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A sembrar valores inherentes a una insobornable conciencia ética, llama Graziella Pogolotti

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La Habana, 27 sep (ACN) En la zona más íntima de mi memoria preservo la gratitud por los buenos maestros que encontré en las aulas, capaces de brindarme información útil y, sobre todo, de sembrar los valores inherentes a una insobornable conciencia ética, proclama Graziella Pogolotti.

En su artículo “Mis Universidades”, que hoy publica Juventud Rebelde, la escritora cubana refiere haber tenido buenos profesores —en ciertos casos, verdaderos paradigmas -y en particular a Salvador Massip y Sara Ysalgué, impulsores del desarrollo de la ciencia geográfica después de la Revolución, al sicólogo Alfonso Bernal del Riesgo, antiguo compañero de lucha de Julio Antonio Mella, portador de las experiencias de muchos caminos andados.

También, entre otros, cita a Manuel Bisbé, “empeñado en enseñarnos a descifrar en griego la Anábasis de Jenofonte, representante a la Cámara por el Partido Ortodoxo, quien encontraba modo de cumplir con puntualidad su responsabilidad docente, a pesar de su agitada vida política”.

El intenso aprendizaje universitario disponía, asimismo, de otros espacios, dice Poglotti, quien añade que “La impostergable batalla por la emancipación incluye la necesaria relectura de la historia”.

En ella habrá de tenerse en cuenta el relato del proceso de desarrollo de las ideas del socialismo, así como las características particulares de nuestras universidades que tomaron cuerpo a partir de la reforma iniciada en Córdoba, Argentina, en 1918, que aspiró a conceder protagonismo a los estudiantes en la formulación de políticas y selló el compromiso con la sociedad al fundar las universidades populares, violentamente reprimidas por las dictaduras de la época, y propició la creación de departamentos de extensión universitaria, asegura.

El conocimiento no se hubiera convertido en saber verdadero, en compromiso profundo con el destino de la nación, de no haber existido el intercambio acalorado alrededor de los bancos de la entonces llamada Plaza Cadenas y en el acogedor espacio de la Galería de los Mártires, ambiente no contaminado en aquellos días por frígidas solemnidades.

Pogolotti opina que la “lealtad a principios forjados en la adolescencia condicionó que, con el Moncada, con el triunfo de la Revolución de enero, con Girón y con la resistencia al acoso de un enemigo implacable, las minorías de ayer se convirtiesen en mayorías, que los inconformes de otrora nos fundiéramos con un pueblo del que formamos parte”.

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