ocasión Ricardo Torres y Alfredo Cobea para incendiar los almacenes Sears y a mí me correspondió curar a un herido con fuertes quemaduras”, relata Sonia.

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Es una de las anécdotas de esta mujer, feliz por celebrar los 61 años de la Revolución victoriosa con 84 años y evocar los días en que prestaba sigilosa primeros auxilios a los heridos, trasladaba armas y medicinas, llevaba mensajes o acompañaba a los hermanos de ideales a riesgosas misiones en el afán por hacer a Cuba libre.

“Yo participaba en manifestaciones estudiantiles en el instituto y en la Universidad de Oriente, ayudaba a mi hermano que estaba en el Movimiento, pero es después del levantamiento del 30 de noviembre de 1956 cuando me incorporé de lleno a la lucha”, apunta.

“Pertenecíamos a la compañía Hermanos Díaz, refiere, nos nucleamos junto con algunos muchachos, la mayoría del barrio, para el enfrentamiento al enemigo y tras el asesinato de Frank País nos enardecimos, la lucha se hizo más intensa”.

Recuerda con tristeza a Armando García Aspurú, “era octubre de 1957, él estaba en su domicilio con mucha fiebre y así mismo se lo llevaron los esbirros, no ofreció resistencia para proteger a los demás, lo torturaron y lo dejaron muerto en el parquecito.

“Antes de 1959, dice, le poníamos ofrendas de tributo con petardos para que le estallaran a la policía cuando fueran a quitarlas, ahora allí hay una tarja donde le rendimos los honores que merecen los mártires de la Revolución y les hablamos a las nuevas generaciones sobre ellos”.

Ella atesora vivencias de satisfacción por el deber cumplido tantas veces en que refugió combatientes en sitios seguros, trasladó armas con urgencia de las casas “quemadas”, cuidó a heridos hasta que estaban listos para la pelea, o llevó mensajes comprometedores sin ser nunca descubierta.

“Pero no faltaron los sustos, señala, como aquel día en que iba bien “cargadita” bajo la falda, le llamé la atención a un policía y hasta me enamoró, le hice la cortesía para despistarlo y solo pude respirar tranquila cuando llegó la guagua y me monté; si él imagina lo que llevaba me mata”.

Sonia se graduó de Derecho en 1962, con la misma pasión que luchó por la Patria se entregó al trabajo, fue asesora jurídica, jueza, ocupó varias responsabilidades hasta presidenta de la sala de los Delitos contra la Seguridad del Estado del Tribunal Provincial Popular en Santiago de Cuba.

Hoy, jubilada, sigue comprometida, de pie, “porque la Revolución puede contar conmigo para defenderla hasta con los dientes”, confiesa.

En la paz de su hogar, en Chicharrones, disfruta del cariño de los vecinos y del amor de la familia, sobre todo de su esposo, Benjamín, otro combatiente de armas tomar en la lucha contra bandidos y en Girón, y de los tres hijos y cuatro nietos que completan su felicidad.

La obra de la Revolución, que dio un giro de 90 grados a su barriada, es la mejor ofrenda al aniversario 61 del triunfo y a quienes hicieron la epopeya, una obra que ha crecido en los últimos años mediante el movimiento social Santiago arde con rehabilitaciones, nuevas instalaciones y servicios que impactan en el pueblo.