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08
Abril Miércoles

El tesoro de una madre

Especiales

Mi madre se decía millonaria. Hablaba de millones que atesoraba en un lugar que siempre mantuvo en secreto. Pocos entendían de qué se trataba. Quizás la tildaban de loca y decían: Tan humilde y hablando de tanta riqueza.
  Negra, pobre, guajira y familia de tabaqueros, era lo que conocían de ella a través de aquellas historias contadas entre hermanos, hijos, nietos y amigos.
  Tenía los estudios mínimos, pero su sabiduría era infinita. Una sabiduría sin libros, suficiente para enrumbar a sus crías por el camino del buen ser y el buen hacer.
  Menuda de cuerpo, pocos imaginaban cuánta fuerza, valor y entereza derrochaba en defensa de su hogar.
  Era una artista sin pincel que pintaba de color los más críticos momentos de escasez. Entonces,  desbordada de iniciativas, ponía olor en el fogón, brillo en uniformes y zapatos escolares y risas en los cumpleaños infantiles.
  Siempre serena y tranquila, presta a la comprensión, a perdones y consejos, escuchaba y luego, con palabras sencillas, daba lecciones de vida.
  Este es un retrato de mi madre,  pero todas las que tuvieron la hermosa posibilidad de traer a la luz a los frutos de sus amores, pueden posar para la misma fotografía, como valioso horcón de la familia.
  Otros muchos atributos las adornan. Están las que combinan trabajo con hogar, las que portan fusiles, las que labran la tierra, las artilleras, las constructoras, todas poniendo dulzor en tan duras tareas. Otras tienen el poder de moldear las almas, como se considera una vieja maestra amiga;  dar placer con la danza, la música, el arte, o vida en su función de médica o enfermera.
  Hay muchas que arrancaron pedazos a su alma para aportar hijos a las guerras justas, a la de esta tierra o en aquellas en las que se hicieron presentes cubanos por solidaridad y altruismo. Como Marianas de estos tiempos.
  Menudas o robustas, tranquilas o impacientes, bulliciosas o pausadas, las madres son siempre fieras leonas, abejas laboriosas, delicadas mariposas, pájaros que cantan…
   Todas sabias, quién lo duda, y la naturaleza las dotó de millones para repartir en forma de razones para vivir, consejos para crecer, fuerzas para vencer,  ternura  para abrigar.
   Ahí está el secreto de las humildes madres millonarias: en el corazón guardan su tesoro, el más codiciado, el más anhelado y el más grande.

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