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Las razones legítimas e impostergables de la Revolución Cubana

 

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La Habana, 1ro ene (ACN) Un revelador libro de la Editorial Capitán San Luis contrasta la Cuba de los años 50, cuando era mucho más que La Habana, con su intensa vida nocturna, sus cabarets, sus lujosos hoteles, los Ford y Chevrolet del año y las visitas de refulgentes estrellas como Sarita Montiel y Nat King Cole.

Sin embargo, existía otra Habana, que sí era Cuba, donde en campos y ciudades había un capitalismo despiadado, dependiente y subdesarrollado, señala el texto, bajo un título ejemplarizante: ¿Por qué la Revolución Cubana? La verdadera historia de la dictadura de Fulgencio Batista.

Aquel sistema estaba plagado de desigualdades sociales, desempleo en gran escala, analfabetismo, miseria apabullante y vergonzante, aquí y allá. Corrupción y represión, añaden los autores en su descripción.

Llaman la atención de que “en este libro te entregamos, con testimonios irrefutables e impactantes, esa otra Cuba, la que no debemos olvidar para que jamás regrese”.

La historia advierte sobre la tradición golpista de Batista, taquígrafo del ejército en el primero de ellos el 4 de septiembre en 1934, y coronel en el segundo, el 10 de marzo de 1952, el máximo grado entonces.

Solo tres semanas y media después, se promulgaron los Estatutos Constitucionales, mediante el cual, el presidente detentaba el poder ejecutivo, el legislativo y determinaba sobre el judicial.

Un ejemplo aleccionador de su estela de crímenes, lo protagonizó en agosto de 1934 Mario Alfonso Hernández, teniente-coronel jefe del regimiento Juan Ríos Rivera, de Pinar del Río, quien le reclamó al jefe del ejército el cumplimiento del acuerdo de la Junta de los Ocho que establecía el carácter rotatorio de la jefatura de las fuerzas armadas.

Batista no le contestó de momento, pero quedó en darle una respuesta.

Por la madrugada tocaron a la puerta de su casa. Preguntó quién lo procuraba y al identificar al que lo hacía, abrió confiadamente. Lo ametrallaron delante de su esposa.

El que se autoproclamaba el hombre fuerte de Cuba y, tanto, que él mismo se dio los grados de Mayor General, comenzó a acumular una fabulosa fortuna, viajó a Estados Unidos, se instaló en un piso del hotel Waldorf Astoria, de Nueva York, y se hizo construir una fastuosa residencia en Daytona Beach.

Incluso, para disolver su primer matrimonio debió ceder a su primera esposa la suma de cuatro millones de pesos y continuó una existencia amillonada en la finca Kuquine, con lo cual evidenció el ejemplo del impudor y del cinismo, así como sus características de inescrupulosidad, indignidad y egolatría.

Bajo esas circunstancias, el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, en Santiago de Cuba y Bayamo, respectivamente el 26 de julio de 1953, constituyó el primer golpe contra la dictadura.

El plan de la audaz acción, al frente de la cual estuvo el joven abogado Fidel Castro Ruz, lo trazaron un grupo de jóvenes ninguno de los cuales tenía experiencia militar.

Más difícil llegó a ser el hecho de organizar, entrenar y movilizar hombres y armas ante un régimen represivo que gastaba millones de pesos en espionaje, soborno y delación, aunque los futuros asaltantes lo hicieron todo con seriedad, discreción y constancia verdaderamente increíbles.

En el célebre y aleccionador alegato La Historia me Absolverá, Fidel recuerda también que desde los primeros momentos se hicieron numerosos prisioneros.

Al principio, tres hombres nuestros que tomaron la posta del Moncada, Ramiro Valdés, José Suárez y Jesús Montané, penetraron en una barraca y detuvieron durante un tiempo a cerca de 50 soldados, explica.

Estos prisioneros declararon ante el tribunal y reconocieron que se les trató con absoluto respeto, en cambio, nuestras pérdidas en la lucha habían sido insignificantes: el 95 por ciento de nuestros muertos obedecieron a la crueldad y la inhumanidad cuando aquella había cesado, continúa Fidel su denuncia.

Una vez en Santiago de Cuba, el general Martín Díaz Tamayo, dio instrucciones precisas de Batista y su séquito.

Dijo que “era una vergüenza y un deshonor para el ejército haber tenido en el combate tres veces más bajas que los atacantes y que había que matar 10 prisioneros por cada soldado muerto”.

Así comenzó la más sangrienta represión que conociera el país, pues antes de hablar Batista en el polígono militar se habían asesinado más de 25 prisioneros, después llegaron a 50 y finalmente la cifra ascendió a 61.

Una agrupación católica reveló en 1957 una encuesta sobre el nivel de vida del obrero agrícola cubano, según la cual, como promedio apenas disponía de más de 25 centavos diarios para comer, vestir y calzar, el 60 por ciento vive en bohíos de techo de guano y piso de tierra, sin servicio ni letrina sanitaria, ni agua corriente.

El 44 por ciento no asistió o no pudo asistir jamás a una escuela y el 90 por ciento se alumbra con luz brillante.

Apenas tres años después de aquel holocausto del 26 de julio, en el yate Granma se captó la noticia del levantamiento el 30 de noviembre de 1956, en Santiago de Cuba.

Fidel, visiblemente contrariado por no estar junto a los combatientes, le dijo a Faustino Pérez: “Quisiera tener la facultad de volar”.

Homer Bigart, periodista del The New York Times, escribió el 23 de marzo de 1958, lo que sería la sentencia del déspota el primero de enero de 1959: “de continuarse la presencia política norteamericana respecto a Cuba, los Estados Unidos se quedarán con un solo amigo: el dictador Fulgencio Batista.
 

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